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Opinión 16 12 2019

Intereses e ideas en la crisis


Autor: José Joaquín Brunner









Si algo caracteriza las crisis de las sociedades es que de pronto las ideas, las imágenes del mundo y las ideologías aparecen en primera línea y ejercen su influencia con vigor. 

Chile, se dice, vive un momento constituyente en que necesita pensarse como idea y proyecto, a imagen y semejanza de una “buena sociedad”. Todo estaría en juego: el significado de la democracia, la organización de la economía, el catálogo de derechos sociales, los principios de integración de la nación. Por un instante, en medio de la destrucción y el temor causados por la violencia, y de la emoción provocada por la protesta en las calles, la sociedad cree posible inventar su propio futuro. Intelectuales, académicos, abogados, sacerdotes, científicos, artistas, comunicadores y mujeres y hombres de opinión viven el éxtasis de su rol como portavoces de ideas y creadores de imágenes del mundo. 

Se habla de un cambio de marea, un giro histórico, una refundación de valores, una nueva vida. Todo parece posible; es el despertar de una comunidad, se piensa, sacudida por su propia conciencia crítica y la de su intelligentsia. Max Weber, el gran sociólogo europeo del siglo XX, enseñaba una teoría más sofisticada al respecto. Suponía que no son las ideas, sino los intereses materiales los que gobiernan la conducta de la gente. Sin embargo, agregaba él, las imágenes del mundo creadas por las ideas determinan, como el guardagujas, la dirección de los rieles por donde corre la acción colectiva empujada por la dinámica de los intereses. 

 De hecho, más allá del ruido de la calle y los sueños refundacionales, prima hoy en Chile un anhelo de reformas relativamente sensatas, alineadas con los intereses y deseos de la gente. Profundizar la democracia representativa en sus aspectos de participación y deliberación. Mover las agujas del desarrollo en dirección de un capitalismo con mayores oportunidades y, por ende, hacia un Estado, digamos así, más de bienestar y menos neoliberal. 

Dar paso a una cultura más inclusiva, menos clasista y segmentada. Renovar las élites entregando el testimonio a una generación formada en democracia. Estamos, pues, frente a una visión del mundo conocida, propia del reformismo socialdemocrático; no ante un conjunto de ideas desquiciadas. En torno a ella podrían fácilmente converger distintos intereses e ideas. Sorprende por eso la enajenación del lenguaje con que dichos postulados reformistas son presentados y recibidos, como si necesitaran imponerse por la fuerza o dejar tras de sí escombros. 

De esta desmesura retórica son responsables aquellas mujeres y hombres de ideas que abandonan la ética del intelectual —consistente en actuar reflexivamente en la obtención de ideales— para profesar utopías o afirmar doctrinas absolutas. Si algo caracteriza las crisis de las sociedades es que de pronto las ideas, las imágenes del mundo y las ideologías aparecen en primera línea y ejercen su influencia con vigor. 

Chile, se dice, vive un momento constituyente en que necesita pensarse como idea y proyecto, a imagen y semejanza de una “buena sociedad”. Todo estaría en juego: el significado de la democracia, la organización de la economía, el catálogo de derechos sociales, los principios de integración de la nación. Por un instante, en medio de la destrucción y el temor causados por la violencia, y de la emoción provocada por la protesta en las calles, la sociedad cree posible inventar su propio futuro. Intelectuales, académicos, abogados, sacerdotes, científicos, artistas, comunicadores y mujeres y hombres de opinión viven el éxtasis de su rol como portavoces de ideas y creadores de imágenes del mundo. Se habla de un cambio de marea, un giro histórico, una refundación de valores, una nueva vida. Todo parece posible; es el despertar de una comunidad, se piensa, sacudida por su propia conciencia crítica y la de su intelligentsia. 

 Max Weber, el gran sociólogo europeo del siglo XX, enseñaba una teoría más sofisticada al respecto. Suponía que no son las ideas, sino los intereses materiales los que gobiernan la conducta de la gente. Sin embargo, agregaba él, las imágenes del mundo creadas por las ideas determinan, como el guardagujas, la dirección de los rieles por donde corre la acción colectiva empujada por la dinámica de los intereses. De hecho, más allá del ruido de la calle y los sueños refundacionales, prima hoy en Chile un anhelo de reformas relativamente sensatas, alineadas con los intereses y deseos de la gente. 

Profundizar la democracia representativa en sus aspectos de participación y deliberación. Mover las agujas del desarrollo en dirección de un capitalismo con mayores oportunidades y, por ende, hacia un Estado, digamos así, más de bienestar y menos neoliberal. Dar paso a una cultura más inclusiva, menos clasista y segmentada. Renovar las élites entregando el testimonio a una generación formada en democracia. Estamos, pues, frente a una visión del mundo conocida, propia del reformismo socialdemocrático; no ante un conjunto de ideas desquiciadas. En torno a ella podrían fácilmente converger distintos intereses e ideas.  

Sorprende por eso la enajenación del lenguaje con que dichos postulados reformistas son presentados y recibidos, como si necesitaran imponerse por la fuerza o dejar tras de sí escombros. De esta desmesura retórica son responsables aquellas mujeres y hombres de ideas que abandonan la ética del intelectual —consistente en actuar reflexivamente en la obtención de ideales— para profesar utopías o afirmar doctrinas absolutas.

Publicado en Polis el 12 de diciembre de 2019.

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