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24 10 2016

Elogio de la política


Autor: Fabio Quetglas









Publicado en Infobae el 18 de octubre de 2016

 

¿Qué hubiese sucedido si, una vez instalado en el poder, Nelson Mandela decidía convocar a un plebiscito para decidir si perseguir o no los delitos de lesa humanidad cometidos durante la vigencia del Apartheid? Nadie lo sabe, pero es razonable suponer que los (muchos) victimarios, aún organizados, hubieran intentado desestabilizar al Gobierno. Incluso podemos imaginar un escenario cercano a una guerra.

Es probable que muchos sudafricanos negros hubiesen querido opinar frente a esa pregunta de hondo contenido moral. Seguramente, los procedimientos institucionalmente establecidos para conocer la verdad de aquellos años les puedan resultar muy poco a las víctimas aún vivas.

Tal vez el mundo venera la memoria de Mandela porque entiende que su obra no sólo se materializó en los éxitos logrados, sino en los daños evitados.

El liderazgo de Mandela pudo omitir esa pregunta. Ese gesto no puede ser leído unilateralmente como una claudicación, solamente una mente sesgada lo leería de ese modo. Omitir esa pregunta fue un desafío de construcción política.

Los mecanismos de consulta pública son un instrumento importante en una democracia, pero no pueden suplir la deliberación pública, no pueden soslayar la complejidad y no pueden por sí solos resolver los conflictos que quiebran a las sociedades. Únicamente sacan una foto ajustada de esos quiebres.

Enojarse con los resultados de una consulta pública es humano, pero es poco útil. Menos útil es buscar argumentos de detalle con la pretensión de resignificar un resultado. Decir, por ejemplo, que en el Brexit los mayores votaron la desconexión parecería sugerir que no debe votar la gente de cierta edad.

Un gran aprendizaje de esta saga de consultas “de resultados políticamente incorrectos” es que la dicotomía sí-no no parece ni enriquecer el debate público, ni ser lo suficientemente buena para superar problemas complejos. Este tipo de consultas, en algún sentido, empobrecen la democracia. Allí donde debía ponerse la creatividad y el ingenio, allí donde debían articularse pasos cuidados, allí donde se sabía que los riesgos eran múltiples, se pretendió resolver todo con una pregunta. Parece que la lógica de la múltiple opción instalada en la educación ha calado hondo en nuestros dirigentes.

Las tecnologías avanzan en la ruptura de las mediaciones y acercan públicos, parejas, oferentes y demandantes, etcétera. Pero la complejidad política nos pone en evidencia que hay mediaciones imprescindibles, porque agregan valor, porque la democracia no es mera “opinocracia”, y porque los mejores deseos necesitan de gestión, de transacciones y, sobre todo, de habilidades especiales.

Un segundo aprendizaje de estos procesos es que ha quedado claro que si se quiere exterminar toda perspectiva moderada de la política, lo ideal es ofrecer a una sociedad una secuencia de consultas. Las preguntas dicotómicas arruinan a los moderados y refuerzan a los (siempre) más determinados maximalistas de cualquier pretendida solución. Las consultas lanzadas con poca reflexión previa parecen ser una concesión institucional al populismo rampante más que una estrategia para superar problemas.

Ahora bien, una vez los votos contados afuera de las urnas, los resultados son sagrados y ese mandato no puede ser manipulado ni desconocido. No es necesario que en cada caso haya un Mandela para evitar males mayores, pero es imprescindible que las sociedades resistan la tentación de creer que todo es sencillo, simple y directo.

Los temas complejos no son irresolubles, sólo que, para resolverse, necesitan que podamos sostener una conversación pública sin restricciones ni falsos dilemas.

 

Link http://www.infobae.com/opinion/2016/10/18/elogio-de-la-politica/