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Opinión 02 03 2021

Con las vacunas no


Autor: Rogelio Alaniz









I. Tal vez no se lo propuso, tal vez no midió las consecuencias de sus actos, tal vez todo lo planificó fríamente para provocar el escándalo, pero lo cierto es que las declaraciones o denuncias o confesiones del comodoro Horacio Verbitsky produjeron el escándalo que conocemos. Y ese escándalo se transformó en creíble porque quien lo dijo fue él, sinónimo de causa K, identidad con Cristina y otras lealtades por el estilo. Si por el contrario, la denuncia la hubiera hecho Carrió, Negri o Bullrich el efecto no hubiera sido el mismo. Ni hablar si –tal como parece que estaba previsto- la denuncia la hubiera publicado Clarín el lunes, porque en este caso ya conocemos la respuesta oficial: "Clarín miente" o "Lawfare". Sin embargo ahora al oficialismo no le quedó otra alternativa que hacerse cargo del asunto, guardar violín en bolsa, como se dice en estos casos, y tratar de hacerse cargo de lo sucedido.
II. O sea que por los motivos más nobles o más indignos Verbitsky hizo un aporte a la verdad. Los muchachos en medio de la tragedia practicaron el "sálvese quien pueda". Dicho con otras palabras: ante el anuncio del naufragio del Titanic los compañero atropellaron contra los botes salvavidas para salvarse y que los niños, los ancianos y las mujeres se jodan. ¿Todos lo hicieron? No lo sé, quisiera pensar que no. Pero si bien no lo hicieron todos, los que lo hicieron ocupan cargos públicos importantes. ¿Van a renunciar? Salvo Ginés, quien no renunció, sino que le pidieron la renuncia o para ser más directo, lo echaron. Después se hicieron los distraídos, miraron para otro lado, dijeron que era un malentendido y una exageración. En definitiva, pusieron agua en la palangana y empezaron a salvarse las manos. Es lo que suele pasar en estos casos en cualquier parte del mundo, pero el aporte "humanista" que nosotros hacemos es que en esta faena higiénica el primero que salió a defender las posiciones más absurdas, injustas o tontas, fue el presidente de la nación.
III. Empecemos por el principio, como se dice sin escrúpulos gramaticales. El presidente de la nación nunca debería haber permitido que la vacuna sea un insumo de privilegio. Es verdad que el presidente no puede estar en todos los detalles, pero este señor debe saber, debería saber, que la vacuna no es un detalle, sobre todo cuando además es un bien escaso o escasísimo. No lo hizo, lo hizo mal o no le dio importancia al detalle. Cuando se enteró por boca de Verbitsky lo que estaba pasando manifestó su sorpresa y acto seguido pidió la renuncia de Ginés. Perfecto. Si lo hizo porque no le dejaron otra alternativa o porque estaba indignado, no lo sabemos, pero los resultados fueron claros: Ginés se fue y se fue no por una intriga de la oposición sino por una intriga interna, intriga que como efecto no querido ponía en evidencia uno de los episodios más desvergonzados e infames de la política criolla. "Pero si son apenas 3000", exclaman indignados. Una minoría. Sí, claro, una minoría que como en cualquier parte del mundo es la que ejerce el poder. No recuerdo quien lo escribió pero está bien escrito: "Dijeron que venían a luchar contra la oligarquía vacuna y hoy son la oligarquía que se vacuna". ¿Está claro?
IV. El problema de los escándalos políticos es que sabemos cuando se inician pero no sabemos cuando terminan. Si el presidente creyó que con la renuncia de Ginés y su viaje a México se daba vuelta la página, los hechos se encargaron de contradecirlo en el acto. Ahora sí entró a tallar la oposición haciendo lo que le corresponde hacer: denunciando, exigiendo explicaciones, controlando en definitiva. ¿O qué quieren que haga una oposición en democracia? Y aquí la cosa empezó a complicarse para el gobierno. Por lo pronto, el presidente insistió en hacer lo que parece es su destreza preferida: contradecirse; decir una cosa y hacer otra; o decir una cosa y minutos después decir exactamente lo contrario; o hacerse el tonto; o hacerse el enojado. En todos los casos, y como ya parece ser un estilo personal intransferible, habló de más. Y recurrió a las peores adjetivaciones. Todo lo que pasa es una "payasada", dijo sin que la compañera Filomena tenga nada que ver con el tema. Acto seguido, empezó a teorizar acerca del carácter jurídicamente inocente de saltearse la fila. A esa altura el hombre oscilaba entre el ridículo y la infamia. Supongo que la imputación más benigna es la del ridículo, pero convengamos que hay mucho de infame cuando se discurre a favor de la viveza criolla en tiempos de pandemia.
V. Dos observaciones habría que hacerle al compañero Alberto Fernández: las vacunas que sus compañeros se inoculan salteando el orden de prioridades son vacunas que le correspondían a enfermeros y ancianos en un tema donde lo que está comprometida es la vida. Los muchachos se encogen de hombros y piensan que no es para tanto. La otra observación es más práctica: si la denuncia sobre el "Vacunatorio VIP" es una exageración o una payasada ¿por qué le pidió la renuncia a Ginés? Lejos de mi defender "al mejor sanitarista de América latina", como en su momento lo calificaron con su proverbial recato, pero convengamos que entre el Fernández que pide la renuncia y el Fernández que después dice que todo es una payasada y que "colarse" en el orden de prioridades no es un delito, hay algo que no cierra, hay un momento en el que miente. No sé si al principio o al final, pero lo seguro es que miente.
VI. Supongo que de este escándalo el gobierno va a salir. El peronismo es un maestro para gambetear estos inconvenientes que le presenta la vida. Es verdad que la imputación de quedarse con las vacunas para favorecerse ellos, sus amigos y parientes es grave y pone en evidencia una condición de canalla que no es nueva, pero ahora todo se agrava porque se suponía que este tema era sagrado. En esta Argentina siglo XXI que nos tocó vivir, todos estamos resignados a pensar lo peor. Sabemos lo que los compañeros hacen con los planes sociales, con la obra pública, pero suponíamos que con las vacunas se pondrían un límite, ese límite que hasta los mafiosos más feroces respetan. Pues bien, no lo hicieron. Tanto hablar de "códigos" para venir a desayunarnos que tampoco tienen códigos. Y lo más lindo –o lo más triste- de todo es que encontraron rapidito la palabra que funcionará como coartada: "Estratégicos". Nos vacunamos porque somos "estratégicos", dicen sin que el más leve tono de rubor les tiña las mejillas. Y también lo son nuestros hijos, nuestras esposas y nuestros amantes. Y a los que no son "estratégicos", pero quieren vacunarse, se la vendemos por debajo de la mesa: cincuenta mil mangos por cabeza para empezar a hablar. Y el que no tenga esa plata que se joda o espere. Tío Colacho me dijo la otra tarde que estos compañeros en la puerta de su casa o en la puerta de su dormitorio o en la puerta de su despacho deberían pintar la consigna que más los representa: "Me cago en la gente y me cago en la igualdad". Y como lo dijera en su momento: ya no se trata de ser de izquierda o de derecha, conservador o progresista, se trata simplemente de ser buena gente. ¿Tanto les cuesta entenderlo? Con las vacunas no. Lo que hicieron es equivalente a que si encontramos en la calle a un niño que reclama auxilios lo que hacemos en lugar de ayudarlo es robarle el celular o el reloj o las zapatillas y salir corriendo. ¿Exagero? No; me quedo corto.
VII. Pero dejemos de lado las miserias de la coyuntura y pensemos "para adelante" como les gusta decir a las almas simples. Creo que después de este escándalo los muchachos serán más cuidadosos y si bien –conociendo el paño- intentarán disfrutar de privilegios, ahora saben que los están mirando. El problema de fondo es que disponemos de pocas vacunas y para colmo de males las campañas de vacunación dejan mucho, pero mucho, que desear. A no llamarse a engaño: hasta que ese tema no se arregle estamos en peligro: nuestra salud está en peligro y el derecho a vacunarnos está en peligro. Al gobierno hay que reclamarle que impida que sus funcionarios no se comporten como canallas, pero también hay que decirle que hable menos y se ponga de una buena vez por todas las pilas, consiga vacunas y además gestione como corresponde las campañas de vacunación. Después de todo, no debería ser yo el que les recuerde que "Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar".

Publicado en El Litoral el 27 de febrero de 2021.

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