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19 09 2020

Celebrar la primera vuelta al mundo


Autor: Gabriel Palumbo









Vivimos tiempos extraños. La pandemia nos tomó a mitad de camino en un proceso de tontificación del mundo, basado fundamentalmente en la supremacía ontológica de la indignación y la denuncia, la sobresimplificación y los gestos exagerados. Habitamos una sociedad de la cancelación, una versión woke de la cultura que se pelea con estatuas, con libros, con obras y autores.

Que en este marco alguien celebre la unión de dos culturas es un acto de una nobleza y de una incorrección política conmovedora, que deberíamos agradecer y destacar con entusiasmo.

De eso se trata Tesoros de América, una exposición pensada y realizada para celebrar los 500 años del descubrimiento del Estrecho de Magallanes, en el primer viaje de circunvalación del mundo, y para honrar las posibilidades abiertas por ese suceso. El encuentro cultural derivado de esa travesía fue un hecho civilizatorio, que aumenta las posibilidades de mezclar experiencias, abrir miradas nuevas y colaborar en la creación.

La muestra, inaugurada el 18 de mayo en forma virtual, está ambientada en los salones de la Fundación Luis I de Cascais, en la gran Lisboa, en Portugal. Curada por Ernesto Muñoz y Luis Manuel Pereira, reúne obras de 29 artistas chilenos que reflexionaron sobre el tema central de la exposición estableciendo un diálogo diverso en matices y soportes, donde la contemporaneidad se expresa sin dejar de lado lo conceptual y lo investigativo.

Desde el mes de julio, y de la mano de su directora Cecilia Cavanagh, esta interesante muestra puede verse desde el Pabellón de las Artes de la Universidad Católica Argentina.

El paseante virtual va a encontrarse con una interfase muy rica y sumamente sencilla. La plataforma permite variar el ángulo de visión lo suficiente como para tener un panorama muy amplio de las distintas obras, pero además cuenta con mucha información adicional. Al costado de cada trabajo hay un ícono de información que lleva a una fotografía en alta calidad de la obra, a los detalles técnicos y, además, a un breve video del artista explicando su proceso creativo.

Haciendo clic en la vista 3 del menú en el margen superior derecho, el visitante se coloca ante una de las obras más impactantes de la muestra. Se trata de “Barrio Franklin”, una obra de gran tamaño, realizada en 2015, donde Angela Wilson recrea una atmósfera sensible, histórica y estetizada de la experiencia vital de un barrio de Santiago de Chile. Usando material traslúcido, la artista mezcla impresiones de distinto tipo, fotográficas, de tinturas y hasta tierra del piso y de las paredes de una antigua fábrica de vidrios del barrio. En la obra se ven adultos trabajadores, pero también niños, haciendo el mismo trabajo que sus mayores. La obra crea un clima de mucha complejidad, apoyado fundamentalmente en la veladura que generan los paños de crinolina transparente por el que se dejan ver y se enhebran historias, biografías y vivencias sociales. Las tintas chinas, los chorreos de esmalte, la suciedad de la tela y los dejos fotográficos logran armar un guión en el que Wilson atrapa con singular belleza un momento de necesidades sociales muy fuertes. Es una obra de gran politicidad que viene desde el pasado para instalarse en el presente, usando a los niños cristaleros como un puente crítico hacia el proceso de gentrificación que ha llevado al barrio a ser un espacio de emprendedores, diseñadores y de turismo cultural. “Barrio Franklin” es una obra que usa la memoria sin recostarse en su aspecto sacrificial ni desmerecer su rol en el reconocimiento del presente. Se muestra, así, coherente con el objetivo de la muestra, poniendo en discusión franca las tensiones de la construcción cultural.

En otra de las salas, la 7 en este caso, se destaca la pintura de título “Landscape IV” de Hernán Gana. Se trata de otra obra de gran tamaño, un lienzo de dos metros por uno y medio, trabajado con óleo y pintura en spray. Este trabajo forma parte de la serie “It’s Not My Fault” (no es mi culpa), en la que Gana intenta establecer una relación crítica frente al discurso individual que se desresponsabiliza de los desastres ambientales, trasladando toda la carga a las empresas y multinacionales. El cuerpo de obra de este artista entraña una exploración del concepto y del alcance estético del paisaje como medio comunicativo. Esta búsqueda de los paisajes contemporáneos lo llevó, en sus propias palabras, a encontrar belleza en las catástrofes naturales. Es muy interesante cómo Gana reubica el potencial de los elementos naturales trastocándolos hasta convertirlos en objeto de incertidumbre y calamidades. El agua –elemento vital y sustantivo– se vuelve un vehículo de dolor y destrucción, llevándose todo a su paso. En este paisaje, el agua destruyó una casa, apiló dos automóviles e hizo que todo se volviera inservible. El trato realista de la pintura de Gana genera una doble sensación de proximidad y alejamiento, lo que se enfatiza con unos chorreados de pintura y con unos puntos coloridos, muy baldessarianos, que llevan la mirada del espectador y lo guían en la visión de la obra. Este paisaje, como el resto de la obra de Gana, se inscribe dentro de la tendencia de artistas preocupados por la era antropocena. En este caso, y eso es una interesante distinción, con un mayor peso en los factores individuales que en los colectivos.

Para completar el registro de formatos, texturas y soportes que Tesoros de América muestra al espectador es bueno encontrarse con la obra de Laura Quezada. El trabajo, lleva por título “Memorias de hilo” –es de 2017– y se trata de una escultura de madera y metal.

La obra recrea un antiguo carretel de hilo con un ovillo de hilo enredado, coronado por una aguja. La alegoría le sirve a Quezada para plantear el problema de lo femenino y de las condiciones experienciales de las mujeres en el pasado. El tamaño del trabajo y la potencia visual del metal utilizado en la representación de los hilos y la aguja, forman un todo amenazante a la vista del espectador que funciona perfectamente para generar la atmósfera opresiva del mundo femenino.

Las agujas son un elemento recurrente en la obra de Quezada, que las utiliza como símbolo, pero también como objeto escultórico. Ese objeto mundano, cotidiano y presente se convierte finalmente en un ícono que representa tanto el fenómeno de lo que está o debe permanecer unido como el concepto más asfixiante de la trama de la femineidad. La obra de esta artista no es literalmente feminista, pero tiene a la mujer en el centro iluminador de la creación artística.

Tesoros de América es al mismo tiempo una muestra del vigor del arte contemporáneo chileno y una sugestiva celebración del encuentro entre dos culturas. Son estas dos grandes razones para visitarla desde la plataforma web.

Publicado en Revista Ñ el 17 de septiembre de 2020.

Link https://www.clarin.com/revista-enie/arte/celebrar-primera-vuelta-mundo_0_wWXwiGgM8.html