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Opinión 14 06 2017

¿Necesita Cambiemos de un “relato”?


Autor: Luis García Valiña









Cada vez que, como un resultado natural del ejercicio del poder, comienza a verse con claridad la distancia entre las expectativas creadas en torno a un gobierno entrante y las restricciones contextuales que delimitan los márgenes de lo políticamente factible -o entre lo ideal y lo real, o la teoría y la práctica, por decirlo de otra manera- retornan un conjunto de preguntas que no sólo son interesantes desde el punto de vista teórico, sino también práctico.

Estas preguntas y perplejidades conciernen a aspectos muy distintos de la experiencia política actual, y sin embargo me gustaría decir que todas apuntan a la misma vieja cuestión que obsesiona al pensamiento político desde hace largo tiempo, relacionada con el hecho de que los humanos somos animales que actúan por principios -no importa cuán deficientes puedan estos ser- y que tenemos una necesidad intrínseca de inscribir nuestros esfuerzos en un marco que de alguna manera los legitima. La política consiste, en cierta forma, en intentos recíprocos de influenciar la elaboración de ese marco -especialmente de cara a la práctica futura-.   

Las dudas se vuelven más angustiosas en aquellas ocasiones -que no han escaseado en vísperas de la primera mitad del término presidencial- en las que la turbulencia normal de la política argentina abre paso a crisis más serias. Un caso muy reciente es la polémica desatada por el fallo de la Corte Suprema que extendía el beneficio del “2 por 1” a individuos responsables de crímenes contra la Humanidad. Las declaraciones iniciales del Ministro Avruj fueron de un talante casi administrativo, limitándose a recordar la separación entre poderes y la obligación legal del Ejecutivo de someterse a los dictados de la Justicia. Es probable que el Gobierno, en su sorpresa, haya sobreactuado su respeto a los procedimientos, pero es indudable que su renuncia inicial a impulsar una visión más substantiva sobre la situación sólo logró que los sectores más dispuestos a imponer su propia interpretación de los hechos -acaso más ideologizada y radical- lograran apropiarse del fallo de la Corte para utilizarlo como un arma arrojadiza contra el Gobierno. Es cierto que la actitud inicial prescindente de este último dio paso a posiciones más substantivas defendidas por el Ministro Garavano y otros, pero era tarde. La posibilidad de dar una impronta clara al debate público ya estaba perdida. Es cierto, también, que la veloz reacción en Diputados evitó un mal coyunturalmente mayor, al costo de aprobar una ley que quizá vaya en contra de las bases del derecho penal liberal. Una victoria pírrica, como mínimo.

 Otras instancias de conflicto político recientes apuntan hacia el mismo problema. El intento de nombrar dos nuevos jueces de la Corte Suprema por procedimientos que acaso fueran correctos, pero que estaban muy desconectados de la sensibilidad política y social del momento, sería un ejemplo. El caso es simétrico, aunque en sentido inverso: ya no se trata de la renuncia a impulsar una visión particular de los hechos, sino que ahora se pretende imponer una interpretación -de lo que cuenta como procedimentalmente válido, o de la capacidad misma del gobierno, en otras palabras, de hacer valer legítimamente su voluntad- completamente desfasada de lo que gran parte de la sociedad entiende como una prerrogativa admisible de una organización política que accedió al poder bajo la promesa, justamente, de mayor legitimidad procedimental. Y todos sabemos que una interpretación de la realidad demasiado alejada del acervo común jamás pasaría como una concepción plausible, sino acaso como un esfuerzo mayormente neurótico.

Creo que el problema, en el fondo, es el mismo: existe una conciencia insuficiente sobre el rol que tiene toda expresión política -esté o no en el gobierno- en la construcción de sentidos en la sociedad, en la imagen que una sociedad puede tener de sí misma y las posibilidades y límites que esa imagen vuelve posibles. Toda acción en política deja detrás de sí una huella en la imagen que el público tiene de sí mismo. Mientras más efectiva e influyente la acción política, mayor capacidad para moldear esa imagen -esto también funciona a la inversa: no pensamos que una expresión política es relevante, o incluso es siquiera política, si no tiene una influencia en el sentido común que se proyecta hacia el futuro, en las posibilidades de pensar, sentir y actuar, en otras palabras, que quedan abiertas y las que permanecerán bloqueadas-.

Por dar un ejemplo, la transparencia y la independencia de los poderes -republicanismo básico- aparecen constantemente en la comunicación pública del gobierno tanto formal como informalmente. Indudablemente, también, se aprecia una suerte de “sesgo por la acción” que se refleja tanto en la imparable actividad de la obra pública como en cierto desprecio por los procedimientos políticos básicos -que necesariamente ralentizan la acción-. Una prueba de la falta de densidad reflexiva del gobierno, justamente, aparece al considerar que los dos valores son contradictorios, o al menos requieren de un trabajo de elucidación para no serlo. Quiero decir con esto que es obviamente contradictorio sostener al republicanismo como virtud y al mismo tiempo despreciar los procedimientos que son su misma substancia.

La madurez política de Cambiemos no podría nunca ser una reedición con rostro sonriente de las estrategias de manipulación de la opinión pública del gobierno anterior.

Si el gobierno de Alfonsín supo comprenderse a sí mismo como una experiencia esencialmente comprometida con la restauración de la democracia y los Derechos Humanos, y el kirchnerismo presentarse como un retorno del peronismo de la Juventud Maravillosa, el gobierno de Cambiemos parece avanzar guiado por una conciencia estrechamente administrativa y “técnica” de su lugar en el horizonte político argentino. De una conciencia de este tipo sólo pueden surgir los principios de la reforma económica y modernización de la burocracia que animan muchas iniciativas del Gobierno. Esta conciencia “instrumental” es suficiente, quizá, para los momentos de política normal, cuando la tarea consiste fundamentalmente en optimizar procesos, clarificar expectativas y corregir desequilibrios. El problema aparece, nuevamente, frente al estallido de la crisis.

El punto, por volver a la pregunta que titula este artículo, es la forma que adoptaría una comprensión más refinada y explícita por parte del gobierno de su rol en la sociedad argentina y de sus pretensiones como organización política. Es cierto, con todo, que el tener una mayor conciencia del rol dador de sentido del ejercicio del poder es algo diferente a intentar imponer una narrativa desde las usinas del poder político. La madurez política de Cambiemos no podría nunca ser una reedición con rostro sonriente de las estrategias de manipulación de la opinión pública del gobierno anterior. Pero ¿si no ha de ser esto, entonces, qué? ¿Realmente necesitamos, para consolidar los prospectos de una visión de la sociedad, una matriz discursiva unificada que sirva como justificación última de las acciones concretas? ¿Necesitamos un Relato? Y si es así, ¿de qué tipo? Me refiero con esto último a una justificación última, filosófica e independiente de los avances en el bienestar de los menos aventajados y de los ciudadanos en general, del gobierno de Cambiemos.

 Considérense ahora dos maneras de entender la propia identidad y la práctica de hacer sentido que puede tener una organización humana. La primera de ellas apunta a generar una narración substantiva del tipo que mencionaba más arriba. La segunda, que me gustaría llamar “narrativa delgada”, parte de un conjunto de compromisos substantivos mínimos -aunque substantivos al fin- que son deliberadamente superficiales y “procesales”, por así decirlo. Mantener una narrativa delgada equivale a renunciar a la necesidad de un fundamento más elevado que de sentido a la comunidad política. Equivale, por decirlo con John Rawls, a permanecer en la superficie, filosóficamente hablando. En esta narrativa delgada no hay lugar para la épica y el destino manifiesto, sino para el progreso incremental de iniciativas puntuales. No hay grandes puestas teatrales de emotividad política, sino un progreso acumulativo de intervenciones concretas. No es un culto a los ídolos, sino un elogio del procedimiento. 

La pregunta, entonces, sería: ¿puede sostenerse una democracia aproximadamente liberal, plural e inestable como la que tenemos sin la narrativa densa que reclaman los que piden a Cambiemos un Relato? Dicho más generalmente, ¿pueden las instituciones y las prácticas que asociamos ampliamente a la democracia liberal abandonar el terreno agonal de la lucha por el control de la agenda y reposar sobre valores netamente procedimentales como la renuncia a la ilusión del control, la experimentación colaborativa y el desarrollo adaptativo? Creo que parte de lo que está en juego en el gobierno de Cambiemos tiene que ver con la pregunta de si somos capaces de abandonar nuestra necesidad de una Gran Narrativa y si podemos construir nuestra imagen de manera no coercionada, desde los intercambios libres y abiertos de la sociedad civil y no desde las operaciones de propaganda financiadas por el Estado. En última instancia, es probable que los prospectos de éxito de esta novedosa posibilidad política deban ser considerados en el momento presente un acto de fe. Pero a veces la fe puede mover a los hombres y los hombres mueven montañas.