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Opinión 11 04 2020

El coronavirus y la hora del juicio final


Autor: Loris Zanatta









¡Viva el coronavirus! Milenaristas y anticapitalistas, soberanistas y nihilistas, terraplanistas y comunistas hinchan por él. La espada de la justicia vuela sobre sus alas, sus estragos anuncian la venganza del estado sobre el mercado, de la fe sobre la razón, de la naturaleza sobre el hombre, del “pueblo” sobre el “neoliberalismo”. Del bien sobre el mal, en fin: la hora del juicio finalmente ha llegado.

Todos juntos, el Estado en nombre del pueblo y la Fe en nombre de la naturaleza - o viceversa, da lo mismo - nos purgarán y redimirán, sanarán las plagas eternas del individualismo y del egoísmo. El virus tendrá éxito donde fracasó el espíritu de San Pablo, la utopía de Moro, el buen salvaje de Rousseau, la ametralladora del Che: creará el “hombre nuevo”. ¡Viva el virus! ¿O no?

Todo parece darles la razón: la pandemia causa miedo, el miedo estimula la culpa, la culpa busca la expiación, la expiación es la antesala de la salvación.

¡Camino a los salvadores! Ya hay quienes han tomado plenos poderes, quienes juran disparar a los infractores, quienes emiten decretos de urgencia como si fueran las cuentas del rosario. Y camino a la vigilancia de los acusones, a los ciudadanos más intolerantes y mojigatos, siempre listos para denunciar a los réprobos a las autoridades: por nuestro bien, claro. Esta es la cadena producida por tales tragedias, desde que el hombre es el hombre.

En realidad, ya no es lo que fue: las antiguas plagas demediaban la población, exterminaban amos y sirvientes, imponían la despiadada trampa maltusiana. Pero el hecho sigue siendo: éramos caducos, seguimos siendo caducos; por cada obstáculo que derribamos, otro se levanta frente a nosotros. No es mala suerte ni maldición. Es historia, es vida.

De ahí el miedo y, con el miedo, la culpa: ¿qué habremos hecho para sufrir parecido flagelo? Es un pensamiento pueril, una reflexión irracional, pero ¡ay de subestimarlo! Pérfido y penetrante, el sentimiento de culpa se disfraza de buenas intenciones, como a cada año nuevo, como el día de la boda.

Es inútil, pero nunca se sabe: seré más cariñoso y prudente, respetuoso y paciente, parco y piadoso. Estamos listos para expiar nuestras “culpas”, para arrojarnos en los brazos amorosos de los que nos absolverán. ¿El insensible? Que se trague este elixir de bondad!

Tranquilos: nadie nos obligará a ningún auto de fe; al fin y al cabo, estamos en el siglo XXI. Sin embargo, estoy seguro de que eso es lo que muchos piensan y desean: “no podíamos quedar sanos en un mundo enfermo”, sentenció el arzobispo de mi ciudad. Se lo intuye de la melosa retórica sobre el “redescubrimiento” de la familia, el “rescate” de los valores, el “retiro” de la contaminación, el “retorno” de la fauna, la “reacción” del orgullo nacional: ¡qué hermosa la cuarentena!

El castigo nos ha aplacado, soñamos con recuperar la inocencia perdida, con volver al estado de naturaleza. “Gracias coronavirus”, entonan los más entusiastas: qué saludable onda purificadora, qué oportuna explosión moralizante, qué sagrado leñazo sobre nuestros vicios. Expiación, expiación, expiación.

Así es como se entra al campo minado, como las campanas de alarma comienzan a sonar. ¿Yo solo las oigo? Sí, porque si hay “culpa” debe haber “culpable”, una bruja para quemar porque se apacigüe la naturaleza, un cáncer para erradicar porque se salve el organismo, un chivo expiatorio para sacrificar en el altar del “bien común”: la historia está llena de eso. La elección es amplia pero nunca accidental: dependerá de nuestra “cultura”, de la escala de valores de nuestra sociedad.

Por ejemplo: no veo a Angela Merkel tratando de “miserable” a un empresario. En una sociedad donde la ética del trabajo es sagrada, saldría mal parada. ¿Por qué difamar a quienes producen riqueza, crean empleos, pagan impuestos? ¿Por qué morder la mano que puede ayudar? Pero no me sorprende que lo haya hecho el presidente argentino, ni que las encuestas lo recompensen: si la prosperidad es un pecado y la pobreza una virtud, si hacer negocios es “adorar al becerro de oro”, insultarlo lleva grano para el molino: ¿hay mejor chivo expiatorio?

No importa: señalado el “mal” y expiada la “culpa”, ya se vislumbra la tierra prometida. “Viviremos en un mundo mejor”, en un mundo más “solidario”, se escucha por todas partes. Ojalá, si por solidaridad se entiende un arranque altruista, un impulso voluntario, un intercambio libre basado en la “amistad”. Pero me temo que muchos piensen en la consabida “solidaridad de Estado”: un juego de palabras, un truco de cartas, un robo con el que el gobierno le da a sus clientes lo que le quita a sus enemigos.

¿Qué concluir? Todo sopla en favor de la hinchada del virus, de quienes quieren aprovecharlo para limpiar nuestras almas, organizar nuestras vidas, planificar nuestras economías, imponernos sus verdades.

Pero una vez que termine la pandemia, mediremos la pobreza y la desesperación, la deuda y el desempleo, el conflicto y el rencor. Veremos entonces que el “hombre nuevo” es el de siempre: bueno y malo, ni bueno ni malo; que nuestro mundo caótico e imperfecto era mil veces mejor que el valle de lágrimas dejado por el virus. Se cerrará en ese instante el tiempo de los agoreros y volverá el tiempo de los constructores.

Arreglar las cosas dependerá como siempre de los “miserables” que invierten y arriesgan, de los “egoístas” que producen y prosperan, de los “individualistas” que se mofan de tutores y de burócratas, de grillos parlantes y de cassandras.

Así fue y aún será: la peste no impidió el Renacimiento, la viruela la Ilustración, la fiebre española la democracia liberal; el coronavirus no detendrá la innovación tecnológica o la globalización, las ganas de vivir y el deseo de abrir nuevas fronteras. No se trata de tener una fe ciega en el futuro, de cultivar ideas ingenuas de “progreso”: es que así es la historia, así es la vida. 

Publicado en Clarín el 11 de abril de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/coronavirus-hora-juicio-final_0_X1cUhGRWe.html