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25 10 2016

¿La culpa es de la democracia? ¿O del capitalismo?


Autor: Oscar Muiño









La batalla cultural la están ganando los partidarios de la desigualdad.

A diferencia de otros tiempos, los damnificados no culpan a los capitalistas, sino a los políticos. Están furiosos con ellos.

Resultado: la democracia en tela de juicio. Cada vez más ciudadanos en todos los continentes marcan el desprecio creciente por su sistema político, el abandono del voto tradicional por las fuerzas que construyeron Estados de bienestar (o los Estados independientes luego de la descolonización).

Gobernantes autoritarios generan más confianza que los políticos de países más democráticos, según datos que acaba de difundir el Foro Económico Mundial. Singapur y Emiratos Árabes Unidos logran mayor confiabilidad que las muy democráticas Noruega y Nueva Zelanda.

El informe del Foro Económico Mundial (World Economic Forum o Foro de Davos) marca tendencia. De los veinte países emergentes con políticos más confiables, trece fueron calificados como “no libres” por Freedom House, tres “parcialmente libres” y sólo cuatro “libres”. Para colmo ninguno de los veinte países que más desprecian a sus políticos figura en la categoría “no libre”.

Las peores notas son para la América latina. Sobre 138 evaluados, Brasil se ubica último. Ahí está confinado el continente, con Paraguay (137), Bolivia (136), Venezuela (135), El Salvador (133), Nicaragua (132), República Dominicana (130), Argentina (129), Colombia (128), Guatemala (127), México (124), Perú (123) y Ecuador (122). No es un problema geográfico: Uruguay está 18.

En el hemisferio norte los comicios vienen expresando esa desconfianza creciente. Los votantes de los países más desarrollados avalan el avance de partidos xenófobos en Alemania, Francia, Austria y hasta en las pacíficas Bélgica y Holanda.

Estados Unidos es un ejemplo rotundo. Un empresario descalificado por haber fundido a muchos que confiaron en él, se ha convertido en el símbolo de la lucha anti-establishment. En frente, una figura comprometida desde su juventud con el sector reformista del Partido Demócrata, el mismo que llevó al candidato más izquierdista de la historia norteamericana, George Mc Govern, en 1972. McGovern proponía desde la retirada unilateral de la guerra de Vietnam hasta la legalización del consumo de marihuana. Hillary Rodham y su novio Bill Clinton militaron por McGovern, que fue despanzurrado por Nixon: 60 a 38 % en el voto popular.

¿Por qué millones y millones de norteamericanos culpan a aquello que representa Hillary? ¡Y confían en el salvavidas Trump!

¿Qué está pasando?

Las sociedades del siglo XXI son crecientemente desiguales. El culto a la diferencia se ha impuesto sobre el deseo de equidad.

Se acabó la solidaridad

Soy un ganador, no me junto con perdedores. Pocas sentencias más abominables, que hacen retroceder la solidaridad –como gesto altruista, pero también como necesidad– a niveles ínfimos. Esta frase, sin embargo, es excesivamente brutal. Espanta. Hay que buscar algo con más encanto y menos rechazo.

¿Cómo ocultar un principio tan intragable? Con un argumento sutil. Bajo el manto de la diferencia. Arropar la desigualdad con el disfraz de Vive la différence suena deseable, casi embriagador. ¿Quién no querría ser reconocido como un sujeto impar? “Sos diferente a todas (todos)”, repiten los amantes para la satisfacción sin fin del Otro.

El cebo: convencer a cada audiencia, a cada oyente, de su propia importancia. Ya no se habla de producción en masa, sino de mercados específicos. Casi casi, un producto para cada consumidor. Hasta los equipos de fútbol –un canto a la identidad colectiva– van mutando: cada jugador exhibe atributos propios: botines, musleras, vendas, calzas, vinchas, pelo con rodete o colita. En fin, formas de negar de lo que se trata: un equipo de iguales, con un mismo propósito y una vestimenta proletariamente idéntica.

Al buscarse cada uno a sí mismo –obsesivamente, desde la psiquis hasta los cuidados externos, los gustos y las compras– se relaja el lazo social y se va oscureciendo el hilo invisible que ataca los destinos comunes.

¿Para qué sirve la democracia?

El capitalismo del siglo XXI se hace más y más desigual. Millones de personas lo sufren. Pero esas personas están más enojadas con los partidos políticos y la democracia que con los empresarios y el capitalismo.

Resultado: no rompen con el sistema capitalista, pero destruyen sus tradiciones, vuelan por los aires los viejos partidos. Y crecen, vigorosos, los partidos anti-partido, cuya definición alcanza para advertir sus inconsistencias.

La política es acusada de hipocresía, de no representar a los representados. De desertar y encerrarse como una casta que no cuida a sus votantes sino a sí misma.

¿Por qué enojarse con Hillary Clinton y no con Trump? Porque los responsables de la desigualdad son los Trump. Las Hillary, en todo caso, han sido incapaces o impotentes para poner freno a los Trump.

Viviane Forrester anticipó hace veinte años lo que apenas se delineaba entonces. Su grito de alarma editó un ensayo: El Horror Económico.

Ahí narraba lo que estaba llegando. Los límites a las políticas para limitar a las empresas. “¡Dios mío! ¡Con solo escuchar eso van a huir, mandarse a mudar, borrarse, correr, escapar por la tangente, poner pies en polvorosa, pirarse con todo lo que tienen! Es el mismo juego en todas partes. En todas partes se escuchan discursos que anuncian recortes del gasto público, las organizaciones de planes masivos y la mayor flexibilidad laboral. Cada empresa e incluso cada país dicen rechazar la codicia de sus congéneres depredadores y fingen llevarse por sus costumbres, verse arrastrados por ellas en su fuga hacia adelante. Son los demás, siempre los demás los que imponen la competencia obligan a ser competitivos, a seguir el camino de la desregulación general instituido por ellos: el de los salarios flexibles, es decir, recortados; el de las libertades limitadas para todos porque lo contrario sería hacerle el juego a los rivales”.

Forrester escribe desolada: “Por cierto que hubo épocas de angustia más dolorosa, miseria más áspera, atrocidades inenarrables, crueldad más ostentosa; pero ninguna fue tan fría, generalizada y drásticamente peligrosa como ésta. La ferocidad social siempre existió, pero con límites imperiosos porque el trabajo realizado por la vida humana era indispensable para los poderosos. Por primera vez, la masa humana ha dejado de ser necesaria”.

 Conclusión: “Millones de personas sólo pueden aspirar a la angustia de la inestabilidad o el naufragio de la propia identidad. Nadie apoya a los condenados”.

¿Dónde está el Estado?

El enojo de millones de mujeres y hombres de tantos países con sus políticos deviene, seguramente, de la incapacidad para poner freno a sus tribulaciones desde el Estado.

Estado, claro, era el de antes. Cuando los Bancos Centrales, las tasas, las barreras arancelarias, los límites y regulaciones trataban –y muchas veces lograban– disminuir o encorsetar las demasías del capital.

Hoy, como escribe Thomas Piketty, las empresas “se colocan por encima de todas las instancias políticas. Sin preocuparse demasiado por los Estados, empantanados, puestos en tela de juicio, acusados, las potencias económicas pueden lanzarse a la acción, más libres, más motivadas, más ágiles, infinitamente más influyentes que aquellos, sin preocupaciones electorales, responsabilidades políticas, controles ni, desde luego, la menor solidaridad con aquellos a quienes aplastan”.

“La economía privada goza de una libertad como nunca había tenido”. Piketty cree que no han sido modificadas “las estructuras profundas del capital y las desigualdades como se imaginó en las décadas optimistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial”. Para el pensador francés, “una de las grandes apuestas para el futuro es, sin duda, la creación de nuevas formas de propiedad y control democrático del capital”. En esencia, que “la democracia llegue un día a retomar el control del capitalismo”.

“Para retomar el control del capitalismo, verdaderamente no hay más opción que apostar por la democracia hasta sus últimas consecuencias”. Pero para eso hacen falta políticas globales o, al menos continentales. “La vía del repliegue nacional no puede llevar sino a frustraciones y decepciones. Sólo la integración política regional permite considerar una reglamentación eficaz del capitalismo patrimonial globalizado”.

Felipe González –el hombre que reconcilió la democracia con el capitalismo en la España de fines del siglo XX– recuerda a sus amigos que “capitalismo y democracia forman una pareja con probadas infidelidades. Es el capitalismo quien pone los cuernos a la democracia. Y no a la inversa”.

¿Se animará la política a deshacerse de egoísmos locales y buscar una gobernanza que defienda a los ciudadanos de a pie a escala global? ¿O el capitalismo decidirá sacársela de encima y se mandará mudar hacia regímenes más autoritarios?