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Opinión 20 11 2017

Octubre, noviembre, Perón y sus retornos


Autor: Jorge Ossona









El l 9 de Octubre de 1945, cuando una fracción de oficiales del Ejército y la Armada presionaron al Presidente gral. Edelmiro Julián Farrell para su destitución, el coronel Juan Domingo Perón detentaba una cuota de poder inmensa dentro del régimen militar instaurado dos años antes: era simultáneamente Secretario de Trabajo y Previsión, Ministro de Guerra y Vicepresidente de la Nación. Como tal, segundo en la línea sucesoria, jefe del Ejército y pieza burocrática crucial en las relaciones entre la Dictadura y el complejo mundo sindical generado por la industrialización del país a raíz de la Gran Depresión primero y la Segunda Guerra Mundial después.

El Secretario-Ministro y Vicepresidente había logrado una proeza  impensable hacia mediados de 1943 para la inmensa mayoría de la extraviada dirigencia política. Volcó al polo social de la aún nonata alianza antifascista, tramada por los opositores a la Concordancia, en dirección a su coalición contraria encarnada en un régimen  cuyo antiliberalismo aunaba  al nacionalismo totalitario, al Ejército germanófilo y a la Iglesia integrista. En un mundo que acababa de asistir a la demolición de los fascismos, el régimen militar, que por fin le confirió sentido al frente antifascista, éste estaba perdiendo nada menos que al principal actor social de la izquierda política.

La movilización gremial de los días siguientes a su detención  culminó con una huelga general para el 18 en demanda de la liberación del jefe cautivo. Pero ya el 17, las masas de trabajadores procedentes  del Gran Buenos Aires irrumpieron en la capital con la aquiescencia indisimulada  de sectores del régimen que preservaban su fidelidad a Perón: la policía a cargo de uno de sus seguidores más fieles y el propio Presidente quien lo apreciaba como a un hijo y extrañaba su presencia en el gobierno militar. Cuando finalmente la fracción adversaria le concedió su libertad, Farrell lo convocó  por intermedio del propio general rebelde a la Casa Rosada en medio de una Plaza de Mayo atestada de obreros. La pregunta del Presidente fue concluyente: “muy bien, Perón; ¿Y ahora qué hacemos?”.

Con los generales a sus pies, el coronel montó durante los diez meses siguientes, elecciones mediante, un régimen de masas original que los erigía junto a la Iglesia y a los sindicatos como pilares de una Nación de homogeneidad pendiente. No es nuestro propósito analizar su curso durante la década siguiente hasta su derrumbe en 1955 ni las vicisitudes de los diecisiete años de encarnizada exclusión política tanto de Perón como de la mayoría de sus partidarios. Lo cierto es que ya desde fines de los 60 el poder militar que había asumido la tutoría política del país era consciente de que el camino emprendido con su derrocamiento los había colocado en un callejón sin salida. Para entonces, pocos dudaban de la indispensabilidad de su presencia para sortear la peligrosa crisis política de un país jaqueado por la rebelión de una sociedad  que había experimentado cambios  escasamente traducidos por la política y por el insurreccionalismo de una nueva izquierda armada. Sin embargo, no había fórmulas unánimes acerca de cómo rehabilitarlo.

La que finalmente terminó imponiéndose por la fuerza de las circunstancias fue la del entonces presidente y Comandante en jefe del Ejército, gral. Alejandro Agustín Lanusse. Su proyecto consistía en acordar con su viejo enemigo, en contra de quien había conspirado en 1951, un gobierno de transición que él mismo habría de encabezar.  Procuraba de alguna forma reeditar a su favor la secuencia de 1945-46. Pero Lanusse partió de dos supuestos que, a la larga, resultaron errados: que Perón no quería de veras volver; y que, por lo tanto,  sería posible arrancarle su apoyo mediante una conjunción de negociaciones y provocaciones simbólicas sólo comprensibles en términos de su común profesión militar.

Sin inhibiciones aparentes, el 17 de noviembre de 1972, Lanusse fue sorprendido por el sorpresivo retorno de su adversario. El juego estratégico entre el veterano jefe y el aspirante a sucederlo desde una posición de fuerza  alcanzó entonces su clímax. Ni bien desembarcó en Ezeiza,  Perón fue confinado durante un día en el Hotel Internacional y sometido a presiones políticas y simbólicas para que, como en 1945, acudiera a pactar con el presidente; o para que en su defecto se amedrentara marchándose del país. Es que su rival de la Caballería suponía que Perón poseía un temperamento pusilánime menos por su psicología personal que por su trayectoria profesional. Al cabo, desde su perspectiva compartida por su círculo íntimo, un infante intelectual de estrategia e inteligencia poco inclinado a los actos de arrojo.

Así y todo, es probable que Perón hubiera acudido de haber sido invitado por un par de su arma y grado. Pero Lanusse optó, como un año antes al enviarle como interlocutor a un coronel,  por jugar fuerte a su subordinación  enviándole a un brigadier. Por lo demás, ya no lo convocaba un generalato desorientado sino un competidor algo torpe pero que se animó a desafiarlo en los propios términos en los que él siempre había leído la política. Perón no fue, se quedó y optó por negociar con sus viejos adversarios civiles a los que durante su régimen se cansó de descalificar desdeñosamente como la “partidocracia liberal”. No excluyó al Ejército, pero sorteo a la plana mayor del generalato estrechando sutiles comunicaciones con líneas subordinadas y asimiló veto a su candidatura; el último saldo del juego de Lanusse para forzarlo a negociar en sus términos.

Pocos días después, en el Restaurante Nino de Vicente López, la flor y nata de “los políticos” trasuntaron la antigua pregunta del gral. Farrell el 17 de Octubre. El desafío era esta vez más osado y de final abierto: relegitimar el sistema democrático  neutralizando a una izquierda armada que amenazaba con exterminar revolucionariamente al sistema. Tampoco es nuestro objeto abordar las vicisitudes durante los diez meses siguientes hasta su restitución formal en el Gobierno en octubre de 1973. Lo cierto es que  con sus casi ochenta años a cuesta, una salud endeble, y una sociedad sumida en radicalidades irreconciliables no pudo reeditar  semejante proeza integrativa durante  los nueve meses de su tercer gobierno hasta su fallecimiento a mediados de 1974. Sin su figura ordenadora, el país se precipitó hacia un caos de consecuencias indelebles hasta nuestros días.

Pasiones y tabúes han perturbado hasta hoy abordajes históricos sensatos de ese breve período. Y sin embargo, ello resultaría crucial para la maduración de la democracia restaurada en 1983 previniendo su utilización oportunista  de cara al futuro.

Publicado en Con-Texto el 13 de noviembre de 2017

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