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Opinión Diciembre 02, 2019, 5 12am

¿Hacia un futuro sin partidos políticos?


Autor: Eduardo A. Moro


Casi inadvertidamente transitamos los comienzos de la Cuarta Revolución Industrial, donde la verdadera disputa no es sólo “comercial”,  sino que se compite por la supremacía de tecnologías decisivas, con alcance geoestratégico (B. Melacalza). Por inercia se orienta a la concentración económica y dureza política (por ejemplo, China), iniciando la “era del datoísmo” algorítimico, cuya cúspide dominante será poseída cada vez más  por menos personas (Y. Harari).
Sus efectos alcanzan a lo social. Se habla de “blindar una sociedad de excluidos”, donde el asunto no será para ellos salir y liberarse, sino al contrario,  poder entrar al encierro de lo privilegiado y permanecer en él. La idea trae remembranzas de Foucault, Deleuze-Guattari y sus líneas de fuga (“Mil mesetas”): “(…) se fomenta la formación on-line, el trabajo en casa. Sin horarios, sin nadie que esté vigilando. De lo que se trata ahora no es de impedir la salida, sino de obstaculizar la entrada. No es sencillo acceder a puestos de privilegio, a posgrados de nivel internacional o a medicinas que contemplen la atención domiciliari (…) Todo cuestionamiento, por pequeño que sea, involucra al conjunto del sistema dominante y abre una fuga en él. La resistencia se traduce en líneas de fuga que escapan del sistema y que pueden adoptar las formas y modos más diversos (...) que (…) la teoría política tardó en dimensionar y asimilar…”.
Al profundizar esta observación podríamos recordar las nociones distintivas entre la institucionalidad ordenadora  tradicional, metaforizada como “estructura arbórea” -vertical, con un centro principal-  cuyas características se replican como fractales en toda la demás organicidad, considerada como estructura “en default”, y la nueva metáfora de poder social extendido, que no reproduce a la anterior sino que se aparta de ella: el desarrollo tipo “rizoma”: horizontal, que carece de centro y genera disímiles formaciones derivadas, aplicables a fenómenos diversos y minorías activas, con sus propios espacio-tiempos (Peirone, Fernando, “Mundo Extenso”).
Esto no habilita a decir que ya ocurrió el reemplazo de lo uno por lo otro, ni a suponer que han cesado los poderes clásicos. O que se interrumpió la tendencia a la concentración del poder y de riqueza. Podríamos formular la idea de que estamos en tránsito, con modificaciones constantes. Estas serían efectos posibles de  los cambios de la sociedad y la aparición de situaciones colectivas o sectoriales difusas, que se filtran (fugan) por los insterticios de la organización típica aún vigente,  con ondulaciones anárquicas, no lineales.
Quienes actualmente participamos en partidos políticos debemos analizar con interés democrático las observaciones de Pierre Rosanvallón: "(…) Se podría decir que los partidos políticos se han ido disolviendo poco a poco, no porque fueran partidos tradicionales, y que fueran partidos que de algún modo se hubieran vuelto demasiado viejos, sino porque la sociedad ha cambiado (…) Y además el sistema político tradicional se ha descompuesto, la noción de programa no tiene más el mismo sentido en un mundo gobernado por las crisis y en este momento se podría decir que el futuro no es previsible…" (Revista Ñ, 05 de noviembre de 2019).
La disolución de los partidos políticos produciría un impacto sólo comparable al pase desde la etapa anterior a  su existencia. Sería excesivo sintetizar esa historia.  Se nos crea entonces el interrogante de cómo se orientarán y representarán los ciudadanos y cuáles  serían las formas de reemplazo para la organización y gestión política del Estado. Finalmente, “and last but not least”, tendremos que preguntarnos dónde se podrán trabajar democráticamente visiones colectivas de futuro O simplemente habrá que pensar que ya no tendrá sentido proyectar el futuro.
Quizás podríamos aventurar que ya estamos rumbo a una etapa de democracia sin partidos, entendida como forma en la cual, por ejemplo, podrían celebrarse elecciones periódicas, siendo todos los postulantes candidatos independientes que competirían entre sí, tratando de simbolizar algo de atracción inmediata para los electores, que responda a las exigencias de la coyuntura.  En tren de conjeturar, todo esto, que parece de Orwell (1984), no es imposible. Tampoco lo es alcanzar algún modo de sistema intermedio -más razonable-, de democracia directa en paralelo con democracia representativa (democracia semidirecta), como ya ocurre en algunos países, de mayor plasticidad al tradicional, y donde funcionan  espacios partidarios de vinculación y elaboración de propuestas para la sociedad, espacios que permiten gestionar el presente y proponer a futuro, a través de  modalidades donde coexisten aspectos de participación directa de la ciudadanía  con ámbitos, temas y decisiones asignados a órganos integrados por representantes electos.

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