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26 09 2017

Calma: Meuthen no es Hitler, ni Merkel es Ebert


Autor: Alejandro Garvie









El escalofrío que sintieron muchos ante el ascenso de la ultraderecha, llevó a muchos a comparar esta situación de la Alemania actual con la República de Weimar –el próximo año se conmemoran 100 años de su nacimiento–. La solidez y liderazgo europeo de Alemania aventan esos pronósticos, aunque obligan a mantener la guardia alta.

Las elecciones alemanas dejaron varias apostillas: los socialdemócratas (SPD) casi todos implotaron, optaron por entrar en la oposición para lamer sus heridas en lugar de arriesgar otra “gran coalición” con Merkel. Los demócratas liberales, de vuelta en el parlamento después de cuatro años en el desierto, junto con los Verdes, terminaron ligeramente mejor de lo previsto, abriendo las puertas a un triunvirato con los conservadores de Merkel, formando una combinación que los alemanes llaman “Jamaica” –las tres divisas forman la bandera de la patria de Bolt–.

Merkel ganó, pero el apoyo a su partido se redujo en más del 20 por ciento en comparación con 2013, pese a la baja del desempleo, una economía fuerte y una serie de otros aspectos positivos que deberían haber garantizado a los demócratas cristianos una victoria fácil. Ni siquiera el presupuesto equilibrado del ministro de Hacienda, Wolfgang Schäuble, fue suficiente para que los electores perdonaran a Merkel por su manejo de la crisis de los refugiados, caballo de batalla –y de Troya– de los neonazis que entraron al Reischtag. La veterana caudilla dirigió una campaña vaga y de bienestar, prometiendo una “Alemania en la que vivimos bien y felizmente”, mientras ofrecía pocos detalles sobre cómo quería llegar allí.

El próximo parlamento incluirá a seis partidos (siete, si se cuenta la CSU, el partido hermano de Baviera a la CDU de Merkel), representando una sección mucho más diversa de la política del cuerpo del país que su predecesor. La inclusión de la extrema derecha en el parlamento hará que la política alemana sea cada vez más ruidosa. El líder del AfD, Jörg Meuthen, dejó claro el domingo que la confrontación y la “provocación” eran fundamentales para la estrategia del partido, parafraseando el Mein Kampf.

Los conservadores de Merkel eran escépticos de las propuestas de reforma del presidente francés, Emmanuel Macron, incluso antes del domingo. Una gran coalición representaba la mejor oportunidad del presidente francés para realizar su visión “Europa En Marcha”, que se expuso este martes en un fuerte discurso en la Sorbona de Paris. Con esa opción ahora fuera de la mesa es poco probable que una Merkel debilitada sea capaz de ganar a los demócratas libres y los escépticos de su propio partido. Francia y Alemania pueden acordar establecer algún tipo de presupuesto y una posición de supervisión para la eurozona con el título de ministro de Hacienda, pero ninguno tendrá el alcance que esperaban los franceses, por no hablar de muchos economistas.

Después del resultado del domingo, es probable que Merkel busque la confrontación directa con países como Polonia y Hungría, que han rechazado aceptar refugiados dentro de sus fronteras. En opinión de muchos demócrata-cristianos y observadores independientes, la AfD nunca habría logrado la magnitud del resultado electoral si otros países europeos hubieran recibido su cuota de refugiados en lugar de dejar que Alemania soportara la mayor carga.

Para todas las comparaciones históricas sin aliento, vale la pena tomar una respiración profunda y recordar que Alemania es una democracia estable. La gran mayoría de los alemanes no votaron por la AfD y la mayoría de los que lo hicieron, lo hicieron en protesta. Los próximos años no serán bonitos, pero los cimientos democráticos de Alemania son lo suficientemente robustos como para soportar el ataque populista.