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Opinión 01 11 2020

América Latina también vota


Autor: Carlos Malamud









Si bien la mayoría de las miradas sobre la actualidad electoral del continente americano se concentran en el martes 3 de noviembre (EE.UU.), la realidad hemisférica es más variada y compleja, como muestran las elecciones bolivianas y el plebiscito constitucional chileno.

Mientras seguimos pendientes del duelo entre Biden y Trump, América Latina también vota y seguirá votando. Por eso es conveniente seguir prestando atención, para que no nos sorprenda lo que allí pueda ocurrir.

Los contundentes triunfos del Movimiento al Socialismo (MAS) y del Apruebo han dado lugar a extemporáneas reacciones de algunos dirigentes latinoamericanos, bien de alegría (Nicolás Maduro, Miguel Díaz-Canel y Alberto Fernández entre otros) o bien de rechazo (como Eduardo Bolsonaro, María Corina Machado y el boliviano Arturo Murillo).

En ambos extremos muchos han vuelto a pensar que Bolívar cabalga de nuevo, aunque no sea el verdadero Libertador sino su imagen manipulada. Todos tratan de llevar el agua a su molino. Los “bolivarianos”, para insuflar ánimo a sus decaídas huestes tras el gran salto adelante que en esta ocasión dieron unos ciudadanos lúcidos y comprometidos. Los “antibolivarianos”, para alertar de la proximidad del fin del mundo dada la ceguera de esos mismos ciudadanos ante los grandes retos que les ha tocado vivir sin saber estar a la altura.

Ambas son lecturas paternalistas, capaces de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. ¿Realmente estamos frente a una potente ola popular que volverá a “abrir las grandes alamedas para construir una sociedad mejor”, como apuntó Maduro en un twitter? ¿O a un imparable retorno del comunismo en la Iberosfera, como advierte la Carta de Madrid, firmada recientemente por 50 intelectuales iberoamericanos, y algún estadounidense, bajo el impulso del Vox español?

Siempre, ante una derrota, las culpas son ajenas. Es mejor pensar en eso que en las propias responsabilidades. ¿A quién benefició la satanización del MAS y de sus dirigentes en Bolivia? Tan garrafal iniciativa del gobierno interino le permitió a Luis Arce recuperar en poco tiempo cientos de miles de votantes desencantados con la gestión de Morales y reunificar un movimiento con serias fracturas.

Por eso no queda más que asumir las propias responsabilidades y mirar hacia delante. Si Evo Morales hubiera sido elegido en octubre de 2019, hoy estaría asumiendo los costos del COVID-19 y su popularidad, ya entonces menguante, seguiría su imparable descenso. El nuevo presidente, autor del pasado milagro económico, pretende repetir la hazaña con las mismas recetas de entonces, pero en un entorno radicalmente diferente.

Salvando las distancias, en todo esto hay un cierto tufo a la Revolución Libertadora, cuyos dirigentes pensaron que destruyendo las estatuas de Perón y Evita, quemando sus libros y haciendo tabla rasa del pasado, acabarían definitivamente con su recuerdo. Tanta razón tenían que a día de hoy el peronismo sigue gobernando. Algo similar ha ocurrido en Bolivia y le puede ocurrir también a la oposición venezolana si recupera el poder imbuida del mismo espíritu revanchista. En política y con habilidad, el victimismo puede convertirse en una útil herramienta para sumar apoyo popular.

En Chile, cuando hace un año atrás se propuso convocar un plebiscito para superar la crisis en que estaba inmerso el país por las masivas, y en ocasiones, violentas, protestas callejeras, el rechazo a la iniciativa surgió de ambos extremos. De un lado, personajes como José Antonio Kast, del Partido Republicano, que veían amenazado el legado pinochetista si se aprobaba una nueva Constitución. Del otro, sectores del Frente Amplio y el Partido Comunista que veían en el plebiscito una trampa para neutralizar la movilización popular.

Como suele ocurrir en la extrema derecha, siempre hay a su izquierda una derecha algo más centrada responsable de todos los males a la que se acusa de cobardía. Por eso Kast quiso justificarse después de la derrota del rechazo: “Perdimos por todos esos políticos de derecha cobardes”. En el otro lado están quienes quieren apoderarse del triunfo del Apruebo y hablan en nombre del pueblo chileno, pese a sus modestos resultados electorales.

Algunos de ellos, muy orgullosos de sus vínculos bolivarianos o de sus raíces hundidas en la Revolución Cubana, se olvidan de que muchos de los ciudadanos que garantizaron este resultado bajo ningún concepto vivirían en Cuba, Venezuela o Nicaragua.

Los nuevos gobiernos deberán conducir la reconstrucción económica, política y social y gestionar la escasez en medio de la actual pandemia. Hasta ahora las grietas o las polarizaciones han servido para ganar elecciones.

La cuestión es si podrán seguir haciéndolo en la nueva coyuntura. ¿Qué margen tendrán los populismos renovados, se vistan con la camiseta bolivariana o la de la derecha sin complejos? Me temo que poco.

Estas elecciones, más las municipales de Brasil y las parlamentarias venezolanas, son solo el aperitivo de un proceso más intenso a desarrollarse entre 2021 y 2024. Todos los países de la región, salvo Cuba, por razones obvias, y Bolivia, que lo acaba de hacer, elegirán nuevos presidentes o, eventualmente reelegirán a alguno. Por eso, la mayoría de los políticos ya se está preparando. Elaborar y difundir floridos mensajes, a veces falsos, en las redes sociales, es parte de esa preparación.

En Bolivia, primó el voto de castigo al oficialismo, aunque el paso por el poder de Jeanine Añez haya sido bastante efímero. En Chile, la prescindencia de Sebastián Piñera frente a la reforma constitucional, con ese prurito de neutralidad que quiso transmitir a su gabinete, le impiden sacar un mejor rédito del resultado, cuando otros pretenden atribuirse su paternidad. Vienen tiempos complicados, con nuevas demandas populares. Por eso, quiénes apuesten por sumar y por incluir, y no por dividir y polarizar, probablemente tengan mayores posibilidades de éxito.

Publicado en Clarín el 1 de noviembre de 2020.