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12 06 2021

El barco ebrio


Autor: Eduardo A. Moro









Una de las más delicadas declaraciones de amor encendía los versos con que el joven Arthur Rimbaud (1854-1891) se presentó ante Paul Verlaine (1844-1896). Los llamó “El barco ebrio”. Significó así los sentimientos más difíciles de transmitir en palabras.  Aquellos de quien navegando en pasiones va en busca del amado. En un barco herido por las incertidumbres de la travesía. Sin saber cómo serán –finalmente- su arribo y  la recepción de su destinatario. 

Despegada de su original poética amatoria, la imagen posibilita mil visiones pero -en todo caso- identifica las tribulaciones de un barco con ilusión pero sin conducción segura. Aunque  los inconvenientes no deriven de la ebriedad alcohólica. 

El deslumbramiento de nuestro Presidente frente al “Presidente del Reino de España”, su declaración de “europeísta” y la sopa de Octavio Paz + Lito Nebbia, sazonada con “indios”, “selva” y “barcos”, resultan muestras anecdóticas de su desubicado agradecimiento cortesano ante el visitante socialista. 

Más allá de las inoportunidades, inexactitudes y ofensas al voleo, es notable su fundamental contradicción con el relato ideológico del kirchnerismo. Su elogio tácito a la conquista de Sudamérica, al 12 de octubre como Día de la raza, con olvido a la discriminación que afectó los derechos humanos comprendidos en la invasión arrasadora de los conquistadores. 

Es probable que el –no muy alejado- monumento a la heroína independentista Juana Azurduy haya temblado pensando que -ante  el nuevo ímpetu revisionista- en cualquier momento la reemplazan por la ahora alejada escultura de Cristóbal Colon. 

El silencio al respecto fue abrumador. Ninguna queja de los militantes y organismos de aplicación. Salvo las palabras ponderativas de la inefable Victoria Donda (INADI) ante el hecho “histórico y destacable” de las disculpas. La Jefa muda, cuando quiere -porque le conviene- como la perdiz que se apichona ante el riesgo. 

El autor ensaya explicaciones que son agravantes- (no aclares, que oscurece) porque acentúan la insustancialidad de su inexistencia esencial. En derecho penal se habla de recaudos básicos para que una conducta pueda ser reprochable: reunir la salud y madurez mental suficientes como para comprender la gravedad del acto y dirigir sus acciones. Quizás al no reunir esas condiciones de imputabilidad, todo se le deba comprender como travesuras en el poder ajeno. 

Si Arturo Jauretche hubiera presenciado lo que vivimos, nos recordaría el prototipo del “medio pelo” al que esbozó como quien tiene una posición equívoca en la sociedad. Vive una situación forzada porque trata de aparentar un status superior al que en realidad posee. Transita una ficción que lo aleja de la realidad. Una simulación de su propia importancia. Y -por tanto- un desconcierto total frente a lo que le toca en suerte cada día. Por si acaso: a Dios rogando y con el mazo dando. 

El personaje evidencia una enorme desorientación para administrar el volumen y complejidad de su representación constitucional y cultural. Sus tribulaciones irresueltas. Para ir a la raíz de sus actitudes se debería diagnosticar psicológicamente la compleja causa de sus frecuentes mareos, que lo hacen tropezar triste o graciosamente -una y otra vez- con los acontecimientos. 

El Jefe de Gabinete no encuentra al Presidente. Quizás por eso en ocasiones se le escurre el nacionalismo de bigotes, que luego reivindica tumultuosamente en sus dichos y explicaciones. Es como un giróscopo presuntuoso, que da vueltas y vueltas,  desorientado ante la ausencia de un presente sólido. El ruido y el desorden que provocan sus mensajes y apariciones seriales, ocultan inconscientemente un vacío primordial de sí mismo. 

Alivia el corazón recordar la suavidad esperanzada del Rimbaud enamorado: “Si yo ansío algún agua de Europa es la del charco / Negro y frío en el cual, al caer la tarde rosa / En cuclillas y triste, un niño sueña con un barco / Endeble y delicado como una mariposa (…)". 

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