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Opinión 29 03 2020

El COVID-19 nos interpela como sociedad


Autor: Guillermo Vidaurreta









Un filósofo alemán, Karl Jaspers, decía que las situaciones límites era uno de los orígenes de la filosofía, porque, ante estas situaciones, las personas comenzaban a preguntarse sobre el por qué y el sentido de todas las cosas. Ante la inminencia o el temor a la muerte, necesariamente se impone un repaso de nuestros actos, un registro de nuestra actitud ante la vida.

Ingmar Bergam en su película "El séptimo sello" (1957) hace jugar al protagonista una partida de ajedrez con la muerte, partida infructuosa porque la suerte ya estaba echada, pero que le permite al protagonista —luego de realizar un análisis de conciencia— ganar tiempo para llevar a cabo algunas acciones que dotase de sentido a su vida ante la inminencia de la muerte.

El azote mundial de la epidemia del COVID-19, sacudió las propias estructuras donde reposaba la felicidad y el confort de Occidente. En primer lugar, fue un duro golpe, porque creíamos que este tipo de pestes correspondía a relatos conmovedores de otras épocas más atrasadas científica y tecnológicamente, pero no a la soberbia y orgullosa "sociedad del conocimiento" actual. Sí, vimos por la TV epidemias causadas por virus, enfermedades tropicales … pero siempre en países más o menos lejanos, siempre en países más o menos pobres. Pero ahora, las revistas del corazón se santiguan cuando ven cómo esta peste no respeta ni siquiera a los miembros de la nobleza británica y que el maldito virus es inmisericorde ante las fastuosas mansiones de los ricos y famosos.

La cuarentena impuesta por la epidemia además sacó a relucir todas las virtudes y las miserias de nuestro mundo; pero también nos permitió valorar muchas cosas que dábamos por sobreentendidas.  Encerrados en nuestras casas ahora nos damos cuenta cuánto capital teníamos en términos de libertad y, azorados, escuchamos sibilinas opiniones que profetizan un escenario distópico que modificará por siempre nuestra forma de relacionarnos. Sin embargo, antes de la epidemia, posiblemente muchas personas en el mundo estaban más dispuestas a escuchar discursos populistas que a dirigentes convencidos en destacar la importancia de la libertad.

Cuando ayer la inversión en ciencia y tecnología era considerada por muchos un gasto superfluo y que, en todo caso debía ser regido por las reglas del mercado, hoy el mundo levanta hasta plegarias paganas para que los científicos puedan con sus recursos limitados —lo que ahora también advertimos— descubrir la vacuna que devuelva al mundo la libertad y la tranquilidad perdidas.

Con anterioridad a la peste los cálculos fríos de políticos y economistas imperturbables señalaban el gasto excesivo en materia de salud; hoy se cuenta cada cama, cada respirador, se improvisan terapias intensivas y, los aplausos que hasta ayer fueron para los famosos, hoy son para los médicos y enfermeras hasta ayer invisibles y hoy convertidos en las nuevas estrellas populares.

Podríamos dar muchos más ejemplos de descubrimientos: la importancia de las empresas productoras de alimentos y medicamentos; la logística de distribución; los medios de transporte público, etc. Entre todo lo que se dice en estos momentos —que por veces es mucho y por otro es nada— alguien comparó la situación actual con un estado de guerra. En algún punto puede ser acertado el parangón. Las guerras son situaciones límites que nos demuestran, en todo su horror, cuánto nos necesitamos los unos a otros. La guerra genera una movilización hacia la unión en post de un objetivo; genera en tal sentido cohesión social, que nos permite observar cuán valioso es cada uno de nosotros para el conjunto de la sociedad.

Ojalá que de este drama surja una nueva conciencia universal, que valore a la ciencia y la tecnología dotándola de un contenido moral y ético, que sirva para elevar los estándares de salud de la gente y, por sobre todo, permita terminar con el hambre en el mundo de la abundancia.

Ojalá que este drama sea una bisagra que posibilite ingresar a un nuevo paradigma mundial. Que el cruel egoísmo humano que ignora y no tiene en cuenta las más mínimas relaciones de justicia, al mismo tiempo de observar que es impotente ante un microscópico enemigo, advierta que su imperio no es hoy tan sólido y que en el futuro otros vendavales pueden aparecer.

Ojalá que los líderes mundiales, partiendo del reconocimiento que el sistema capitalista indudablemente es, desde el punto de vista antropológico, el más de acuerdo con el espíritu del hombre tanto para su realización material como para el desarrollo de todas sus capacidades y potencialidades intelectuales, también consideren que una sociedad no puede regirse solamente por los valores del capitalismo; sino que es necesario considerar otros valores que también, desde un punto de vista antropológico, resultan fundamentales para el hombre, como la solidaridad, la cooperación, la confraternidad, la paz y el amor. Ahora que un microscópico enemigo amenaza los cimientos sobre los que reposó la estructuración económica luego de la Segunda Guerra Mundial, tal vez sea un buen momento para reflexionar de cara al futuro.

Mientras observamos cómo cosas que antes eran consideradas imposibles ahora suceden todos los días, al igual que un algoritmo recursivo, la peste nos interpela expresando la solución al problema en términos de un llamado a nosotros mismos.