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04 10 2016

¿Qué hacer cuando los pueblos se equivocan?


Autor: Oscar Muiño









Ocurre cada vez más seguido. Yerran los colombianos y bloquean el acuerdo de paz, se equivocan los ingleses al votar el Brexit y despedirse de Europa, pifian los romanos al elegir una improvisada para alcaldesa de la antigua capital del mundo. Ni hablar de los electores que han consagrado a Donald Trump candidato a presidir los Estados Unidos.

            ¿Qué está pasando? Simple. La democracia no está cumpliendo las expectativas depositadas en ella. Y los ciudadanos la están poniendo en tela de juicio.

No copiar a la mayoría

También los pueblos se están equivocando. Al tomar la responsabilidad en sus manos, los ciudadanos deben afrontar las consecuencias de sus decisiones.

             ¿Y la política que debe hacer ante el error? ¿Asumir como propias las opiniones triunfantes, ya que han sido votadas por la mayoría? ¿O mantener una posición autónoma y crítica hacia la voluntad popular?

No son problemas novedosos. En carta al inglés Disraeli, Otto von Bismarck se quejaba: los patrioteros y el espíritu público lo obligarían a anexar Alsacia y Lorena. Él había hecho la guerra a Francia en 1870 para consolidar a Prusia como potencia militar y liderar la reunificación alemana. Arrebatarle dos provincias a Francia tendría el precio de otra conflagración. Al final fueron dos.

            En 1914, cuando una serie de equívocos, errores, presiones y mala fe llevaron a que Europa ardiera en la Gran Guerra, las masas marcharon con delirante optimismo al frente. Esperaban una lucha casi incruenta, con regreso a sus hogares en una sola pieza y a la brevedad. Millones de los que vitorearon y se enrolaron como voluntarios se convirtieron en carne de cañón, en material humano descartable.

            La matanza desacreditó a las democracias liberales y los siguientes veinte años vieron el cenit del fascismo, el militarismo y autoritarismos de todo tipo. Un manto negro cubrió Europa y se extendió por el mundo., Al fin, otra guerra, aún peor.

            Parecía que el mundo había aprendido. Después de 1945, todo parecía viento en popa. Las colonias se independizaban, Europa construía sociedades con estado de bienestar, muchas enfermedades empezaron a ser vencidas y extirpadas, la lucha por los derechos se generalizaba. La pobreza, la enfermedad y la exclusión parecían retroceder.

La caída del muro

            Pero en el siglo XXI, en un mundo donde la economía crece y la productividad se multiplica, la desigualdad aumenta en lugar de disminuir.

            Muchos de los que festejaban la caída del muro de Berlín creyeron con ingenuidad que sólo cosecharían frutos dulces. Nunca es así en la historia humana. Todo episodio arroja consecuencias imprevistas, que pueden terminar con amargura y dolor.

            El derrumbe de la Unión Soviética y el socialismo real convulsionó al mundo. Sus resultados positivos quedaron claros desde el comienzo: la desaparición de un sistema autoritario de partido único en toda Europa oriental, la disolución del riesgo de guerra nuclear entre dos superpotencias, la recuperación de la independencia para una veintena de Estados.

            Junto a esos y otros logros, las partidas invisibles. En primer lugar, las burguesías europeas decidieron recuperar lo que habían entregado con dolor para evitar que sus proletarios devinieran comunistas. Ahora no había temor, ni comunismo. Ni siquiera proletarios: la tecnología avanza a paso redoblado hacia los llamados empleos de calidad, que suponen que todo sujeto sin habilidades especiales –son tales aquellas que una máquina no puede realizar– deviene superfluo, innecesario. Un ejército de excluidos.

            Otra consecuencia de la caída del muro es el ocaso de la Europa comunitaria. Pensada por franceses para extirpar las guerras con Alemania, se basaba en una entente franco-germana. Una Alemania siempre más vigorosa en lo económico, pero una Francia militarmente más grande y políticamente más influyente. La desaparición del riesgo de guerra con Rusia y la unificación alemana desbarató la ingeniería de paridad. Alemania es hoy la jefa indiscutida de Europa. Con su eficacia, su exigencia, sus rigideces. Una visión inflexible según la cual todos deben rendir como técnicos renanos o ingenieros bávaros.

            El fin de la Unión Soviética también golpeó en el imaginario. ¿Cuál era la opción para los humillados, los ofendidos, los disconformes, los contreras? Moscú no era sólo el Partido Comunista. Era una referencia. Arriadas la hoz y el martillo, comenzaron a flamear otros pendones.

Allí rugió la sorpresa mayúscula. La bandera verde del Profeta se ofreció a los nuevos pobres de Europa, los hijos y nietos de marroquíes, argelinos, tunecinos, turcos. Tenían una cosa en común, el Islam. Un continente secularizado, donde las diversas iglesias cristianas pierden poder y adeptos, con una feligresía que ya no vive como indica el catolicismo (ni los protestantismos) ve crecer otra vez la religión. El Islam se convierte en un espacio de contención para millones de desheredados. Estos fieles vuelven a demostrar que el hombre sigue teniendo necesidades gregarias, de ideas, de formar parte de un colectivo, algo que exceda la soledad de la vida moderna. Especialmente para quienes no tienen acceso a los goces de la vida. El cielo y sus huríes permiten sobrellevar mejor los dolores de la tierra.

            Furiosos ante la invasión de colores y credos desconocidos –y mano de obra barata– muchos europeos se atrincheraron en la xenofobia. Los obreros rubios de las ciudades dormitorio de Paris cambiaron su voto marxista por el voto de afirmación francesa del Frente Nacional. Los hijos de comunistas enarbolan banderas que ya no cuestionan a sus burgueses sino a los recién llegados del Magreb y Oriente Medio.

Con otra historia, el ropaje chauvinista se extiende en Alemania, en Hungría, Polonia, Austria.

Las culpas de la globalización

            “Es el fracaso del capitalismo”, se ilusionan algunas izquierdas. No existe tal en el espíritu de las masas. Aplauden al capitalismo, pero culpan a la democracia –y sus vectores insustituibles, los partidos– de los males del propio capitalismo.

            Los políticos tienen sus pecados, claro. La difusión de las prácticas corruptas en muchas partes (con excepción de la Europa nórdica) corroe la confianza y la representatividad. Su enriquecimiento desacredita al sistema.

            Los medios de comunicación, por su lado, suponen una competencia peligrosa. Es cierto que la prensa y los partidos siempre han batallado por la representación de los ciudadanos. Pero la pérdida de poder de las ideas y el interés por las organizaciones partidarias y la explosión de todo tipo de soportes –desde el papel a la imagen, de la radio a la Web y el celular multiuso– dan una creciente influencia y primacía a los medios.

Hace unos años, el politólogo político florentino Giovanni Sartori alertó: por primera vez en la historia el medio de comunicación dominante, la televisión, estaba controlado por personas sin educación ni cultura. El riesgo de convertir al homo sapiens en homo videns, lejano al pensamiento abstracto y limitado a lo que ven sus ojos en la TV... Sartori acaba de perfeccionar su visión de la decadencia: si ganara Trump en Estados Unidos, repite, estaríamos frente al homo cretinus.

Que se vayan todos

La Argentina de algún modo anticipó el momento actual. Que se vayan todos / que no quede ni uno solo fue consigna ciudadana que liquidó dos presidentes. La culpa de una suerte de cofradía de políticos que se preocupa sólo por sí misma y se aleja del pueblo.

            Las mismas personas que encargan muebles a los carpinteros, arreglos eléctricos a los electricistas y su ropa al sastre o la modista, se enfurecen contra los expertos en política. Muchos quieren desprenderse de sus políticos pero “nadie se operaría con un boticario que dijese ¡Basta ya de cirujanos profesionales!” (Benedetto Croce).

            Algunos se atreven a pensar –y decir– que es al revés: “No creo la vulgata que vincula la crisis de los partidos políticos con la distancia de la sociedad civil. La gran crisis de los partidos italianos es de la crisis del proyecto político-cultural. Los partidos entraron en crisis en cuanto se han asemejado demasiado a la sociedad civil, cuando la han aceptado pasivamente, no cuando se han alejado de ella” (Massimo D´Alema, Il Ponte, octubre 1997).

Los gurúes de la sonrisa

            Pero los partidos retroceden. Las campañas electorales de ideas y programas son irremediablemente reemplazadas por candidatos sonrientes, encuestas, publicistas. No hay nada que trasmitir ni ciudadanos a conducir, sino opiniones a seguir. Disfrazado de respeto por la opinión ajena y repulsa por la comunicación vertical y descendente, las campañas electorales devienen guerra de slogans, frases practicadas, golpes bajos. La política renuncia a su responsabilidad de conducción y escuela cívica y deviene simple rutina para la circulación de las élites.

            ¿Cuántos millones de vidas se habrían salvado si los estadistas hubieran evitado los arranques de tantos pueblos que marcharon sonrientes hacia la derrota, la carnicería y, muchas veces, la propia extinción?

            Desaparecieron pueblos capaces de crear civilizaciones como la egipcia, la sumeria o la ateniense. Otros sobreviven de modo crepuscular. Los macedonios, después de gobernar el mundo, pasaron dos milenios antes de reaparecer como un punto en el mapa.

Aunque sólo el pueblo puede corregirse a sí mismo, existen fronteras de valores. Si actuáramos como simples seguidores de encuestas, habría que sostener la propuesta de la guerra sin fin que quiere Uribe para Colombia, la pedantería de los británicos euroescépticos, la ligereza de los romanos votando al Movimento 5 Stelle de Beppe Grillo, cuyo símbolo y arranque fue el Vaffanculo Day.

            También haríamos campaña contra los musulmanes en Francia y a favor del Islam sunnita en Arabia Saudita, en pro de la represión del presidente turco Erdogan. Militaríamos por la pena de muerte que reclaman las mayorías en tantos países.

            La idea que la política haga seguidismo puede convertirnos en caníbales, torturadores, asesinos, discriminadores.

            Hay salidas más razonables.  España, a pesar de la leyenda mora –y la historia de Al Andalus– ha intentado renovarse. Ni los v viejos ni los nuevos agrupamientos exhiben posiciones de persecución a los inmigrantes magrebíes.

Pero –¡una a favor! – en la Argentina no han entrado los xenófobos. Y los autoritarios que crecieron en los días kirchneristas han sido frenados por el voto popular. No siempre las cosas salen mal… ¿Nos animaremos a la política que exige Sartori? ¿A la valentía que pide D’Alema?