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12 12 2017

Balance a mitad de gestión: Cambiemos sigue en cancha


Autor: Oscar Muiño









Ni la catástrofe reaccionaria pronosticada por los K ni el paraíso recuperado de los adoradores de Mauricio.

¿Cómo evaluar el bienio de gestión macrista?

Sentencias que anunciaban el Infierno. Otras que imaginaban un éxito resonante.

Ni lo uno ni lo otro, pero la mayoría de las voces que resuenan están más guiadas por el fanatismo acrítico que por la reflexión serena.

Cada argentino que lee los diarios, escucha la radio o mira la televisión (ni hablar de las redes sociales) advierte que muy pocos conservan la ponderación del análisis, la prudencia de la evaluación.

Los ditirambos cruzan a las calumnias. Aplaudido con frenesí, vituperado hasta la degradación, llevado al cielo y al fango. Imprecaciones y elegías. Dicterio y coronación. Arrebatos de entusiasmo y maldiciones sin límite.

¿Es esto lo que está pasando en la sociedad argentina?

Pareciera que no.

Esperanza y paciencia

Mauricio ha logrado despertar paciencia ante las demoras, esperanza pese a la falta de resultados inmediatos. Un logro inmenso. Todos lo buscaron, pocos lo lograron.

Macri es acaso el primero que gana tiempo partiendo de la confianza antes que de los logros.

Lo ha ayudado, seguramente, la obstinación de la oposición dura, el deseo visible de voltear al presidente. Ese talante del cristinismo fue excesivo. Sus pronósticos fallaron.

El que se enoja pierde. Hace 2.500 años el estratega chino Sun Tzu narraba cómo perder la compostura solía conducir a arrebatos irreflexivos y a la derrota.

Les está pasando a los K. Pronóstico incumplido + Derrota = Crédito para Mauri.

El bienio de Cambiemos no fue, en los hechos, el salvaje regreso a los noventa que se pronosticó. Macri no es la dictadura, ni una remake de Carlitos.

También pesó la historia. La convicción –percibida tardíamente, como suele ocurrir– que las crisis de 1989 y de 2001 habían sido fomentadas por un peronismo desesperado por acelerar su retorno al poder.  Como la historia no es justa, los beneficios no los logró Raúl Alfonsín ni la Alianza.

Los está cosechando Mauricio.

Tiene razón Martín Fierro. “No hay tiempo que no se acabe ni tiempo que no se corte”.

La llave del control

“Entendí que hay que lograr que una mayoría acompañe lo que uno hace”. Macri expresa lo que muchos macristas no comprenden. En política, la misión depende de la coalición.

Los dos ejemplos los protagonizaron –con enfoques contrarios y resultados divergentes– los dos presidentes Bush ante Iraq.

Bush padre armó una gigantesca alianza para enfrentar a Saddam Hussein cuando éste invadió Kuwait en 1990. Naciones Unidas respaldó, Europa acompañó y hasta hubieron tropas árabes. Luego de vencer al ejército iraquí las tropas norteamericanas se frenaron en la frontera. Los socios no querían invadir el territorio iraquí. Le preguntaron al presidente Bush por qué no entraban en Irak y derrocaban a Saddam Hussein. La coalición determina la misión, explicó.

Veinte años después, el hijo de Bush decidió –con pruebas falsas, según se presumía entonces y se corroboró después– que Saddam había tenido relación con los atacantes del 11 de septiembre a las Torres Gemelas y el Pentágono. Y lanzó un ataque sobre Iraq. No lo acompañaron Francia ni Alemania, ni siquiera la mayoría de los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. A Washington no le importó. Cambió el discurso: la misión es lo principal, no importa quién me acompañe. Síganme los buenos.

El gobierno de Bush hijo, concentrado en la dupla Rumsfeld-Cheney, lanzó un ataque sobre Irak con el módico respaldo del inglés Tony Blair, el español José María Aznar y varios países de Europa oriental, que pasaron de satélites soviético a militantes de Washington. 

El resultado es conocido. Una feroz resistencia iraquí, la aparición de guerrillas de diverso tipo, la destrucción del Estado de Irak –y el de Siria–- y la aparición del califato de ISIS. Hoy, un cuarto de siglo más tarde, Estados Unidos está más débil que nunca en Medio Oriente mientras Irán se ha consolidado en Líbano, Siria e Irak.

Acaso esta enorme diferencia entre una tarea exitosa (la Primera Guerra del Golfo) y una catástrofe regional (la invasión a Irak) permita a Mauricio Macri, en la remota Argentina, respetar –incluso ampliar– su coalición y recién desde esa fortaleza ver hasta dónde llegar sin que se rompa. Aunque muchos se queden con las ganas.