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Opinión 26 11 2019

Bolivia: crónica de una crisis anunciada


Autor: Lucio Linares









Evo Morales Ayma, orureño de nacimiento, inició su carrera política en el movimiento campesino boliviano en la década del 80’. Su origen indígena corresponde a la segunda etnia más numerosa de la Bolivia andina, la aymara. 
Su liderazgo campesino en la Federación Especial del Trópico, como cocalero del Chapare (por cierto, una coca que no se consume para mascar como es la de Yungas en el norte paceño), lo traslada a la escena nacional. Con el tiempo crea el Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (IPSP) con el que se alía al Movimiento al Socialismo?(MAS), y en las elecciones de 1997 logra un lugar en el Congreso Nacional como diputado. 
Participa en los comicios presidenciales de 2002 y obtiene el segundo puesto, después del MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario) de Gonzalo Sánchez de Losada, que llevaba, entonces, a Carlos Mesa como vicepresidente. 
La incisiva oposición al Gobierno instrumentada por el MAS, especialmente a la venta de gas por los puertos chilenos, provocó la dimisión o renuncia de Sánchez de Losada en octubre de 2003. Mesa lo sucede por algo mas de un año, hasta que fruto de una gestión deficiente y la presión opositora de Morales, llamó a elecciones en diciembre de 2005, comicios en los que el MAS obtuvo una cómoda victoria con el 54% de los votos. 
Por primera vez en su historia, Bolivia tenía un presidente de origen indígena. En julio de 2007 el Gobierno convocó a una Asamblea Constituyente que, en 2009 y tras un Referéndum, aprobó no con pocos desacuerdos de la oposición, la 17ma. Constitución del Estado de Bolivia, cuyo artículo 1° establece:
 
“Bolivia se constituye en un Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, libre, independiente, soberano, democrático, intercultural, descentralizado y con autonomías. Bolivia se funda en la pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico, dentro del proceso integrador del país.” 
 
La norma fundamental, de marcado corte humanista, consagró derechos indígenas y comunitarios jamás contemplados hasta entonces, lo mismo que novedosas reglas en materia agraria y medioambiental. 
Una de las primeras medidas fue también la nacionalización de los hidrocarburos, que en tiempo de altos precios del gas y con dos clientes importantísimos como Brasil y Argentina, cuyos precios se fijaron un tanto por el mercado, pero también por afinidades políticas, le permitió a Evo obtener ganancias suficientes para sostener en Bolivia un modelo económico exitoso de “crecimiento con distribución”. Fue ejemplo para América Latina y tuvo el reconocimiento de organismos internacionales como el Banco Mundial, el FMI etc., modelo por cierto que Venezuela nunca quiso o le interesó conocer. 
La nueva Constitución indicaba que el presidente y el vice, gobernarían por un período con derecho a una reelección. Pero a lo largo del segundo y último mandato, en el año 2013, Morales presentó ante el Tribunal Constitucional una interpretación “sui géneris” y logró que ese segundo período fuera considerado el primero, bajo el argumento de que la nueva Carta Magna había refundado al país, al pasar de la República al nuevo Estado Plurinacional, por lo cual ese segundo mandato constituía el primero en el marco del nuevo Estado.
Hubo oposición por entonces, pero Evo lograba adhesiones mayores al 60% en los comicios, y poco duraban los relatos contrarios al modelo. 
Esto le permitió llegar a su tercer mandato (segundo con la nueva Constitución) y cuando se hablaba de cuadros del Gobierno que pudieran ser su delfín o sucesor para las futuras elecciones en el quinquenio 2020?25, el Gobierno de Morales convocó a un Referéndum vinculante el 21 de febrero de 2016, para poder cambiar el Art. 168 de la Constitución recientemente elaborada por su partido. La norma solo contemplaba dos períodos de Gobierno. 
El resultado le fue adverso por poco. Desde entonces, en los segmentos medios de la sociedad ha rondado la idea de que el triunfo del NO había sido mayor y que el Gobierno había movido los números en su beneficio y achicado la cifra a muy poco del SI. Quedó casi como un empate con predominio del NO por un tres por ciento. 
La sociedad daba señales claras de incomodidad respecto del deseo de permanencia presidencial, pero Evo siguió adelante e hizo una presentación en el Tribunal Constitucional Plurinacional que, en septiembre de 2017, mediante un fallo singular, le concedió la re-re-re-reelección, fundada en el derecho humano de poder ser presidente. 
El dictamen trajo aparejada una protesta de magnitud que estalló en 2017 con paros cívicos y que siguió con otros tantos más en 2018. En el medio, una elección de jueces en la que triunfó el NO (contraria a lo que Evo esperaba) tampoco fue tomada en cuenta por Morales, quien prosiguió con el propósito de su cuarto período presidencial. La idea de un reemplazo como Choquehuanca o Romero no parecía tener acceso en la estructura movimientista del MAS. En su desconfianza aymara, tal vez, el efecto Correa acrecentó su temor. 
Bolivia, y en particular Santa Cruz, no dieron señales contundentes de una masiva oposición a su candidatura durante este último año. Solo tuvo lugar un paro cívico, el del aniversario del 21F, que no le hizo cambiar de idea al MAS ni a su líder: el plan Evo presidente siguió adelante. 
El empresariado cruceño, que en todos esos años experimentó un crecimiento como jamás había conocido, no quería cambios y temía que, de no ganar Evo, fuese éste desde afuera un impedimento para cualquier otro Gobierno. El MAS representaba la continuidad y la estabilidad que necesitaban las empresas. En este caso, la premisa era “más vale bueno conocido…”. 
Sobre el éxito económico con números siempre positivos, sobre el apoyo de la mayoría de la clase empresarial industrial y agropecuaria, como de los movimientos sociales, descansaba Evo rumbo a un nuevo mandato en 2020.
Abundaban los proyectos público-privados, crecía la industria, se hacían concesiones en pos de la producción agraria y se autorizaba el uso de semillas transgénicas. Comenzaban las ventas de carne a China, se ampliaba la frontera agropecuaria, se les daba tierras a colonos de occidente para la conquista de oriente.  
Todo iba en crecimiento, pero su popularidad estaba dañada. 
Sumado a los reveses electorales, el sistema de salud colapsaba, los médicos produjeron huelgas eternas, la economía daba algunas señales de cansancio con reservas que se achicaban. La construcción seguía creciendo, pero ya no con los índices de otros años. El gas mostraba signos de insuficiencia para las obligaciones contraídas. Y, por último, el fuego en la Chiquitanía, que le endilgaron a Evo con mas intencionalidad que certeza, lo convirtió literalmente en el verdadero titular del “Palacio del Quemado”.
En ese marco difícil para su cuarta postulación, salió al ruedo a medirse en los comicios del 20/10, todavía con confianza en su éxito. Sabía él que, con todas las dificultades, su economía brillaba en América del Sur. 
Mientras Evo confiaba, la clase media, que como nunca creció a lo largo de su gestión, tenía presente los continuos intentos por permanecer en el poder del presidente y sabía que al menor indicio de “irregularidad”, o más crudamente de “fraude”, estallaría en una protesta como no lo había hecho hasta entonces. Los Comités Cívicos ya lo tenían preparado y aguardaban el “disparador”. Debe tenerse presente que los segmentos medios involucran también a los sectores de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. El discurso de “la intención del dictador por convertir a Bolivia en otra Venezuela”, aunque en buena medida falaz, convenció a muchos. 
Para los comicios, los opositores de Evo no tenían gran talla ni gozaban de alta popularidad. El mejor candidato de los otros partidos resultaría el mayor oponente. El MAS barruntaba que el distrito de Santa Cruz, aun difícil, no le sería completamente adverso. Pero el fuego..., el fuego que siempre es obra del hombre, tuvo muchos hombres que le dieron origen. En un principio pudieron ser los colonos inexpertos de los Andes trasladados por Evo al oriente, pero después… (habrá secretos que el bosque guardará por siempre). El Gobierno no reaccionó en contrarrestar la embestida mediática en su contra, ni declaró la emergencia nacional para convocar a la ayuda extranjera, que hubiera mitigado el estrago del fuego y quitado argumentos a los opositores que le endilgaron no haber llamado. Las llamas también devoraron una parte de sus electores históricos. 
Llegó el 20 de octubre, que no fue el 27, precisamente por las elecciones argentinas en las que votan cientos de miles de bolivianos. La idea del fraude rondaba en la mente de muchos. Se había instalado en la sociedad que Evo ganaría en primera vuelta, fuera con votos reales o con “los otros”, y esto aparecía como un destino inevitable. 
Al término de la jornada electoral, se inició el conteo con guarismos que no aseguraban el triunfo en la primera vuelta para el MAS, y de pronto el recuento rápido y provisional se canceló por veinticuatro horas, para retornar al día siguiente con una victoria del 0,51% necesario para no ir a una segunda vuelta.  
Esa demora incrementó la furia de un extenso segmento social y junto con la renuncia nada menos que del vicepresidente del Tribunal Electoral, que cuestionó que se hubiera detenido el conteo, y del informe preliminar de los representantes de la OEA, que señalaron irregularidades que hacían necesario ir a una segunda vuelta, se produjo el estallido. 
El disparador se produjo y los Comités Cívicos activaron las contramedidas de los cuestionados comicios. En tanto el Tribunal Electoral, ya desmembrado, declaraba que los resultados no se cambiaban, que no habría segunda vuelta ni otra elección. Otros tribunales departamentales registraban deserciones por descontentos con el recuento y otras irregularidades. El proceso electoral había perdido credibilidad para los bolivianos. 
Los centros urbanos más importantes se declararon en paro cívico. La desobediencia civil ganó un espacio inimaginable en la sociedad dispuesta a que se le respetase el voto. No hacía falta el recuento minucioso y definitivo que nunca se realizó. Una parte importante de la sociedad había decretado el fraude y el Gobierno no tuvo respuestas creíbles. 
Santa Cruz tenía un nuevo “jefe”, Luis Fernando Camacho, que llamó al paro y a la desobediencia civil indefinida. Todos les respondieron y su figura se extendió a nivel nacional.
Los centros urbanos eran intransitables, las grandes ciudades estaban paralizadas y solo había abastecimiento de alimentos (en los mercados que funcionaban medio día), luz y agua. 
Parte de La Paz estaba paralizada. Cochabamba completamente, como Tarija, Sucre, Potosí y tantas otras que exhibían el descontento social.
La exigencia de nuevas elecciones con un padrón depurado y tribunales creíbles, era el clamor social. 
Evo esperaba que las cosas se calmaran y que tanto el tiempo como la necesidad del trabajo harían que se depusieran las medidas de fuerza. Por el contrario, las medidas se prolongaban y acrecentaban con el cierre de fronteras y de las oficinas públicas. 
La posibilidad de un diálogo con todos los actores nunca fue tenida en cuenta.
La policía incapaz de contener las manifestaciones, en general pacíficas por parte del movimiento cívico, se terminó sumando a la rebelión en la figura de un motín, lo que puso un primer ingrediente golpista. 
La OEA, que aparecía como el único árbitro capaz de poner un poco de calma con la auditoría, era descreída por opositores políticos y cívicos, pues Almagro había respaldado a Evo en su re-re-re-relección en mayo de este año, y lo consideraban afín a sus apetitos. Los cívicos y opositores pedían la renuncia indeclinable del presidente. 
Recién el sábado 9 de noviembre Morales convocó a los partidos de la oposición, a organismos internacionales, a países amigos y a la Iglesia a un diálogo para encontrar una salida. Ya todo se había precipitado en su contra y el movimiento cívico quedaba afuera. 
El pronunciamiento anticipado de la OEA del domingo 10/11, en cuanto a lo irregular de los comicios y la sugerencia de nuevas elecciones, fue el golpe de gracia que no esperaban ni la oposición ni los cívicos. 
El ofrecimiento de Morales de un llamado a nuevas elecciones con nuevos Tribunales llegó muy tarde y no fue aceptado. Su credibilidad como la de su Gobierno y su partido ya estaba muy dañada. Para la oposición, Evo carecía de autoridad moral, política y cívica como para llamar a nuevos comicios. El no podía garantizar nuevas elecciones limpias después de lo ocurrido. Solo se pedía su renuncia, reclamo al que se sumaron vastos sectores sociales, que incluyó a la poderosa COB. Por último, las FF.AA. mediante su vocero, el general Kalimán, sugirieron la renuncia, lo que agregó una nueva impronta golpista, como también la prescindencia de las fuerzas bajo su mando, cuando la rebelión social sacudía al país. Tal prescindencia deja un sabor de golpe a la “comisión por omisión”. 
Pero hubiera sido difícil para el Estado Mayor ordenar salir a sus tropas sin una disposición escrita firmada por Evo y su gabinete, que efectivamente no lo hicieron. Algún día se sabrá si fue porque sabían que no saldrían o porque temieron a las muertes que tal medida hubiese traído aparejada. 
Con estas características golpistas a la que se suman amenazas y quema de casas de familiares y políticos del MAS, Evo renunció, pidió asilo en México y viajó al país azteca junto con Álvaro García Linera. 
Aun persisten algunos bolsones de resistencia, pero la acción de la policía y las FF.AA., que ahora sí recibieron ordenes precisas de salir, la van debilitando junto con los acuerdos de pacificación que se van logrando. 
Habrá que ver quien será el que gobierne Bolivia luego de las elecciones. Pero si como resultado de las mismas muchas de las conquistas logradas hasta hoy se pierden para la sociedad, habrá que preguntarse también cuánto de responsabilidad le cabe al capricho reeleccionario. 
El camino de la institucionalidad parece ir allanándose después de días de muerte y de zozobra. Será mejor así para Bolivia y su gente que un golpe, que no fue del todo y en los términos clásicos, no se transforme en uno propiamente dicho de no encontrar las vías que permitan una salida pacífica, tolerante, en el marco de la legalidad y con llamado a elecciones limpias, transparentes y confiables para toda la sociedad. 
Con nuestros vecinos fraternales, el respeto e integración debieran en todo momento estar por encima de las ideas políticas de turno en cada uno de nuestros países, siempre que las mismas hayan llegado como resultado de un proceso democrático e institucional incuestionable.