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06 12 2019

El juego eterno de Edgardo Giménez


Autor: Gabriel Palumbo









Los años sesenta fueron tan extraños como ricos. En esa década convivieron la experimentación y el compromiso político, el happening y la lucha armada. Algunos de los artistas del Instituto Di Tella, centro principal del arte y la investigación social de la época, marcaron el futuro con una impronta pop y espíritu lúdico.

Este espíritu está presente en la exposición de la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta que lleva por título La cvilización perdida. La muestra reúne trabajos de Edgardo Giménez, Geraldine Schwindt y Gabriel Chaile, bajo el diseño curatorial y la imaginación de Laura Spivak.

Ni bien se ingresa en el espacio de Cronopios se reconoce la sensación física de estar en un lugar distinto, con una atmósfera particular y con reflejos, sonidos y texturas particulares, amables y de algún modo reconocibles. Desde el fondo, las luces de la obra de Edgardo Giménez dominan la amplitud de la sala y ordenan espacial y estéticamente el recorrido de la instalación. Hacía tiempo que el artista quería montar una fuente y la convocatoria de la Bienal Joven le dio la oportunidad. La obra es enorme y tiene una figura central magnética. La figura de Tarzán acompaña a Giménez en su obra desde hace décadas en diferentes versiones. En este caso se trata de la recreación de una escena de Tarzán y la fuente mágica, un film de 1949. Lo que llamó la atención del niño Giménez que vio la película con su mamá en un cine de Santa Fe, fue la posibilidad de mantenerse siempre joven tomando del agua de esa fuente. Ese embelesamiento infantil se traslada ahora a la obra desde la forma de una construcción lúdica y al mismo tiempo potente. La mezcla que logra entre un grafismo pop y la incorporación contemporánea de pantallas y videos coloca a este trabajo dentro de una continuidad y evolución permanente.

Cuando recorrimos la muestra con Giménez, un nombre apareció recurrentemente en la charla con el artista: el de Jorge Romero Brest. Para Edgardo, está claro que lo bueno que sucedió en los años sesenta y en el Di Tella, tienen su sello como director del área de artes visuales. Me cuenta que el nombre de Experiencias que usó el Di Tella para sus encuentros anuales respondía fundamentalmente a la inspiración de Romero Brest y que implicaba una suerte de suspensión de la idea de arte consumado. Las experiencias eran precisamente eso, un camino que podría terminar en arte pero que aún estaba indeterminado.

Fue Romero Brest quien mejor entendió el arte de Giménez. El fue quien comprendió que la relación social de su arte tenía que ver con la libertad y no con otro elemento caracterizable como político. En tiempos de posiciones políticas duras, su idea contra toda violencia fue un eje irreductible. La defensa de Romero Brest sobre el arte de Giménez tiene una actualidad inquietante. Los argentinos, decía, están y viven encerrados en la ideología mientras que Edgardo, en cambio, es un creador que no se debe a un sistema.

Giménez es un artista atípico. Autodidacta y alejado de conceptualismos inertes, su trabajo le rinde tributo al mismo tiempo a la precisión y al divertimento. Es artista visual, pero también diseñador gráfico, editor, afichista, escenógrafo y arquitecto. En todas estas disciplinas, lo central es lo lúdico. El juego es el centro de la obra y, en todos los casos, esa condición lúdica impone también las reglas. Fue Pierre Restany, el gran crítico francés que acuñó el término de pop lunfardo para describir a los artistas del Di Tella amparados por Jorge Romero Brest, quien descubrió tempranamente esta condición en la obra de Giménez. A su parecer, las indudables características pop de su arte, encontraban su contraste en la precisión. Nunca la imaginación iba a desbordar lo suficiente como para desorganizar el juego planteado por Giménez, nunca la condición vanguardista –al cabo, una imposición teórica– se iba a imponer a la premisa de la diversión.

Para Giménez, en definitiva, lo importante del arte es su impacto en las personas.

La fuente que montó en la sala Cronopios está flanqueda por seis palmeras de un verde intenso, muy altas, de entre las cuales emergen tres manantiales en forma de cascada. El loop de la proyección de la caída de agua genera un clima muy interesante, reforzado por la presencia de dos piezas musicales y de los gritos característicos del Rey de la Selva.

En el centro de la fuente propiamente dicha, y sobre una enorme roca dorada de casi cuatro metros, se sostiene la figura de un Tarzán desnudo, replica de Johnny Weissmuller, el más emblemático de los actores que representó al mítico personaje. Sobre la escultura tarzanesca está posada la mona, otro de los iconos de Giménez. Con los brazos extendidos, Tarzán sostiene un círculo perfecto de luces azules que giran, trazando una posible alegoría de la vida eterna, fruto de beber las aguas de la fuente mágica.

La civilización perdida propone un dialogo cruzado entre generaciones de artistas, soportes, modos expresivos y lenguajes diferentes. La monumentalidad de la obra de Giménez necesitaba entablar una conversación que al mismo tiempo resultara creíble para el espectador y rica en términos de proyección artística. Es aquí donde aparecen los grandes aciertos de curaduría de Laura Spivak, primero con la elección de Geraldine Schwindt y Gabriel Chaile como dialoguistas y luego, introduciendo sugerencias que llevan su firma y que lograron un ensamble poético que genera el clima necesario para la experiencia inmersiva que la muestra propone. Los laberínticos pasillos construidos por la obra de Schwindt resultan el mejor hilo conductor hacia la fuente de Giménez. El visitante camina en medio de paredes dibujadas con símbolos y figuras de hojas y plantas. La sugerencia de Spivak de llevar el trabajo a una escala de mayor tamaño facilita el dialogo con las demás obras y con la sala. El trabajo de Schwindt es impecable, logrando unas verdaderas aguafuertes en hierro que, pese a su gran tamaño, aparecen ligeras en el espacio de la Cronopios. La tentación de tocar la superficie es difícil de contener y la capacidad técnica de la artista de Coronel Suarez es tan visible a los ojos como al tacto. La idea de mostrar en la exposición un plato de hierro que es uno de sus primeros trabajos opera muy bien como conector y refuerza la idea de un origen de las cosas, propia de toda civilización, aun de las perdidas.

En esta búsqueda originaria, la obra de Chaile eslabona otra parte del discurso general de la muestra. Sus obras de adobe y hierro ofrecen al espectador una textura distinta y complementa muy bien el hilo discursivo de la exposición. La aridez de la obra del tucumano contrasta con los brillos del metal de Schwindt y de la fuente de Giménez, pluralizando la sensibilidad del visitante y dando pistas de lectura e interpretación.

Al salir de la sala, otro de los hallazgos de Spivak. La pared del fondo de la Cronopios esta tapizada con un espejo que va del piso al techo. A la enormidad de la sala, la inclusión del espejo le otorga, además, una amplitud adicional. Pero lo más logrado es que, gracias al reflejo de la muestra en el paño de espejo, esta parece duplicarse, o, mejor aún, parece volver a meter a quien se va otra vez en el lenguaje de la exposición. El efecto es estimulante y placentero al mismo tiempo que circular, como el aro que sostiene el Tarzán de Giménez.

Publicado en Revista Ñ el 20 de noviembre de 2019.

Link https://www.clarin.com/revista-enie/arte/juego-eterno-edgardo-gimenez_0_9HD7Jodb.html