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Opinión 02 05 2018

SAD vs. Asociaciones civiles, el nuevo clásico


Autor: Gonzalo Javier Lema









El debate entre asociaciones civiles y sociedades anónimas deportivas asoma como una nueva rivalidad. Parecen emerger dos tribunas, y un debate pasional, casi como el fútbol mismo. La redacción de Nuevos Papeles quiso abrir una ventana de esta “disputa” entre tipos jurídicos posibles, desde una perspectiva más racional y analítica. El primer interrogante es cuál de los dos sería más conveniente para nuestro fútbol: el argentino.

Como un mapa desplazable por satélite, ampliamos nuestro territorio hacia el mudo. Comienzan a aparecer los países sudamericanos hasta su “despixelización”, esa es nuestra región para el fútbol, la CONMEBOL (CONFEDERACIÓN SUDAMERCIANA DE FUTBOL), a la que el presidente de FIFA, Gianni Infantino, llamó “el corazón del fútbol”. En esta región se encuentran los tres primeros exportadores de futbolistas del planeta; Argentina, Brasil, y Colombia. En ese orden. La ruta más marcada de migración en las “tarjetas de embarque” reza CONMEBOL-UEFA. El lugar de destino (mayormente) será algún equipo de la confederación europea (Union of European Football Associations). La globalización y la revolución de las comunicaciones hicieron ese tráfico cada vez más intenso. Las ligas más taquilleras quedaron al alcance de los fanáticos del fútbol en el mundo entero. En paralelo, montado sobre ese fenómeno global, la mundialización del fútbol nos ofrece un governance que regula su funcionamiento. Hay agrupamientos “continentales” que pueden o no coincidir con los criterios geográficos ortodoxos, vgr. Japón está en Oceanía, y Rusia es exclusivamente europea para el fútbol. También hay reglas y encargados de dirimir conflictos como el tribunal de arbitraje deportivo (TAS). Eso definen al mundo del fútbol, con perfiles propios y distantes de las organizaciones políticas y jurídicas estatales.

Estos elementos conforman una nomenclatura donde el fútbol se desarrolla, forma a sus estrellas, y se hacen brillantes negocios. Producto de esas relaciones, surge una interesante división mundial del trabajo. Todos los indicadores ilustran sobre la supremacía de un submundo; UEFA-CONMEBOL. Allí se concentra la mayor parte de la actividad. De las 20 copas mundiales, 11 fueron a manos de selecciones de la UEFA, y 9 a las de CONMEBOL, las otras 4 confederaciones, ni siquiera alcanzaron una final. No se trata de subestimar. Hasta hoy, la nomenclatura del fútbol condiciona el funcionamiento de todas las asociaciones nacionales.

Por diversos motivos (que pueden ilustrarse en "Sociedades anónimas deportivas: ¿tapones altos o tapones bajos?"), la UEFA es la zona más redituable para el ámbito de los negocios. La industria del entertainment paga enormes regalías por la transmisión de las ligas europeas, y en consecuencias, el mayor conocimiento mundial de esas ligas aumenta la recaudación del sponsoring, streaming, apuestas deportivas, y demás cuentas asociadas. Si CONMEBOL es el corazón del fútbol, la UEFA es el sueño dorado de los empresarios. Así, ambas confederaciones tienen una misión en el fútbol mundial; unos forman talentos, otros arman el show. Y no está mal; sólo que es así.

Todos los clubes de fútbol argentino tienen déficit corriente en sus cuentas, y sólo lo  corrigen, a veces, en su cuadro de resultados con la venta de jugadores. El perfil de nuestro fútbol es formador, y allí es líder. Un proceso que es largo y caro. Como ejemplo, Maradona comenzó su carrera con apenas 9 años en infantiles de Argentinos Jrs., dentro de un sistema de formación, que en Argentina reúne a 3.504 clubes, organizados en 220 ligas regionales asociadas a AFA. Es un mito que los jugadores argentinos son buenos porque “tienen potrero”, lo que tienen es una formación sistémica. 

No es el mismo caso del otro lado del Atlántico. Allí resulta más conveniente que otros formen sus jugadores, y tomar el costo (cada vez menor) de los brillarán como verdaderas estrellas. Un empresario podría inyectar capital en algún equipo de la segunda europea, ascenderlo a primera, y cobrar su participación millonaria en la liga. Si está bien asesorado, podría ser una excelente inversión de corto plazo. Ese mismo procedimiento, en nuestra región sería inviable. Y aquí volvemos al derby; ¿SAD o asociaciones civiles?.

Resultaría llamativo que algún capitalista estuviera dispuesto a invertir en una actividad que es probadamente deficitaria por su estructura de costos, y escasa captación de ganancias. Una altísima economía externa, semejante a la de un bien público (falla de mercado).  De hecho, no se conoce ningún proyecto de inversión para nuestro fútbol que demuestre lo contrario. Salvo, claro, que la apuesta deportiva sea desarmar la formación de su fútbol juvenil (hasta hoy obligatorio), y lograr contrataciones precarias. Sin ideologizar esa tecnología de gestión, se trataría de un vaciamiento, ya que esa institución no duraría más que una generación de jugadores de la actual calidad. Para el conjunto del fútbol sería dañino, incluso desde el punto de vista económico agregado, porque ese modelo no sería sostenible como actividad económica que significa el 2,5% del consumo familiar argentino.

Desde el imprescindible análisis jurídico; ¿es posible que una asociación civil se convierta en sociedad anónima? Desde el positivismo normativo, SÍ. El artículo 3 de la ley de sociedades comerciales lo permite. Doctrinariamente esa posibilidad recibe grandes reparos. En palabras del tratadista societario Alberto Verón; “…la posibilidad que otorga este artículo de que una asociación, cualquiera sea su objeto (v. gr., una entidad deportiva, mutual, cultural, benéfica, gremial o empresarial), que adopte la forma de sociedad bajo alguno de los tipos previstos, queda sujeta a la normativa de la sociedad comercial, parece resultar incompatible con el concepto y tipicidad del art. 1 º. ¿Habrá asociaciones civiles -de las ejemplificadas- que por alguna razón que desconocemos se transforme, v. gr., en sociedad anónima?; y si así fuera, ¿podrá resistir la dispar organización jurídica a la que ésta está obligada, compatibilizando fines altruistas (propios de la asociación) como el bien común con fines hedonistas (propios de la empresa, que adopta la forma de sociedad comercial?) ¿Cuál es la lógica hermenéutica a aplicarse cuando se afirma que si una asociación se constituye “en forma de sociedad”, deja de ser asociación y pasa a ser sociedad, como quien -valga la exageración comparativa- disfraza a un ángel con el ropaje de Lucifer?”. Una comisión especial creada por el Ministerio de Justicia, hacia finales de la presidencia de Carlos Menem, e integrada por destacados profesores de derecho societario encabezados por Ricardo Nissen, redactó un proyecto de sociedades anónimas deportivas, que por el paso del tiempo perdió estado parlamentario. En él, proponía que particulares conformaran junto a los clubes, bajo su forma de asociaciones civiles, una sociedad. La asociación sería socia con una participación no menor al 5%, lo que le daría facultades de gobierno, administración, y control (para ello no debería contar con sindicatura bajo el actual régimen).  Esta alternativa permitiría, de acuerdo al grado de participación y gravitación, que las asociaciones civiles conservaran de algún modo en la SAD, el affectio scietatis que una sociedad de capital no garantiza.

A modo de conclusión; las asociaciones civiles podrán hacer bien o mal su trabajo. La idea es que lo hagan de manera correcta y eficiente; tanto en los procesos de formación, como de administración, pero sobre todo capacitando a su dirigencia para que las regulaciones mundiales no lo sigan desfavoreciendo tanto. Los dirigentes de UEFA, conocen muy bien esa tarea, y no la descuidan. Las Sociedades Anónimas Deportivas no son malas en sí mismo, sólo es un tipo jurídico neutral. Es un instrumento de organización y coordinación, apto para esta actividad. Queda demostrado en varios casos europeos con éxito, no así en Sudamérica como es el caso chileno que opera en varias oportunidades como “paraíso” federativo, y que en nada contribuye al desarrollo del fútbol y su negocio genuino. Tal vez, pensado para otros supuestos, sería aplicable aquí el principio de subsidiaridad; no es recomendable sustraer a las entidades menores lo que saben hacer con mayor eficacia que las mayores. En este caso, medidos en términos de capital.