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Opinión 12 12 2019

América latina, ¿la hora de la espada?


Autor: César Tcach









“Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada”, sostenía el escritor cordobés Leopoldo Lugones en diciembre de 1924, durante un acto conmemorativo del centenario de la batalla de Ayacucho que tuvo lugar en Lima, Perú. En 1923, se había producido en España el golpe militar de Primo de Rivera, y en 1922 la marcha sobre Roma encabezada por Benito Mussolini.

La metáfora literaria acompañó el imaginario que animó los golpes militares en América latina durante los años siguientes: sonaba como un réquiem que anunciaba el funeral de las democracias pluripartidistas y el liberalismo político. Su traducción en Argentina fue el derrocamiento del gobierno radical de Hipólito Yrigoyen por un golpe militar, en 1930.

Hoy, en Brasil, tanto el presidente Jair Bolsonaro como su vicepresidente son militares retirados que legitiman la prolongada dictadura que sufrió ese país entre 1964 y 1985, cuyos responsables nunca fueron juzgados.

En Chile, militares y carabineros juegan fuerte en la represión antipopular. Cerca de 200 personas fueron heridas en los ojos por perdigones disparados contra los manifestantes. Sebastián Piñera se puede sentir seguro, y aunque luego admitió su “error” discursivo, estigmatizó a sus indignados ciudadanos en términos bélicos, al afirmar que su país estaba en guerra. La cultura política de las fuerzas del orden parece no haber cambiado mucho desde los tiempos de Augusto Pinochet.

En Uruguay, irrumpió por primera vez en su historia un partido de extrema derecha (denominado Cabildo Abierto), con cierta base popular. Su líder, el general retirado Guido Manini Ríos –comandante en jefe del Ejército uruguayo entre 2015 y 2019– fue elegido senador con casi el 11 por ciento de los votos.

En Bolivia, un golpe de Estado cuasi clásico –en un mismo día pidieron la renuncia al presidente Evo Morales el presidente de la Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica y los jefes militares– impuso lógicas corporativas y atroces modalidades represivas que parecían haber quedado relegadas en el rincón de los recuerdos amargos.

En Colombia, el presidente Iván Duque saca el ejército a las calles e impone bajo su amparo el toque de queda para poner fin a las protestas populares.

En Ecuador, la represión se ceba contra los sectores sociales afectados por el ajuste económico y entre bambalinas reaparecen los militares como actores políticos.

En Venezuela, el verdadero poder político reside en el Ejército, y millones de exiliados en nuestra América lo atestiguan con dolor cada día.

 

Variables militares

También en Nicaragua la variable militar es relevante a la hora de explicar el sostenimiento de un gobierno que traicionó los ideales del sandinismo. En todos estos países, el denominador común es la irrupción del Ejército como jugador relevante del escenario político.

En algunos casos se apela a los militares como recurso de última instancia para ahogar las protestas populares contra el modelo de sociedad de mercado, que por una parte exhibe la abundancia y las posibilidades de consumo y por otro precariza las relaciones laborales y rinde culto a la mercantilización de la salud, la educación, las jubilaciones y los medios de transporte.

Paradójicamente, la publicidad y el marketing ampliaron la percepción de las desigualdades, lo que hace más visibles que nunca las asimetrías.

La ciudadanía credit card, el reconocimiento de las personas como consumidores antes que como ciudadanos, encontró sus propios límites en el ciclo de ajuste que transita el capitalismo global y la disminución de los precios internacionales de las materias primas que exportan los países latinoamericanos.

En otros casos, la irrupción del factor militar no es el fruto del neoliberalismo sino de regímenes estatistas dictatoriales o autoritarios cuyos ideales originarios trocaron en opresivas distopías.

Venezuela y Nicaragua son ejemplos didácticos. En el pasado, los intelectuales, artistas y sectores progresistas podían ignorar la opresión, por ejemplo en el interior de la Unión Soviética. Hoy, con internet y la moderna tecnología de la comunicación, el silencio es cómplice –como dijera alguna vez Ernesto Guevara– de “cualquier injusticia que se cometa contra cualquiera en cualquier parte del mundo”.

En Argentina, el juicio a las juntas militares durante la presidencia de Raúl Alfonsín, la liquidación del servicio militar obligatorio bajo la égida de Carlos Menem, la autocrítica del general Martín Balza en 1995 y la reapertura de los juicios contra los represores durante el kirchnerismo, limitaron el poder de fuego simbólico y político de las Fuerzas Armadas. Es el país donde la cultura política antimilitarista y antirrepresiva caló más hondo.

Cualquier exceso en el uso de la violencia por parte del Estado puede erosionar la legitimidad y/o estabilidad de los elencos gobernantes. Así, en Córdoba, ninguno de sus gobiernos civiles (de Eduardo Angeloz a Juan Schiaretti) apostó a la represión como método de resolución de conflictos.

No se trata de minimizar la dimensión represiva, pero su peso es considerablemente menor en términos comparativos con otros países de América latina: la sociedad argentina se niega a naturalizar el ejercicio de la violencia para frenar las demandas sociales. Tampoco admite ninguna variante de politización facciosa de las Fuerzas Armadas.

Quizá sea el mejor legado del sueño alfonsinista que alumbró en 1983.

Publicado en La Voz el 8 de diciembre de 2019.
Link https://www.lavoz.com.ar/mundo/america-latina-hora-de-espada