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Opinión 25 01 2021

De la incertidumbre no se vuelve muy fácilmente


Autor: José Luis Machinea









Para entender el corto plazo empecemos por el largo. La decadencia económica argentina lleva casi un siglo. Su inicio suele ubicarse alrededor de 1930 entre otras razones porque, en ese momento, se desaceleró el ritmo de crecimiento de la economía, pero también porque la Argentina empezó a distanciarse, en cuanto a su tasa de crecimiento, de los países con los que nos comparábamos en ese entonces, tales como Australia y Canadá.

Además, comenzó a reducirse la diferencia que existía cuando se comparaba el ingreso por habitante argentino con el de los países de la región y, en 1999, por primera vez fuimos superados en ingreso per cápita por un país latinoamericano, Chile y, diez años más tarde, por Uruguay.

Mucho más recientemente, a esa tendencia declinante se le agregó la pandemia que afectó a todos los países del mundo en distintos planos pero en especial en la tasa de crecimiento y la distribución del ingreso.

A la Argentina no le fue bien con el Covid-19. Perú es el país de América Latina con el mayor número de muertos por millón de habitantes, al que le siguen, con pequeñas diferencias entre ellos, México, Brasil, Chile, Argentina y Colombia. Es también Perú, el país con mayor crecimiento en los 20 años previos a la pandemia, el que muestra la mayor caída del producto en 2020.

Nuestro país, con una disminución del 10%, es el segundo. Considerando toda la década (2010-2020), la caída del producto por habitante fue de 6% en América Latina y de 17% en la Argentina. En todos los países empeoró la distribución del ingreso y, según la Cepal, al nuestro le fue peor que al promedio de la región.

¿Qué podemos esperar del futuro cercano? La buena noticia es que los datos y las proyecciones muestran un mundo mucho más favorable para la Argentina que el que tuvimos en los últimos 7 años.

Por un lado, los precios de las commodities y, en particular, de los alimentos que exportamos (cereales, oleaginosas y carne), han aumentado en los últimos meses. Eso puede resultar en un aumento en las exportaciones previstas de más de u$s 5000 millones.

Además, todo hace prever que China seguirá siendo un fuerte demandante de alimentos. Por el otro lado, las tasas de interés internacionales están muy bajas y es previsible que sigan así por un tiempo prolongado. Esa liquidez genera, como muestran las colocaciones de bonos de varios países de la región, la posibilidad de colocar deuda a tasas de interés del 3 ó 4%.

Lamento decir que se acabaron las buenas noticias, todas externas, y comienzan las malas. Empecemos por las tasas de interés: la Argentina está pagando tasas del orden del 15/16% anual en dólares, es decir, que después del logro de renegociar la deuda ahora tenemos el mayor riesgo país de la región.

Esto significa más incertidumbre porque no tenemos capacidad de acceder al crédito internacional ante una emergencia. Lo mismo pasa con la inflación: todas las proyecciones muestran tasas de inflación del orden del 50% o, alternativa o complementariamente, una mayor distorsión de los precios de las tarifas y de ciertos bienes sujetos al control de precios. Eso reduciría la inflación, como hemos visto en los últimos 20 meses, con su impacto en el presupuesto y la inversión.

Estas dos cuestiones son resultado de decisiones políticas, como pasa con todas las grandes decisiones económicas, aunque en este caso sean más visibles. Cuando hablamos de política estamos hablando no sólo del gobierno de turno sino también de la oposición, obviamente con distintas responsabilidades aunque, como sabemos, en una democracia, sin mínimos acuerdos políticos todo se hace más difícil.

El impacto de ciertas decisiones ha agravado la incertidumbre, en especial cuando hay diferencias dentro del Gobierno. Si bien hay diferencias dentro de todas las administraciones, la decisión final siempre ha sido del Presidente. La particularidad actual es que nos enfrentamos a una conducción bicéfala, que se expresa de distintas maneras, pero que no deja dudas de que el Jefe de Estado no es el único que toma la decisión final.

A título de ejemplo, las dos últimas medidas anunciadas y luego revertidas fueron la de bloquear la exportación de maíz y el aumento de la medicina prepaga, publicada en el boletín oficial. A ello podría agregarse el anuncio, luego revertido, acerca de que se pondría una sola dosis de la vacuna Sputnik V.

Y podemos ir más atrás, por ejemplo, la excursión de Grabois a tierras entrerrianas; el intento de estatización de Vicentín; el haber retirado a la Argentina de las mesas de negociaciones comerciales del Mercosur para luego regresar; según el presupuesto, las tarifas aumentarían según la inflación pero luego el gobierno congeló el tema; el proyecto presentado al Congreso y la decisión del Senado de cambiar la formula jubilatoria que el Presidente luego asume como suya; y podríamos seguir.

Esta anomalía tiene distintas consecuencias. Una de ellas es que poner e inmediatamente retirar una medida tiene consecuencias asimétricas; es decir, si bien la nueva realidad parece igual a la original, en verdad no lo es porque a partir de ese momento habrá más incertidumbre respecto a las decisiones del gobierno. De la misma manera que si bien la Resolución 125 no fue aprobada, ello aumentó la incertidumbre respecto a las decisiones del gobierno.

El aumento de la incertidumbre es equivalente a la ausencia de rumbo. Sin tener claro el rumbo es difícil imaginar que se tomen decisiones de mediano y largo plazo, como es el caso de las inversiones, que ya han caído a niveles de menos del 15% del producto, lo que implica que seguimos disminuyendo el stock de capital. También es relevante el caso de las exportaciones que, en esta etapa, debieran al menos duplicar o triplicar la tasa de crecimiento del producto para poder crecer de forma sostenida.

La frutilla del postre han sido las declaraciones de una diputada cercana al poder que ha afirmado que las exportaciones de alimentos son el gran problema de la Argentina, afirmación que, si bien fue rebatida por el Ministro Guzmán, aumenta la incertidumbre y desincentiva las inversiones en el sector.

En síntesis, si bien para la Argentina el mundo luce mucho mejor que en los últimos años, estoy convencido de que, si no se reduce la incertidumbre, corremos el riesgo de desaprovechar una vez más la oportunidad.

Publicado en El Cronista el 25 de enero de 2021.