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16 10 2016

Un premio radical para un radical: Bob Dylan


Autor: Alejandro Garvie









Rosa Montero ha calificado de “alternativo” el Premio Nobel de Literatura para el cantante y compositor Bob Dylan. A primera impresión, el galardón incomoda a los que piensan que el “título” de escritor le queda grande al veterano Robert Allen Zimmerman. Ni que hablar si trazamos una semejanza entre el conspicuo y vernáculo Jorge Luis Borges y este revolucionario del folk norteamericano. Hace ruido. Tal vez el mismo ruido que haber distinguido con el Nobel de la Paz al presidente Barak Obama de la potencia que no trepida en utilizar su poderío militar allí donde haga falta.

Tanto Obama como Dylan son arquetipos y representantes de la década que cambio la historia de los EE.UU. Tal vez el primero sea la consecuencia de las canciones del segundo, poesías que jalonaron la lucha por los derechos civiles en busca de atemperar tanto la furia de las Panteras Negras como la paranoia macartista.  

Si nos atenemos a la letra que reglamenta desde 1901 las decisiones de la Academia en cuanto al premio literario, honrando: “a aquella persona que haya producido en el campo de la literatura el trabajo más sobresaliente en la dirección correcta”, seguramente concordaremos en aquello de “la dirección correcta” y podremos quedar un rato perplejos porque Dylan es un músico. También podríamos pensar en que es un literato que musicaliza su obra, un Homero moderno que rima sus letras para que la tradición oral las conserve por siempre. Salman Rushdie se ha referido a Dylan como el heredero de la tradición poética de los bardos celtas.

Dylan fue “telonero” de Martin Luther King aquella jornada en la que pronunciara “tengo un sueño…”. El compromiso con su sociedad desgajada lo había llevado de su Minnessota natal a Nueva York para visitar a Woody Guthrie internado en el hospital psiquiátrico de Greystone Park. Guthrie –el que le cantaba a los sindicatos en la década del cuarenta– había sido para Dylan su mayor influencia en su primera etapa musical: “Las canciones en sí tenían el barrido infinito de la humanidad... [Él] fue la verdadera voz del espíritu norteamericano. Me dije a mí mismo que iba a ser el discípulo más grande de Guthrie”, ecribió el ahora Premio Nobel de Literatura, antes ganador del Pullitzer y del Príncipe de Asturias.

El 4 de noviembre de 1971, Dylan grabó en los Estudios Columbia de Nueva York una canción sobre el asesinato de George Jackson, activista de los Pantera Negra. El tema que lleva el nombre de Jackson reza en su tramo final: Sometimes I think this whole world; Is one big prison yard; Some of us are prisoners;The rest of us are guards… (Pienso que el mundo entero; es una inmensa prisión; algunos de nosotros somos prisioneros; el restos somos guardias). Una mirada asfixiante.

El Nobel al señor Zimmerman cobra especial interés en momentos en que recrudece en los EE.UU. una ola de asesinatos de negros a manos de fuerzas policiales; de fuerzas racistas y xenofóbicas que buscan viciar el aire fresco que la presidencia de Obama ha insuflado en ese complejo país. Por todo esto –y por su música, claro está– este premio es de gran significación y encierra una simbología tan grande como su prolífica obra “en la dirección correcta”.