menu
Opinión 20 11 2019

La guerra comercial imposible de ganar


Autor: Weijian Shan









Traducción Alejandro Garvie.
Afines de junio, los líderes de China y Estados Unidos anunciaron en la reunión del G-20 en Osaka, Japón, que habían alcanzado una distensión en su guerra comercial. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, afirmó que las dos partes habían puesto las negociaciones "de nuevo en marcha". Puso nuevos aranceles a los productos chinos y levantó las restricciones que impiden que las compañías estadounidenses vendan a Huawei, el gigante chino de telecomunicaciones colocado en la lista negra. Los mercados se recuperaron y los informes de los medios de comunicación aclamaron la medida como un "alto el fuego".
Ese supuesto armisticio fue un falso amanecer, uno de los muchos que han marcado la diplomacia intermitente entre Beijing y Washington. No todo está tranquilo en el frente comercial; las armas nunca dejaron de tabletear. En septiembre, después de un verano de retórica acalorada, la administración Trump aumentó los aranceles sobre otras importaciones chinas por valor de 125 mil millones de dólares. China respondió aplicando aranceles sobre un valor adicional de 75 mil millones de dólares sobre bienes estadounidenses. Estados Unidos podría instituir más aranceles en diciembre, elevando el valor total de los productos chinos sujetos a aranceles punitivos a más de medio billón de dólares, cubriendo casi todas las importaciones chinas. Se espera que las represalias de China cubran el 69 por ciento de sus importaciones de los Estados Unidos. Si se implementan todas las alzas amenazadas, la tasa arancelaria promedio de las importaciones estadounidenses de bienes chinos será de aproximadamente el 24 por ciento, en comparación con el tres por ciento de hace dos años, y la de las importaciones chinas de bienes estadounidenses será de casi el 26 por ciento, en comparación con la tasa arancelaria promedio de China del 6,7 por ciento para todos los demás países.
Las partes en esta guerra comercial aún pueden alejarse del abismo. Ha habido más de una docena de rondas de negociaciones de alto nivel sin ninguna posibilidad real de llegar a un acuerdo. Trump cree que los aranceles convencerán a China de ceder y cambiar sus prácticas comerciales supuestamente injustas. China puede estar dispuesta a ceder en algunos asuntos, como comprar más productos estadounidenses, abrir más su mercado a las empresas estadounidenses y mejorar la protección de la propiedad intelectual, a cambio de la eliminación de todos los nuevos aranceles, pero no en la medida exigida por Trump. Mientras tanto, China espera que sus acciones de represalia causen suficiente dolor económico en los Estados Unidos como para hacer que Washington reconsidere su postura.
Los números sugieren que Washington no está ganando esta guerra comercial. Aunque el crecimiento económico de China se ha desacelerado, los aranceles han afectado más a los consumidores estadounidenses que a sus homólogos chinos. Con el temor de una recesión a la vuelta de la esquina, Trump debe tener en cuenta el hecho de que su enfoque actual está poniendo en peligro la economía de su país, representando una amenaza para el sistema comercial internacional y sin poder lograr reducir el déficit comercial que detesta.
Trump puede alejarse de su política autodestructiva hacia China, pero la competencia entre Estados Unidos y China continuará más allá de su mandato como presidente. Gran parte de la cobertura del conflicto hace que parezca un choque de personalidades, el capricho de Trump contra la voluntad implacable del presidente Xi Jinping y el partido comunista chino. Pero esta fricción es sistémica. Los costos actuales de la guerra comercial reflejan las realidades estructurales que sustentan la relación entre las economías de Estados Unidos y China. Vale la pena rastrear esa dinámica a medida que las dos grandes potencias intentan encontrar un nuevo equilibrio intermitente en los años venideros.
Considere las langostas
La guerra comercial no ha producido los resultados deseados para los Estados Unidos. Washington aumentó por primera vez los aranceles a las importaciones chinas en 2018. En el mismo año, las exportaciones chinas a los Estados Unidos aumentaron en 34 mil millones de dólares, o siete por ciento, año tras año, mientras que las exportaciones estadounidenses a China disminuyeron en 10 mil millones de dólares, u ocho por ciento. En los primeros ocho meses de este año, las exportaciones de China a los Estados Unidos cayeron un poco menos del 4 por ciento en comparación con el mismo período del año anterior, pero las exportaciones de los Estados Unidos a China se redujeron mucho más, en casi un 24 por ciento. En lugar de reducir la brecha comercial, los aranceles han coincidido con una ampliación del déficit comercial de Estados Unidos con China: en casi un 12 por ciento en 2018 (a 420 mil millones) y en aproximadamente otro 8 por ciento en los primeros ocho meses de este año.
Hay al menos dos razones por las cuales las exportaciones chinas a los Estados Unidos no han disminuido tanto como la administración Trump esperaba que lo hicieran. Una es que no hay buenos sustitutos para muchos de los productos que Estados Unidos importa de China, como iPhones y drones de consumo, por lo que los compradores estadounidenses se ven obligados a absorber los aranceles en forma de precios más altos. La otra razón es que, a pesar de los titulares recientes, gran parte de la fabricación de productos con destino a los EE. UU. no se irá de China en el corto plazo, ya que muchas empresas dependen de cadenas de suministro que solo existen allí. (En 2012, Apple intentó trasladar la fabricación de su computadora Mac Pro de alta gama de China a Texas, pero la dificultad de obtener los pequeños tornillos que la mantienen unida impidió la reubicación).
Algunas manufacturas orientadas a la exportación están abandonando China, pero no hacia Estados Unidos. Según una encuesta realizada en mayo por la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Shanghai, menos del 6 por ciento de las empresas estadounidenses en China planean regresar a sus hogares. El 60 por ciento de las compañías estadounidenses dijeron que se quedarían en China.
El daño a la economía por el lado de las importaciones es aún más pronunciado para los Estados Unidos que para China. Los economistas del Banco de la Reserva Federal de Nueva York y de otros lugares descubrieron que, en 2018, los aranceles no obligaron a los exportadores chinos a reducir sus precios; en cambio, el costo total de las tarifas golpeó a los consumidores estadounidenses. A medida que los aranceles aumentan los precios de los bienes importados de China, los consumidores estadounidenses optarán por comprar sustitutos (cuando estén disponibles) de otros países, que pueden ser más caros que las importaciones chinas originales, pero son más baratos que esos mismos productos después de los aranceles. La diferencia de precio entre las importaciones chinas antes de aranceles y estos sustitutos de terceros países constituye lo que los economistas llaman una "pérdida de peso muerto" para la economía.
Los economistas estiman que la pérdida de peso muerto derivada de los aranceles existentes sobre 200 mil millones de dólares en importaciones chinas será de 620 dólares por hogar, o alrededor de 80 mil millones de dólares por año. Esto representa alrededor del 0,4 por ciento del PIB de los Estados Unidos. Si Estados Unidos continúa expandiendo su régimen arancelario según lo programado, esa pérdida será más del doble.
Mientras tanto, los consumidores chinos no están pagando precios más altos por las importaciones estadounidenses. Un estudio realizado por el Instituto Peterson de Economía Internacional muestra que, desde principios de 2018, China ha elevado la tasa arancelaria promedio de las importaciones estadounidenses del 8 por ciento al 21,8 por ciento y ha bajado la tasa arancelaria promedio de todos sus otros socios comerciales del 8 por ciento a 6,7 por ciento. China impuso aranceles solo a los productos estadounidenses que pueden reemplazarse por importaciones de otros países a precios similares. En realidad, redujo los aranceles para aquellos productos estadounidenses que no se pueden comprar en otros lugares de manera más barata, como los semiconductores y los productos farmacéuticos. En consecuencia, los precios de importación de China para los mismos productos han caído en general, a pesar de los aranceles más altos sobre las importaciones estadounidenses.
Los ágiles cálculos de Beijing están bien ilustrados por el ejemplo de las langostas. China impuso un arancel del 25 por ciento a las langostas estadounidenses en julio de 2018, precipitando una caída del 70 por ciento en las exportaciones de langostas estadounidenses. Al mismo tiempo, Beijing redujo los aranceles a las langostas canadienses en un tres por ciento y, como resultado, las exportaciones de langosta canadiense a China se duplicaron. Los consumidores chinos ahora pagan menos por las langostas importadas esencialmente de las mismas aguas.
El déficit inescapable
Beijing ha demostrado ser mucho más capaz que Washington de minimizar el dolor para sus consumidores y su economía. Pero la guerra comercial sería más aceptable para Washington si su confrontación con China lograra los objetivos trazados por Trump. El presidente cree que China está "estafando" a Estados Unidos. Quiere reducir el déficit comercial general de los Estados Unidos cambiando las prácticas comerciales de China. Pero la imposición de aranceles a las importaciones chinas ha tenido el efecto paradójico de inflar el déficit comercial general de los Estados Unidos, que, según la Oficina del Censo de los Estados Unidos, aumentó en 28 mil millones de dólares en los primeros siete meses de este año en comparación con el mismo período del año pasado.
La verdad incómoda para Trump es que los déficits comerciales de los Estados Unidos no surgen de las prácticas de los socios comerciales de los Estados Unidos; provienen de los propios hábitos de gasto de los Estados Unidos. Ese país ha tenido un déficit comercial persistente desde 1975, tanto en general como con la mayoría de sus socios comerciales. En los últimos 20 años, los gastos internos de los Estados Unidos siempre han excedido el PIB, lo que resulta en exportaciones netas negativas o un déficit comercial. El déficit ha cambiado con el tiempo, pero se ha mantenido entre el 3 y el 6 por ciento del PIB. Trump quiere impulsar las exportaciones estadounidenses para recortar el déficit, pero las guerras comerciales inevitablemente invitan a represalias que conducen a reducciones significativas en las exportaciones. Además, aumentar el volumen de las exportaciones no necesariamente reduce los déficits comerciales a menos que vaya acompañado de una reducción en el gasto del país en términos de consumo e inversión. La forma correcta de reducir un déficit comercial es hacer crecer la economía más rápido que los gastos internos simultáneos, lo que solo puede lograrse fomentando la innovación y aumentando la productividad. Una guerra comercial hace lo contrario, daña la economía, impide el crecimiento y obstaculiza la innovación.
Incluso una capitulación total de China en la guerra comercial no afectaría el déficit comercial general de Estados Unidos. Si China compra más a los Estados Unidos, comprará menos a otros países, que luego venderán la diferencia a los Estados Unidos o a sus competidores. Por ejemplo, tomemos las ventas de aviones de la firma estadounidense Boeing y su rival europeo, Airbus. Por el momento, ambas compañías están operando a plena capacidad. Si China compra mil aviones más de Boeing y mil menos de Airbus, el fabricante de aviones europeo todavía venderá esos 1.000 aviones, solo a los Estados Unidos u otros países que podrían haber comprado en lugar de Boeing. China entiende esto, que es una de las razones por las que no ha aplicado aranceles más altos a los aviones fabricados en Estados Unidos. Cualquiera sea el resultado de la guerra comercial, el déficit no cambiará mucho.
Una China resiliente
La guerra comercial no ha dañado realmente a China hasta ahora, en gran parte porque Beijing ha logrado evitar que los precios de importación suban y porque sus exportaciones a los Estados Unidos se han visto menos afectadas de lo previsto. Este patrón cambiará a medida que los importadores estadounidenses comiencen a pasar de comprar en China a comprar en terceros países para evitar pagar los altos aranceles. Pero suponiendo que el PIB de China continúe creciendo alrededor del cinco al seis por ciento cada año, el efecto de ese cambio será bastante modesto. Algunos expertos dudan de la precisión de las cifras chinas para el crecimiento económico, pero las agencias multilaterales y las instituciones de investigación independientes establecen el crecimiento del PIB chino en un rango de cinco a seis por ciento.
Los escépticos también se pierden el panorama general de que la economía de China se está desacelerando a medida que cambia a un modelo impulsado por el consumo. Algunos fabricantes abandonarán China si los altos aranceles se vuelven permanentes, pero no se debe exagerar la importancia de tal desarrollo. Independientemente de la ansiedad generada por los aranceles de Trump, China está disminuyendo gradualmente su dependencia del crecimiento impulsado por las exportaciones. Las exportaciones a los Estados Unidos como proporción del PIB de China disminuyeron constantemente de un pico del 11 por ciento en 2005 a menos del cuatro por ciento en 2018. En 2006, las exportaciones totales representaron el 36 por ciento del PIB de China; para 2018, esa cifra se había reducido a la mitad, a 18 por ciento, lo cual es mucho más bajo que el promedio de 29 por ciento para los países industrializados de la OCDE.
Sin duda, la guerra comercial ha cobrado un alto costo psicológico en la economía china. En 2018, cuando se anunciaron los aranceles por primera vez, provocaron un pánico en el mercado chino en un momento en que el crecimiento se desaceleró debido a una ronda de ajuste crediticio. El mercado de valores recibió una paliza, cayendo en picada un 25 por ciento. Inicialmente, el gobierno se sintió presionado para encontrar una salida de la guerra comercial, rápidamente. Pero a medida que el humo se despejó para revelar poco daño real, la confianza en el mercado se recuperó: los índices bursátiles habían aumentado un 23 por ciento y un 34 por ciento en las bolsas de Shanghai y Shenzhen, respectivamente, antes del 12 de septiembre de 2019. La resistencia de la economía china de cara a la guerra comercial ayuda a explicar por qué Beijing ha endurecido su posición negociadora a pesar de la escalada de Trump.
China no ha tenido una recesión en los últimos 40 años y no tendrá una en el futuro previsible, porque su economía aún se encuentra en una etapa temprana de desarrollo, con un PIB per cápita de solo una sexta parte de la de los Estados Unidos. Debido a la disminución de las tasas de ahorro y al aumento de los salarios, el motor de la economía de China está cambiando: de inversiones y exportaciones, al consumo privado. Como resultado, se espera que la tasa de crecimiento del país disminuya. El Fondo Monetario Internacional proyecta que el crecimiento del PIB real de China caerá de 6,6 por ciento en 2018 a 5,5 por ciento en 2024; otras estimaciones sitúan la tasa de crecimiento en un número aún más bajo. Aunque la tasa de crecimiento chino puede caer, hay poco riesgo de que la economía china se contraiga en el futuro previsible. El consumo privado, que ha ido en aumento, representando el 35 por ciento del PIB en 2010 y el 39 por ciento el año pasado, se espera que continúe aumentando e impulsando el crecimiento económico, especialmente ahora que China ha expandido su red de seguridad social y disposiciones de bienestar, liberando a los ahorros privados para dedicarlos al consumo.
La economía de Estados Unidos, por otro lado, ha tenido la expansión más larga de la historia, y el inevitable ciclo descendente ya está en el horizonte: el crecimiento del PIB del segundo trimestre de este año cayó a 2 por ciento desde el 3,1 por ciento del primer trimestre. La guerra comercial, sin tener en cuenta las escaladas de septiembre, reducirá al menos medio punto porcentual del PIB de EE. UU., y esa gran carga en la economía puede llevarlo a la recesión prevista. (De acuerdo con una encuesta publicada en el Washington Post de septiembre, el 60 por ciento de los estadounidenses espera una recesión en 2020). La perspectiva de una recesión podría proporcionar a Trump el ímpetu para suspender la guerra comercial. Aquí, entonces, hay una manera plausible de que la guerra comercial llegue a su fin. Los estadounidenses aún no sienten el dolor de los aranceles de manera uniforme. Pero es probable que llegue un punto de inflexión cuando la economía comience a perder fuerza.
Si la guerra comercial continúa, comprometerá el sistema de comercio internacional, que se basa en una división global del trabajo basada en la ventaja comparativa de cada país. Una vez que el sistema se vuelva menos confiable, cuando se interrumpa, por ejemplo, por los boicots y la hostilidad de las guerras comerciales, los países comenzarán a separarse unos de otros.
China y Estados Unidos están unidos económicamente, siendo cada uno el mayor socio comercial del otro. Cualquier intento de desacoplar las dos economías traerá consecuencias catastróficas para ambos y para el mundo en general. Los precios al consumidor aumentarán, el crecimiento económico mundial se desacelerará, las cadenas de suministro se interrumpirán y se duplicarán laboriosamente a escala mundial, y una brecha digital (en tecnología, Internet y telecomunicaciones) obstaculizará enormemente la innovación al limitar los horizontes y las ambiciones de la tecnología. empresas.
Revestimiento de plata
La guerra comercial de Trump no parece simplemente tratar de reducir el déficit comercial. Más bien, su administración ve los aranceles como un medio para frenar el crecimiento económico de China y controlar el creciente poder de un competidor geopolítico. En el corazón de esta táctica está la noción de que el sistema de participación del gobierno de China en las actividades económicas representa una amenaza única para los Estados Unidos. Robert Lighthizer, el representante comercial de Estados Unidos, ha insistido en que el propósito de los aranceles es estimular a China para que revise su forma de hacer negocios.
Irónicamente, es el sector privado de China el más afectado por la guerra comercial, ya que representa el 90 por ciento de las exportaciones chinas (43 por ciento de las cuales son de empresas extranjeras). Si la guerra comercial persiste, debilitará al sector privado. Es muy posible que China acepte comprometerse a comprar grandes cantidades de productos estadounidenses como parte de un acuerdo. Pero tales compras solo pueden ser realizadas por el gobierno, no por el sector privado. Estados Unidos debería reconocer que asegurar ese compromiso básicamente obligaría al gobierno chino a seguir siendo una gran presencia en los asuntos económicos. La política comercial de la administración Trump amenaza con socavar sus propios objetivos declarados.
Los funcionarios estadounidenses deberían reconsiderar su análisis de la economía china. Pensar que existe un "modelo de China" único de desarrollo económico, que representa una alternativa y una amenaza para los sistemas de mercado liberales, no tiene sentido. China ha logrado un rápido crecimiento en los últimos 40 años alejándose del viejo sistema de control estatal de la economía y abrazando el mercado. Hoy, el mercado juega un papel dominante en la asignación de recursos, y el sector privado representa más de dos tercios de la economía.
Sin embargo, el sector controlado por el gobierno sigue siendo demasiado grande, ineficiente, derrochador y moribundo, más una maldición que una bendición para la economía. También es una fuente de creciente fricción entre China y Occidente, que teme, con buenas razones, que los subsidios y el apoyo del gobierno chino beneficien injustamente a las empresas estatales. Este acuerdo debe cambiar, tanto para China como para sus socios comerciales.
China puede mantener su impulso económico solo reformando estructuralmente su economía para avanzar en la dirección de un mercado más libre y abierto. Si no lo hace, su crecimiento alcanzará un techo y su aumento se reducirá. Los negociadores estadounidenses deberían presionar a China para que recorte aún más su sector estatal, para garantizar la igualdad de acceso a su mercado de comercio e inversión y para desarrollar un mejor régimen de protección de la propiedad intelectual. Estas medidas acelerarían la trayectoria de reforma en la que China se embarcó hace 40 años, lo que ha llevado al surgimiento de un sector privado vibrante en China y a la integración económica del país con el mercado global. Acelerar este proceso no será indoloro y será resistido por intereses creados en China. Pero tales cambios beneficiarán a China, así como a sus socios comerciales, incluido Estados Unidos. Beijing y Washington deberían compartir estos objetivos en sus negociaciones comerciales. Si logran alcanzar estos objetivos, ambas partes ganarán la guerra comercial.
Es en el mejor interés de ambos países alejarse del pensamiento de suma cero y poner fin al desacoplamiento ad hoc que la guerra comercial ha amenazado. El mejor camino a seguir no es cerrar, sino derribar las barreras existentes y abrir aún más el comercio. Para mantener su primacía global y su liderazgo tecnológico, Estados Unidos necesita a China, el mercado de consumo más grande y de más rápido crecimiento en el mundo. Para mantener el impulso de su ascenso económico, China necesita impulsar sus reformas y continuar abriéndose al mercado mundial. En última instancia, una combinación de cooperación y competencia dentro de un sistema basado en normas conducirá a la mayor prosperidad para ambos países y para la economía mundial, como lo han aprendido todas las naciones comerciales a lo largo de la historia.

Publicado en Foreign Affaires el 8 de octubre de 2019.
Link https://www.foreignaffairs.com/articles/asia/2019-10-08/unwinnable-trade-war