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16 01 2018

Populismo de ayer y de hoy en los Estados Unidos


Autor: Alejandro Garvie









El movimiento populista estadounidense nació con las desigualdades posteriores a la Guerra Civil. Durante la contienda, los préstamos y cuantiosos gastos para financiar el esfuerzo bélico de la Unión catalizaron el desarrollo económico en todo el Norte y el Noroeste. Una nueva clase industrial se enriqueció con los contratos del gobierno: John D. Rockefeller concibió nuevos procesos para el refinamiento del petróleo; Philip Armour fue pionero de la industria de la carne enlatada; Andrew Carnegie, del acero y Thomas Scott, un innovador en la administración de ferrocarriles.

El Congreso promulgó una amplia agenda legislativa que transformó fundamentalmente al país, incluyendo la Ley de Homestead, que estipulaba la entrega de 160 acres de tierras federales a cualquier colono occidental que viviera durante cinco años en su parcela, haciendo las mejoras necesarias a la tierra; y la Ley de ferrocarriles del Pacífico, otorgando tierras y préstamos a compañías ferroviarias privadas para construir nuevas líneas que abarcarían el continente.

Entre 1865 –final de la guerra– y 1873, la producción industrial aumentó en un 75 por ciento, lo que permitió a los Estados Unidos superar a todos los demás países, salvo Gran Bretaña, en la producción manufacturera. El floreciente sistema de ferrocarriles unificó a los habitantes de un continente en expansión y creó nuevas oportunidades para que granjeros, mineros  –y especialmente empresas ferroviarias– explotaran y comercialicen los vastos recursos del “lejano oeste”. Ese auge resultó ser lucrativo para una elite que controlaba el acceso a los recursos, aunque mucho menos rentable para los cientos de miles vaqueros, agricultores, trabajadores industriales, mineros y trabajadores ferroviarios que aportaron la fuerza de trabajo. Esto se hizo más evidente cuando el gobierno federal terminó con la política monetaria expansiva, afectando a los granjeros y trabajadores endeudados. El conflicto resultante llevó, tal vez, a Jack London –testigo de la época– a escribir su cuento “Las muertes concéntricas”.

Mientras que algunos demócratas apoyaron una política inflacionaria para cancelar los bonos de guerra con los billetes verdes, los republicanos y los demócratas conservadores insistieron en una política restrictiva que beneficiaba a los tenedores de bonos. Como resultado, muchos de los agricultores independientes del norte, fueron víctimas de la tenaza compuesta por la caída de los precios de los cultivos y las deudas impagables. La situación era peor en el sur, cuya economía devastada por la guerra se había centrado en la plantación, es decir: tierras y esclavos. Las plantaciones estaban en ruinas, y la abolición evaporó billones de dólares de valor de la noche a la mañana. La moneda confederada no valía nada, y el gobierno federal exigía que todas las deudas confederadas fueran repudiadas. Como consecuencia, en los años posteriores al final de la Reconstrucción, millones de sureños cayeron en varios estados de dependencia económica, desde el sistema de gravámenes de cultivo hasta el arrendamiento completo.

En respuesta a estas dificultades, estos sectores relegados –los agricultores del sur y el medio oeste– formaron una amplia variedad de organizaciones para reunir capital e insumos; ejercer presión sobre los ferrocarriles y promover una expansión del papel moneda. En 1892 se unieron bajo la denominación de Partido Popular o Populista y adoptaron una amplia plataforma que abogaba por el sostenimiento de la vida tal cual la conocían hasta la crisis. Forjaron coaliciones poco estables pero efectivas con organizaciones sindicales urbanas. Los populistas de entonces –como los de hoy– no rompieron el arraigado sistema bipartidista norteamericano.

Los paralelismos entre ese pasado y la actualidad son sorprendentes. Los ciudadanos comunes se irritaban ante la creciente desigualdad económica, e identificaban los poderosos intereses, de ferrocarriles, bancos, especuladores financieros, como responsables de controlar las palancas del poder. Muchos llegaron a creer que los dos principales partidos políticos, a pesar de ciertas diferencias, estaban fundamentalmente de acuerdo en la defensa de los mismos intereses concentrados e igualmente insensibles a las preocupaciones populares.

La economía del siglo XIX era, por supuesto, diferente de la actual, pero los problemas eran en muchos aspectos iguales. El populismo surgió, en ambos casos, porque una importante porción de la ciudadanía descree del sistema en el que vive o lo percibe como hostil y contrario a lo que pregona de sí mismo. Los marxistas dirán que son momentos en que el “velo de la ignorancia” se descorre y deja ver la verdadera esencia del capitalismo, los liberales dirán que son momentos de desviación, de anomalías que requieren de más y mejor institucionalidad. El populismo, como objeto de estudio, ofrece muchas dificultades para definirlo.

Una célebre conferencia sobre la cuestión celebrada en la London School of Economics en 1967, se titulaba “Todo el mundo habla de populismo, pero nadie sabe definirlo”. En ella, el historiador estadounidense Richard Hofstadter expuso que la Guerra Civil había catalizado una revolución global de la información y la comunicación: en el final del decimonónico, los ferrocarriles abarcaron el continente americano y las líneas de telégrafo unieron Europa, América del Norte y América del Sur en tiempo real. El auge movilizó migraciones sin precedentes dentro y entre países. Esa fase de la globalización unía mercados de bienes y de trabajo a mayor velocidad e indujo a una caída global de los precios de los productos primarios, creando un ciclo económico fuera de la capacidad de control de los gobiernos locales o incluso nacionales.

Hofstadter, sostenía que los populistas no estaban dispuestos a reconocer que el mundo estaba cambiando, que los mercados locales estaban siendo engullidos por el comercio mundial y que la primera república de pequeños granjeros era cosa del pasado. Millones de estadounidenses apostaron a que podían obtener préstamos, comprar o establecerse en terrenos baratos, comprar equipos y prosperar como agricultores independientes, al tiempo que la economía mundial estaba volviendo obsoleta esa forma de vida. Consideraba a los populistas individuos resentidos y bastante paranoicos ansiosos por encontrar chivos expiatorios: banqueros, industriales, judíos, extranjeros, etc., lo que los convertía en un peligro con tendencias absolutistas.

A juzgar por los medios de comunicación que producen y consumen, los populistas conservadores norteamericanos de hoy no parecen buscar la justicia económica en un mundo desigual. Están peligrosamente obsesionados con teorías de conspiración alocadas y son enemigos de todo aquel que es diferente: negros, latinos, musulmanes, etc. son amenazas. Las tendencias totalitarias y conservadoras del populismo que definía Hofstadter son las que parecen prevalecer en el mundo trumpiano.