menu
29 10 2020

Bomarzo


Autor: Eduardo A. Moro









Cuando uno choca o se siente impotente ante graves acontecimientos disruptivos en cadena,  impulsados o apañados por quienes los comandan tras bambalinas , viene bien para alejar fantasmas y gratificar el alma,  encontrar un momento de solaz: una línea de fuga hacia la irrealidad. Sirve -al menos, en mi caso- para ejemplificar  gratificándome con alguna quimera cultural.  

Aunque la buena fe tiembla, lo que no muere es la aspiración de mantenerla y confortarla, al conjuro de monstruos recordados en la historia que -cumpliendo una dolorosa paradoja- han sido imaginados como el resultado final de la transformación de quienes inicialmente fueron fabulados como  divinas y angelicales criaturas.  

Fue así como pensé en Bomarzo, rincón de Italia donde anidó una importante familia feudal, recordada por sus aventuras y en particular –para este caso-  por el duque Pier Francesco Orsini (1523-1585)  y su misterioso Bosque Sacro, al que terminó llamándose Jardín de los Monstruos.  Allí se invita a recorrerlo del siguiente modo: “Vosotros que vais por el mundo, errantes, tratando de ver estupendas maravillas, venid aquí, donde están los rostros de horrendos elefantes, leones, osos, ogros y dragones”. Un viaje hacia la eternidad a través de esculturas que surgen de  rocas y vertientes que integran el jardín, erigido como homenaje amatorio. Un verdadero zoológico de seres mitológicos ligados a las delicias y pesares de la vida.  

Este  llamativo personaje del Renacimiento italiano, caracterizado por sus “irregularidades” como prefería aludir a sus deformaciones,  luego de transitar una intensa vida de condottiero cortesano, fue cruzado por la pérdida de su amada mujer. Acongojado por la ausencia de Giulia Farnese, hizo construir en su memoria una extraordinaria postal manierista de ángeles y monstruos. Chocante y contradictoria, de dolor y de amor, a lo largo de un jardín mitológico regado con presencias imaginarias. Un itinerario filosófico al que se sigue interrogando a través de los siglos. Sobre el hueco de entrada a la famosa y gran Boca del Orco, figura esta frase: Los ojos pensantes vuelan. Caminando ese Jardín, se conmovieron Jean Cocteau, Salvador Dali, y nuestros recordados Manuel Mujica Láinez y Alberto Ginastera.  

Un poco más acá en el tiempo -y dejando para el plano de las ensoñaciones el mítico jardín de Bomarzo- nos acercamos a otro universo cercano: el de la realidad nacional.  

Vale la pena recordar que las naciones no son fenómenos naturales. Son creaciones humanas. Hoy se perciben con claridad las consecuencias de la división derivada de quienes pensaron e hicieron el país en el siglo XIX, echando a rodar lo que alguien llamó la mitología de la exclusión antes que  una idea nacional unificadora.  

La ausencia de un marco cultural para la unión, hizo posible que mucho más adelante, Ernesto Sábato -con sombría ironía- nos caracterizara  como una sociedad de opositores. En realidad las naciones resultan de la sucesiva aceptación –por generaciones- de ficciones orientadoras  compartidas, maceradas en la  búsqueda de una identidad común. Esa estampa histórica fue referenciada por Nicolás Shumway en: La invención de la Argentina (Ed. Emecé, 2002), rastreando las dificultades para forjar cierto sentimiento de identidad de nuestra nación. 

El espanto de estar ahora ante  las amenazas de un país en disolución nos conmociona. Todos dicen que para evitar el colapso es necesario un entendimiento. Pero lo cierto es que los hechos contradicen esas palabras, especialmente los ejecutados y auspiciados desde el poder  oculto y del visible. La violación práctica  –por vías de hecho- a la propiedad y a la seguridad jurídica es destructiva para cualquier organización social, sea capitalista o comunista, porque la  razón funcional básica de tales conceptos civilizados, es evitar la violencia directa de unos contra otros. En ningún lugar de la tierra se puede andar por el mundo agarrando lo que a cada uno le guste, u ocupando de súbito el domicilio donde viven otros. Con distintas modalidades, esos elementos limitantes del arrebato a mansalva, son el lubricante esencial para convivir. Y alentarlos pega en el corazón del respeto al poder de la ley. 

Este cuestionamiento esencial no fue confesado entre las promesas electorales del 2019. Ahora lo ingresan a los empujones. Y si  se pretende discutir como “cuestión de fondo”, debería serlo  mediante un planteo público,  franco y claro. Para abrir un gran debate nacional a futuro sobre nuestros modos esenciales de vida y organización social.  En vez de ello se induce la organizada y sinuosa transgresión fáctica, auxiliada por funcionarios mandados, que  -sin rubor- ponen cabeza abajo el sistema vigente ante los ojos de los argentinos, bajo el pretexto de custodiar una visión progresiva de tutelas altruistas.  

Por un tiempo pensamos que la deriva de la invitación actual -no la de Aldo Ferrrer- a vivir con lo nuestro e incomunicarnos del mundo del que siempre participamos, se encamina –en primera estación- a un achique gradual hacia la orfandad sin destino ni gloria de Venezuela. Pero el carácter y forma de los últimos acontecimientos, enganchados a viajes y contactos directos por años, llevan a pensar en una dirección final  más orgánica  y permanente. Es posible que  la meta apunte a la ligazón con el modelo cubano, de partido único, aspirando a formar parte de su romántica épica. En otras palabras: Castro-kirchnerismo (siempre vivo), en vez de Maduro-kirchnerismo (casi muerto) incluyendo sus apoyos y alianzas geopolíticas anti- capitalistas.  

Es muy difícil alcanzar  claridad en medio del barullo en que vivimos. Cualquier afirmación que presuma certeza es una desmesura. Sin embargo todo el día escuchamos seguridades enfáticas, destacándose la carta “Sentimientos y certezas”. Contiene una catedrática enumeración de ellas, cargadas de ambigüedades. Insiste en sí misma y en recordar que existen diferencias de fondo con los demás,   excusándose de toda responsabilidad ante el abismo, cuyo descalabro acota sobre el presidente. Esas actitudes destiñen el acuerdo que menciona y más bien suena como una jugada más. En síntesis, la carta se parece a un laberinto oscurecido por contradicciones, un señuelo  conjetural lleno de petulancia disfrazada de humildad. Un berrinche de pura cepa.  

La emergencia sanitaria, económica, social, emocional y política, convoca a la paz para poder trabajar colectivamente. Sin embargo, ningún responsable del poder puede explicar por qué en vez de actuar y convocar –en serio y con amplitud- con prudencia, sinceridad y generosidad, en medio de sus propias debilidades y fragmentaciones, acelera la velocidad del tren fantasma, inventando complicaciones donde no las hay. Es un pozo interminable de interrogantes sin respuesta, que  parecen recordar a Bomarzo y el antiguo modo de transformar las promesas angélicas pre-electorales en las  monstruosas consecuencias que se agregarán a la pobreza extrema. Nefastas, por cierto. Que se sienten llegar con inminencia.