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29 01 2018

El camino al horror de la Shoá


Autor: Daniel Muchnik









"Había un hedor imposible. No se podía estar allí por más de cinco minutos. Mis solados no lo podían soportar y rogaban que los dejara ir" anotó en su diario el oficial Anatoly Shapiro tras la llegada del Ejército Rojo, el 27 de enero de 1945, al campo de Auschwitz. Agrega: "No teníamos idea de la existencia de este lúgubre lugar". Es posible que la tropa rusa no estuviera informada, pero sí lo estaba la conducción máxima de los aliados occidentales.

Lo supieron Churchill y Roosevelt, y muchos de sus ministros, como el inglés Anthony Eden y el norteamericano Morgenthau desde 1942. Un héroe y comandante del ejército polaco en el exilio, Jan Karski, que tenía base en Londres, logró fugarse de su país y por intermedio de sus jefes aportó detalles muy precisos de los guetos, los campos de prisioneros y la gran matanza (el plan final) después del encuentro de oficiales y burócratas nazis en Wannsee.

¿Qué dijeron estas grandes figuras de la historia universal? Contestaron: "No podemos decirles a los soldados que expongan sus vidas para salvar a los judíos". Tanto en Inglaterra como en Estados Unidos se había desarrollado una campaña de neutralidad frente a los avances de Hitler y hasta de admiración por su planteo y su lucha contra el comunismo. Los oficiales aliados siempre encontraron justificativos para no bombardear las líneas férreas que llevaban a los campos de exterminio. Señalaban que tenían otros destinos estratégicos para vencer a los nazis. Y llegaron a bombardear a 40 kilómetros de Auschwitz (o en polaco, cercano a la población de Oswiecim), lugar donde encontraron la muerte 1.100.000 personas, el 90% de ellos judíos y el 10% polacos, soldados rusos prisioneros, gitanos y homosexuales.

Precisamente, por resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidos, el 27 de enero es evocado como el Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto. O, sin vueltas, el Día Recordatorio del Holocausto.

"Holocausto" es una expresión griega que significa 'todo quemado' y que alude a un tipo de sacrificio como el que los judíos de la antigüedad remota ofrecían a Dios, en el que un animal quedaba consumido por el fuego. El término "Holocausto" no abarca todo lo que se quiere expresar. Las matanzas de seis millones de judíos son definidas como "Shoá", un vocablo hebreo que en el Antiguo Testamento se traduce como 'calamidad', 'destrucción' o 'ruina'. Así, "Shoá" sería un término más apropiado para definir esa etapa trágica del siglo XX, por lo menos para los judíos.

Fueron los soviéticos los que llegaron primero a Auschwitz a partir de la ofensiva victoriosa que significó la batalla de Stalingrado, del 23 de agosto de 1941 al 2 de febrero de 1943, lugar donde encontraron la muerte 734 mil alemanes y 479 mil rusos. Stalingrado fue un quiebre. El famoso poderío alemán, invencible, imparable hasta entonces, fue doblegado. Allí se decidió el final de la guerra que ya estaba perdida para los alemanes, porque por el lado occidental de Europa, si bien no se había concretado el desembarco de Normandía, norteamericanos, ingleses, canadienses y lo que quedó del ejército francés ofrecían una perspectiva demoledora para los alemanes.

A Stalingrado le siguió la batalla fundamental de Kursk, con tanques y soldados, entre el 1º de julio y el 23 de agosto de 1943. Los nazis iniciaron la retirada hacia su país, sin brújula y sin destino. Pero ese encuentro bélico, en el que participaron tres millones de seres humanos, costó la vida de 863 mil soldados rusos y 203 mil soldados alemanes, más la destrucción de equipamiento vital y la desaparición de miles de tanques de guerra.

Los soviéticos también arribaron, en su avance, a otros campos, a Belzec, Sobibor y Treblinka, desmontados parcialmente en 1943 después de enormes matanzas. A este último llegó el periodista y escritor Vasili Grossman, autor del monumental libro Vida y destino, quien escribió en El infierno de Treblinka sus impresiones (los dos están traducidos al castellano). Después de la guerra, Grossman y el escritor Ilya Ehrenburg se hicieron responsables de la redacción de El Libro Negro, donde relataron sus experiencias. Se recibió orden de Stalin de no publicarlo en 1948. El dueño del Kremlin argumentaba que los judíos no habían muerto por judíos sino por rusos o por polacos.

Los rusos también liberaron los campos de Stutthof, Sachsenhausen y Ravensbruck, que quedaba a 60 kilómetros al norte de Berlín.

En un avance fenomenal desde el este y del oeste de los aliados occidentales (abrieron las puertas de los campos de Buchenwald, Bergen-Belsen y lo que quedaba de Dachau), los primeros mandatarios le dieron el privilegio a Stalin de conquistar él solo Berlín, la capital del nazismo. Lo logró, a costa de la vida de casi un millón de sus soldados. Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945, Berlín se rindió el 2 de mayo, pero la rendición incondicional ante todos los aliados, sin descartar a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), se dio el 8 de mayo de 1945.

Una valiosa bibliografía, especialmente de historiadores ingleses y del holandés Ian Burman, ha dado señales en los últimos años de todo lo ocurrido después de la guerra, por lo menos hasta 1950. Hubo desplazamientos humanos, muerte, enfermedades y carencia de alimentos en Alemania y en todos los países por donde se hubiera bombardeado a las poblaciones civiles. Tras la liberación, muchos prisioneros hicieron justicia por mano propia, con el consentimiento de los liberadores, porque mataron a los guardianes que encontraron a su paso. Rudolf Hoëss, jefe del campo de Auschwitz, fue capturado por los soldados aliados y entregado a los polacos. Estos lo obligaron a escribir sus memorias y las razones de la matanza, y después lo ahorcaron. Ese libro, que también se puede conseguir en nuestro idioma, se titula Yo, comandante de Auschwitz.

¿Cómo fue posible que haya sucedido esta enorme hoguera que le prendió fuego a la humanidad? El antisemitismo fomentado por la Iglesia Católica y la Ortodoxa eslava, originariamente bizantina, encontró en la muerte del judío una venganza para canalizar los pesares y las limitaciones de su vida. Se le echó al judío la culpa de todo, especialmente de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, aunque en realidad el odio profundo al judío provenía de los primeros cristianos ex judíos, quienes acusaban a estos de haber matado a Jesucristo. Toda una suma de factores que, más allá de la racionalidad, no se puede entender cómo un panadero de Leipzig, un mecánico de Bonn y un ferretero de Colonia, vestidos con uniforme, se prestaran a fusilar a centenares de miles de judíos en su entrada triunfal en la Unión Soviética, en 1941 (Operación Barbarroja) o quemaran aldeas de simples campesinos rusos sospechados de haber colaborado con los guerrilleros encerrándolos en las iglesias y prendiéndolos fuego.

Hubo rebeliones en los guetos y en los mismos campos de concentración, pero sin suerte. La rebelión en el gueto de Varsovia estuvo en manos de jóvenes un poco adolescentes. Los jefes bordeaban los 23 o 24 años. El legado que dejaron es que siempre es digno morir defendiendo la dignidad y eligiendo la forma de morir, negándose a que la decidan otros.

En los campos, además de las víctimas judías, perecieron gran cantidad de prisioneros políticos (basta recordar que en las elecciones alemanas que le dieron el triunfo a Hitler, en 1933, votaron 13 millones por el Partido Comunista) flagelados y abusados, casi cuatro millones de prisioneros rusos, de polacos que habían luchado por la liberación de su tierra, los gitanos. Todos entraron de la misma manera a la cámara de gas. Antes, se les extrajeron las cabelleras y las prótesis dentales con oro; mientras los gaseaban los revisaban y les robaban los efectos que guardaban en las ropas.

En los campos, en las condiciones en que vivían los prisioneros había hambre, peleas y dominantes (la famosa zona gris que detalla el prisionero y escritor Primo Levi). Los que tenían poder en las cabinas ejercían una jefatura suprema y definitiva, y no soportaban quejas. En eso, dice Levi, no se diferenciaron de los nazis.

Hannah Arendt también se ocupó del tema en dos grandes obras: Eichmann en Jerusalén, con detalles del juicio al que fue sometido después de haber sido secuestrado de la Argentina, y Los orígenes del totalitarismo. En el primero denuncia que los nazis entregaban el trabajo sucio en la matanza a ciertos judíos que ellos mismos elegían. El Consejo de los Notables, elegido por los nazis a dedo, decidía las listas de los que partían desde los guetos hacia los campos de exterminio. Había policía judía encargada de reprimir toda protesta. Y en los campos se lucían los Kapos, que tenían un gran poder y eran de confianza de los nazis, muchos de los cuales fueron judíos. En los campos, los encargados de empujar a la gente en la cámara de gas y luego en los hornos crematorios, eran judíos. Los llamaban Sonderkommandos, 'comandos especiales'. Los integraban aquellos que querían vivir un mes, dos meses más, porque también ellos, como los policías y los integrantes de los Consejos de Notables, terminaron en las Cámaras de Exterminio.

El Día del Holocausto está referido por las Naciones Unidas a la Shoá del mundo judío en Europa central y oriental. Debería existir, por sobre todas las cosas y las consideraciones, un Día del Holocausto que involucre a todos los holocaustos. Porque los armenios lloran todavía a los dos millones de compatriotas aniquilados por los turcos; los camboyanos recuerdan a las víctimas del comunista Khmer Rouge; los musulmanes de Yugoslavia tienen presentes a los nueve mil aniquilados que vivían en Sbernica, en la mismísima década del 90 y que fueron asesinados por serbios de otra religión, etcétera.

Muchos capitanes de la muerte, de aquellos que decidían quién vivía y quién moría, fueron encontrados y enjuiciados. Pero la gran mayoría logró huir. Gran cantidad de oficiales nazis y de Ustacha yugoslavos seguidores de Ante Pavelic y los rumanos de Guardia de Hierro encontraron refugio en América Latina. En especial en Argentina, Brasil y Chile. Sin tener en cuenta en este recuento a los nazis que trabajaron para norteamericanos e ingleses cuando se desató la Guerra Fría, en la segunda mitad de la década del 40.

Publicado en Infobae el 26 de enero de 2018.

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