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Opinión 06 12 2019

En ebullición, militarizada y desarticulada: una foto actual de América Latina


Autor: Tomás Balbino









De un momento para el otro todo parece estallar por los aires en la región Latinoamericana: golpe de Estado en Bolivia, estallido social en Chile, crisis institucional en Perú, manifestaciones sociales en Ecuador, incipientes movilizaciones en Colombia, crisis económica en Argentina, situaciones en Brasil y, como elemento tristemente constante, la gravísima crisis que atraviesa Venezuela en todos sus planos.

Este enunciado alcanza para dar cuenta de la compleja situación política y social que vive nuestra región. Si bien se reconoce que cada uno de los conflictos tiene su propia lógica y encuentra sus raíces en procesos internos de cada Estado, se pueden identificar variables analíticas de alcance regional y global que resultan de especial utilidad para explicar los fenómenos, parte de sus causas y el devenir de los acontecimientos. A continuación se desarrollarán tres características presentes en la coyuntura latinoamericana, en un esfuerzo por encontrar variables comunes que despierten interrogantes y alienten el desarrollo de debates sobre lo que sucede en América Latina por estos días.

1. Nuevos liderazgos y erupción social: el mundo es testigo del auge de fenómenos que se presentan como una amenaza al proceso de creciente globalización y al orden liberal que experimenta el sistema internacional desde el final de la Guerra Fría. La llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos, el triunfo del Brexit y el auge de liderazgos y expresiones políticas conservadoras, contrarias al multilateralismo y críticas de las instituciones liberal-democráticas son un claro reflejo de ello.

Sobre el surgimiento de estos liderazgos, De Santibañes nos propone el concepto de “conservadurismo popular” (De Santibañes, 2019) como una herramienta para definirlos a partir de la identificación de determinadas características comunes: son conservadores, nacionalistas, apegados a valores tradicionales y a creencias religiosas, críticos de la democracia liberal y del andamiaje institucional creado por ellas, que en el plano internacional apunta específicamente a los organismos internacionales que involucran algún tipo de cesión de soberanía por parte de los Estados y a nivel regional hacen lo propio con instituciones como la Unión Europea o la UNASUR.

Ahora bien, resulta bastante obvia la conclusión de que si existen estos liderazgos, es porque existe una sociedad que se siente representada en mayor o menor medida por ellos, o que encuentra en sus programas o expresiones, la posibilidad de un cambio que contribuya a dar una respuesta a sus reclamos. Esto nos lleva a concluir que co-existe una sociedad cada vez más disconforme y descreída de la capacidad de los Estados -y sus instituciones- de promover condiciones de bienestar y ascenso social, a la par de una clase dirigente en ascenso, capaz de interpretar ese sentimiento de bronca y hartazgo, y canalizarlo/transformarlo en victorias electorales o revueltas ciudadanas masivas con mayores o menores grados de institucionalidad.

En principio, estos fenómenos pueden o no estar vinculados. En América Latina se presentan distintas y variadas situaciones, sintetizadas en dos extremos: por un lado, el ejemplo más contundente de ese vínculo se da en Brasil, donde Jair Bolsonaro, auto-denominado como el “Trump de Latinoamérica”, un líder conservador, xenófobo y militarista llegó a la presidencia con más del 55% de los votos en 2018. En el otro extremo podemos situar al caso de Chile, donde se producen las movilizaciones más masivas de su historia en reclamo por medidas gubernamentales que disminuyan la desigualdad y redistribuyan la riqueza, pero sin liderazgos claros ni partidos políticos capaces de capitalizar, encauzar y sintetizar esas demandas en un programa de gobierno.  

Punto aparte para el caso de Bolivia, que con el golpe de Estado consumado ante la salida de Evo Morales de la presidencia, luego de la presión ejercida por parte de las Fuerzas Armadas y de seguridad, se profundiza un escenario de extrema fragilidad e inestabilidad social. Las crecientes movilizaciones sociales que reclamaban elecciones transparentes y se manifestaban en contra de un nuevo mandato de Morales, permitido por una forzada interpretación constitucional y un consecuente deterioro institucional, se constituyeron como un caldo de cultivo perfecto que permitió la aparición de líderes como Luis Fernando Camacho, que arengando a las multitudes con consignas incendiarias, ingresó a la Casa de Gobierno con su biblia en mano y la promesa de “llevar a Dios nuevamente a la Casa del Quemado[1]”.

Lo cierto es que resultan cada vez más cotidianas las plazas llenas de gente que no se sienten representadas por los partidos o expresiones políticas tradicionales y al mismo tiempo, aparecen cada vez con más seguidores personajes políticos disruptivos, con mensajes anti-sistema, conservadores y fuertemente arraigados a valores tradicionales.

2. Las Fuerzas Armadas como árbitros de la democracia: los últimos sucesos de la región, especialmente el citado caso boliviano, desnudan un fenómeno preocupante, persistente y creciente en latinoamérica: las Fuerzas Armadas como árbitros de las democracias.

A propósito, la investigadora argentina Rut Diamint elaboró el concepto de “nuevo militarismo” (Diamint, 2015) para dar cuenta de la creciente intervención de las Fuerzas Armadas en asuntos gubernamentales y de toma de decisiones políticas, ya no tanto por la fuerza (como fue tradicionalmente), sino por invitación de los gobernantes democráticamente electos.

Los sucesos de los últimos meses exponen de manera muy clara esta situación. Todos los presidentes de la región, ante crisis institucionales o estallidos sociales, se han mostrado cerca de los mandos de las Fuerzas Armadas de sus países como último recurso para sostenerse en el poder o sostener decisiones impopulares, lo hizo Vizcarra en Perú ante la disolución del congreso nacional, Moreno en Ecuador ante las revueltas de movimientos indígenas, Morales en Bolivia, Piñera en Chile y Duque en Colombia. Esas fotos dejan un claro y peligroso mensaje: quien detenta el apoyo de los militares, goza de estabilidad en su cargo.

En todos los casos sucedía que las FFAA mantenían el apoyo al gobierno constitucional. Sin embargo, el 10 de noviembre de 2019 se materializó el peligro cuando los militares de Bolivia le quitaron el acompañamiento al Presidente Evo Morales con mandato hasta enero de 2020. Su salida fue cuestión de horas.

Exploremos un poco más este proceso que tiene a las FFAA como tutoras de las democracias de nuestra región. Conviene comenzar con una aclaración respecto de las diferencias en las transiciones democráticas de los países latinoamericanos en la década de 1980. En líneas generales, las mismas fueron por negociación y acordadas, donde las fuerzas castrenses mantuvieron una importante cuota de poder, como en los casos de Chile o Brasil. Argentina se presenta como una excepción, ya que la transición diseñada por el Presidente Raúl Alfonsín fue por ruptura, con los juicios a las juntas militares, las posteriores condenas por delitos de lesa humanidad y la creación de dispositivos de control civil sobre las Fuerzas Armadas, como principales elementos de características únicas y sin precedentes.

Más allá de estos matices en las transiciones, la evolución de las Fuerzas Armadas desde la década de 1980 se desarrolló, en mayor o menor medida, en el marco de la institucionalidad democrática de cada Estado de la región. Ahora bien, como vimos previamente, asistimos a un proceso de creciente descreimiento entre los ciudadanos sobre la capacidad de las instituciones del Estado de dar respuesta a las demandas de la sociedad, entonces podríamos preguntarnos si con las Fuerzas Armadas sucede lo mismo. La respuesta parece inclinarse hacia el “no”.

El siguiente gráfico del Informe 2018 de Latinobarómetro muestra que las Fuerzas Armadas son la segunda institución que más confianza despierta en la población latinoamericana, con un 44%, alcanzando picos en Uruguay (62%), Ecuador (61%), Brasil (58%), Colombia (56%) y Chile (53%). La Iglesia se posiciona en primer lugar con un abrumador 63%, mientras que la los partidos políticos, el congreso y el gobierno se ubican al final de la tabla con 13, 21 y 22% respectivamente.

Si la Iglesia y las Fuerzas Armadas son las instituciones más valoradas por la sociedad, no debería sorprendernos la creciente participación de las iglesias y los valores religiosos en la vida político-institucional de nuestros Estados y en la construcción de liderazgos, como los que vimos previamente y que tienen a Bolsonaro como principal exponente regional, del mismo modo que tampoco debería hacerlo el hecho de que las FFAA aparezcan como garantes de la paz social o la estabilidad interna ante situaciones de crisis con líderes democráticos débiles por sus fuertes niveles de desaprobación popular.

3. Una región desencontrada: este complejo contexto deja al descubierto las consecuencias de una región desarticulada, sin espacios de concertación política y resolución de conflictos.

En su historia contemporánea, la región ha experimentado múltiples intentos de construcción de herramientas de concertación e integración política para dar respuesta a los principales problemas que aquejan a sus países, fundamentalmente a la cuestión del desarrollo y la estabilidad política: UNASUR, PROSUR, CELAC, IRSA, Mercosur, Alianza del Pacífico, Comunidad Andina de Naciones, ALADI, SELA, entre otras.

Sin embargo, ser la región del mundo con mayores acuerdos de integración no redundó en exitosos ejemplos de esquemas integracionistas. Por el contrario, gran parte de la literatura acuerda en la idea de que la dispersión y volatilidad de las iniciativas de integración provocó la inexistencia en la actualidad de una institución efectiva y sólida en materia de integración económica y concertación política.

Felix Peña reconoce como condición necesaria para el éxito de un proceso de integración a la intensidad y continuidad de la voluntad política de los líderes de los países (Peña, 2009). Esto no sucedió, y en cambio, vimos nacer y caer en la irrelevancia a instituciones regionales como la UNASUR, la CELAC y el PROSUR. En parte, se explica partiendo del reconocimiento de la existencia del hiper-presidencialismo propio de nuestras democracias, caracterizado por una excesiva concentración de poder en los ejecutivos nacionales, que impiden la continuidad de determinadas políticas nacionales de integración ante los cambios de gobierno. Más aún, el surgimiento de los liderazgos caracterizados previamente, agudiza esa volatilidad y agrega un elemento de fuerte politización de los esquemas regionales.

Este contexto, no libre de excepciones claro, impide el establecimiento de instituciones capaces de resistir pujas propias de las disputas políticas domésticas de cada Estado. Hoy, la falta de mecanismos legitimados a nivel regional dejan sin una herramienta indispensable a los gobiernos de América Latina, que ante crisis como la de Venezuela, el golpe de estado en Bolivia o la frágil situación del gobierno democrático de Lenin Moreno o Sebastián Piñera, se muestran impotentes, con mensajes erráticos y sin espacios regionales donde canalizar una acción coordinada que busque cauces institucionales, defienda y promueva la democracia y devuelva la estabilidad.

En ebullición, militarizada y desarticulada. Esta es sólo una foto actual de América Latina: digan “whisky”.

Referencias:

Peña F. (2009), “Convergencia Mercosur - Alianza del Pacífico y los acuerdos con la Unión Europea”. Revista Archivos del Presente, año 22, Nº 69.

De Santibañes F. (2019), “La rebelión de las Nacione: crisis del liberalismo y auge del conservadurismo popular”. Vértice de Ideas, Buenos Aires.

Diamint R. (2015), “A New Militarism in Latin America”, Journal of Democracy, 2015, 26(4).

Informe 2018, Latinobarómetro.



[1] Nombre del palacio de Gobierno de Bolivia.