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Opinión 19 08 2020

Contar bien la historia exige honestidad intelectual


Autor: Lucrecia Teixidó









El documental El silencio de otros, (Netflix) dirigido por  Almudena Carracedo y Robert Bahar es muy bueno. Acompaña después de más de treinta años, el arduo camino de las víctimas de la dictadura de Franco en la búsqueda de justicia y verdad. Es una ayuda memoria porque tal vez no recordamos que en España –con solo dos abstenciones- todos los partidos votaron en su momento la ley del olvido. Una ley que facilitó la convivencia en la transición a la democracia, pero no resolvió las demandas de los descendientes de las víctimas que siguieron buscando a sus familiares asesinados y enterrados en fosas comunes durante la guerra civil (1936-1939).

El esfuerzo de abogados y activistas de derechos humanos que encuentran y convencen a los futuros querellantes de participar en la investigación de los crímenes está muy bien registrado. Pueblo por pueblo, casa por casa, hombre y mujer. El objetivo es definir un universo de seres lastimados que puedan presionar a la justicia aletargada de la democracia española y que solo hallan un oído atento y dispuesto en la justicia argentina. El abogado argentino Carlos Slepoy y muchos otros juegan un papel central en la decisión de hacer justicia. Y ese lugar es la Argentina. La jueza Servini de Cubría recogió esa demanda.

Pero aquí comienzan los otros silencios. La voz en off nos recuerda las luchas de miles de víctimas y descendientes de víctimas que buscan justicia por los crímenes de lesa humanidad cometidos en la década de los 70 en América latina y en otras partes del mundo. Aparecen las Madres de Plaza de Mayo, manifestaciones en Chile, Perú, Guatemala, Brasil, Uruguay. Vemos incluso al decrépito asesino Pol Pot en Camboya sentado muchos años después en el banquillo de los acusados. Muestra la visita de los querellantes españoles al memorial de los desaparecidos y asesinados en la Argentina entre 1973 y 1983. Ese murallón gris de la Costanera frente a la masa inmutable, marrón y sin olas del Río de la Plata.

Sin embargo algo falta en el film. O mejor dicho, hay un ensordecedor silencio de otros. En este caso de argentinos periodistas y hasta un premio nobel de la Paz que saben que algo distinto ocurrió en la Argentina. Y no lo dicen. Prefieren callarlo. Algo que fue único en el mundo, que sentó un precedente aún no repetido en ningún país. Algo que no sucedió en Chile, Uruguay, Perú, Guatemala, Brasil, Colombia, ni en Europa, ni en Asia ni en África. Algo que es absolutamente distinto del Juicio de Nuremberg. Una breve imagen del Juicio a las Juntas hubiera bastado para informar que en Argentina sí se hizo algo distinto. No es responsabilidad de los documentalistas, sino de los argentinos que los aconsejaron.

Lo que hizo posible que las víctimas españolas buscarán acá la justicia que se les negaba en España fue el Juicio a las Juntas, ignorado a lo largo del documental por los argentinos. Porque acá hubo una Conadep y un tribunal cuyos jueces juzgaron y condenaron a los genocidas. Sin el Juicio a las Juntas decidido por el Presidente Raúl Alfonsín, no cuarenta años después, sino cuando los militares genocidas aún tenían un enorme poder, esto hubiera sido imposible. El silencio de otros (en este caso los argentinos) es tan flagrante que habilita a reclamarles mayor rigor histórico y en consecuencia mayor honestidad intelectual. 

Publicado en Clarín el 18 de agosto de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/contar-bien-historia-exige-honestidad-intelectual_0_m-T_Zcj6r.html