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09 12 2019

Que el poder detenga al poder


Autor: Luciana Sabina









Cristina Fernández de Kirchner no deja de sorprender. Hace algunos días, durante su indagatoria por el juicio por el manejo de obra pública, protagonizó un vergonzoso desplante hacia los jueces. Luego de meses silenciosos, el cercano regreso al poder parece haberle devuelto el habla. Pero detrás de aquel comportamiento -y de la respuesta nula de los magistrados, que no impusieron las sanciones correspondientes-  asomó algo sumamente peligroso: el sometimiento de un poder a otro.  

Más allá de las críticas innumerables que pueden hacerse, es verdad que de todo se puede extraer algo positivo. Así, este comportamiento nos da la excusa perfecta para bucear en un concepto republicano fundamental: el de la División de Poderes. 

Para encontrar sus orígenes debemos trasladarnos a la Francia del siglo XVII y apelar a los textos de Montesquieu, uno de los padres ideológicos de la Revolución Francesa. En “El espíritu de las leyes” este autor teorizó sobre la necesidad de implementar una separación tajante de poderes: “Todo hombre que tiene poder -expresó- se inclina a abusar del mismo; él va hasta que encuentra límites. Para que no se pueda abusar del poder hace falta que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder (…  ) no hay libertad si el poder de juzgar no está separado del Poder Legislativo y del Ejecutivo”. 

La teoría se divulgó mundialmente y su manera de estructurar el poder terminó siendo una de las bases sobre las que Occidente constituyó sus Estados. 

Nuestro país contó con esta división de potestades a partir de la presidencia de Bartolomé Mitre. 

Don Bartolo fue sumamente prudente en dicha tarea: creó la Corte Suprema de la Nación nombrando a una mayoría de jueces opositores. Así,  otorgó independencia efectiva y afianzó su naciente institucionalidad. Esta primera Corte Suprema -ubicada en una modesta vivienda de la calle Bolívar entre Moreno y Belgrano, de Capital Federal- fue sumamente austera y contó con un mínimo personal. 

Según el especialista Arturo Pellet Lastra, realmente fue autónoma y estuvo compuesta por jueces no subordinados al presidente. 

La imparcialidad de la misma se mantuvo hasta el Golpe Cívico-Militar de 1930. 

Cabe destacar que Bartolomé abandonó el poder tan pobre como cuando lo asumió. De hecho alquilaba la casa donde vivía hasta que un grupo de vecinos la compró y se la obsequió. Al morir decidió donarla al Estado y hoy es sede del Museo Mitre.      

Pero regresando a Montesquieu rescatamos algo más de su pensamiento: “Todo estaría perdido, cuando el mismo hombre, o el mismo cuerpo, ya sea de los nobles o del pueblo, ejerza esos tres poderes: el de hacer las leyes, el de ejecutar las resoluciones públicas, y el de juzgar los crímenes”. 

No dejemos entonces que todo esté perdido y exijamos siempre que “el poder detenga al poder”.     

Publicado en Los Andes el 7 de diciembre de 2019.
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