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Opinión Noviembre 08, 2019, 6 14am

Argentina en la cima de la gobernanza nuclear internacional


Autor: Tomás Balbino


En medio de una Argentina que pareciera estar caracterizada por la inestabilidad recurrente y el siempre aparente catastrófico desenlace de nuestro corto plazo, el martes 29 de octubre de 2019 llegó desde Austria una noticia que daba cuenta de la existencia de una cara de la argentina absolutamente distinta, y cuyos rasgos principales se definen por el largo plazo, la coherencia y posiciones sostenidas en el tiempo. El diplomático argentino, Embajador Rafael Grossi era electo Director General del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
Una mayoría de dos tercios de la Junta de Gobernadores del OIEA, compuesta por 35 países, depositaba por primera vez a un latinoamericano, su voto de confianza para dirigir los destinos de la institución internacional más relevante en materia de desarrollo nuclear y no proliferación nuclear. Todo un reconocimiento al complejo nuclear argentino y a su persistente trabajo diplomático.
¿Qué es el OIEA y por qué es tan importante para el sistema internacional?
El Organismo Internacional de Energía Atómica fue creado en el año 1957, en un contexto signado por el fin de la Segunda Guerra Mundial, luego de que el mundo conociera el terrorífico poder destructivo del armamento nuclear a partir del lanzamiento de las dos bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki por parte de los Estados Unidos. Transcurrían también, tiempos de Guerra Fría basados en la rivalidad entre la Unión Soviética y los EEUU, donde particularmente comenzaba a darse una carrera entre las dos superpotencias y otros Estados por el dominio de la tecnología nuclear y el desarrollo del armamento atómico como el mayor recurso de poder en el sistema internacional.
En ese contexto, los objetivos de su creación fueron al mismo tiempo promover y controlar el desarrollo de la tecnología nuclear en el mundo. Promover su uso con fines pacíficos a partir de la contribución que dicha tecnología puede hacer a la industria médica, alimenticia, energética y científica, entre otras. Y controlar su desvío o utilización en proyectos destinados a fines bélicos, lo que significa en otras palabras, evitar la construcción de bombas atómicas.
En este sentido, su creación institucionalizó una serie de acuerdos de cooperación para usos pacíficos de la tecnología, que irían edificando el régimen internacional de no proliferación nuclear a partir de una serie de herramientas, principalmente tratados internacionales, que promueven el desarme y cooperación para el control y monitoreo de los elementos más sensibles de la industria nuclear.
Con el Tratado de No Proliferación (TNP) como principal herramienta, la OIEA estableció un sistema de salvaguardias internacionales, que son un conjunto de requerimientos y procedimientos aplicables tanto a los materiales nucleares como a los equipos e información de interés nuclear, con el fin de asegurar que tales elementos no sean destinados a un uso no autorizado. De este modo, se estableció que la OIEA está autorizada a aplicar salvaguardias a todos los elementos suministrados en el marco de sus programas de asistencia técnica, como así también los desarrollados por un Estado cuando éste lo solicitara. Su aplicación está ligada a los compromisos de no proliferación de armas nucleares que ha asumido cada país.
En conclusión, una de las funciones principales de la OIEA es aplicar el sistema de salvaguardias en las instalaciones nucleares de los países alcanzados por sus compromisos internacionales, realizando visitas técnicas, informes periódicos y monitoreos constantes en todas aquellas, asegurando su uso apropiado, seguro y pacífico.
¿Por qué Argentina?
La historia argentina se ha caracterizado por transitar cambios y rupturas traumáticas: gobiernos democráticos derrocados por feroces dictaduras militares, épocas de fuerte desarrollo científico-tecnológico seguidas por tiempos de censura, desinversión y “bastones largos”, momentos de crecimiento y desarrollo económico seguidos de profundas crisis y restricciones estructurales.  En fin, la lista de antagonismos puede ser infinita. Lo que queda claro es que una constante en la historia de nuestro país fue la trayectoria pendular en el desarrollo de determinados sectores: tecnológicos, industriales, productivos, etc.
Sin embargo, no todo fue arrasado por esa inestabilidad que a simple vista pareciera estructural. La cuestión nuclear se presenta como una excepción y un ejemplo claro de una exitosa política de Estado sostenida en el tiempo, lo que permitió alcanzar el desarrollo de un cluster tecnológico nacional con conocimientos de avanzada, prestigioso y competitivo internacionalmente.
A partir de la década de 1950 comenzaron a constituirse las instituciones sobre las cuales se edificará el sector nuclear argentino: Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), Centro Atómico Bariloche, Instituto Balseiro, etc. Este temprano desarrollo cimentado sobre las premisas de desarrollo autónomo e integrado con la industria nacional, llevó a la Argentina a construir y poner en marcha el Reactor de investigación RA-1, primer reactor nuclear de América Latina y del Hemisferio Sur, en 1958.
A continuación comenzaría el desarrollo de la tecnología atómica para la generación nucleoeléctrica, a partir de la cooperación internacional y el acompañamiento de industrias nacionales propias del sector. En el año 1974 fue inaugurada la planta de generación de energía Atucha I, en 1984 se finalizó la Central Nuclear Embalse y, finalmente, en 2014 se puso en marcha Atucha II.
Pronto, la creación de empresas como INVAP y los conocimientos tecnológicos acumulados  permitieron empezar a mirar hacia el exterior y concretar las exportaciones de tecnología más importantes de la Argentina, alcanzando una larga lista de exportaciones a distintos países del mundo, donde las más significativas fueron, por ejemplo, la exportación a Perú de un reactor experimental (RP-0) y de un centro atómico “llave en mano” dotado de otro reactor (RP-10), a Argelia un reactor experimental (NUR) en 1989, a Egipto un reactor de investigación y producción de radioisótopos en 1998, a Australia se exportó el reactor de investigación y producción OPAL inaugurado en 2007, y siendo la más próxima en el tiempo, en 2018 se firmó la venta de un reactor a Holanda. Para el futuro, se espera agrandar esa lista de exportaciones con el reactor de potencia CAREM, producido y diseñado íntegramente en la Argentina.
Paralelamente, un constante, profundo y exitoso trabajo diplomático fue anotando resultados contundentes. Con las democracias recuperadas y los liderazgos de Alfonsín y Sarney, los acuerdos nucleares de 1985 entre Argentina y Brasil fueron la punta de lanza para el inicio de un proceso de construcción de confianza y cooperativo bilateral sin precedentes, cuyo resultado emblemático fue la creación de la Asociación Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control (ABACC), como una institución bilateral de control nuclear mutuo. Adicionalmente, Argentina jugó un papel importante en la conformación de Latinoamérica como la primera región libre de armas nucleares a través del Tratado de Tlatelolco, en el trabajo por el desarme internacional y la no proliferación internacional, incidiendo en procesos conflictivos como el de India y Pakistán, en acuerdos internacionales como el de Irán, o en la respuesta global ante los accidentes nucleares en la central Fukushima de Japón.
Estos más de sesenta años de desarrollo nuclear y trabajo diplomático sostenido son un claro reflejo del prestigio internacional de la Argentina y de sus credenciales de no proliferador y proveedor confiable de tecnología atómica, lo cual le permitió ser uno de los pocos países en desarrollo partícipe y con capacidad de incidencia en los grupos, foros e instituciones internacionales vinculadas al sector, como puede ser la OIEA, la Cumbre de Seguridad Nuclear o el Grupo de Proveedores Nucleares. Un verdadero soft power que posibilitó la colaboración argentina en el diseño y gestión de la gobernanza nuclear internacional.
¿Por qué el Embajador Grossi?
Rafael Grossi es Doctor en Relaciones Internacionales, Historia y Política Internacional, por la Universidad de Ginebra. Diplomático, egresado del Instituto del Servicio Exterior de la Nación en el año 1984 y formado en la entonces recientemente creada Dirección de Asuntos Nucleares y Desarme (DIGAN), a cargo del Embajador Adolfo Saracho. Desde ese momento se convirtió en un especialista en desarme y no-proliferación del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de Argentina.
Su trayectoria profesional incluye haberse desempeñado como Director General Adjunto y Jefe de Gabinete de la OIEA, Jefe de Gabinete de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), Presidente del Grupo de países proveedores nucleares (Nuclear Suppliers Group) y más recientemente como Presidente de la Conferencia de Revisión del Tratado de No Proliferación nuclear 2020 y Embajador de la Argentina en Austria y Representante Permanente de la Argentina ante las Organizaciones Internacionales con sede en Viena, entre ellas el OIEA.
La formación y experiencia del Embajador Grossi, forjada con el impulso decidido y estratégico del Estado argentino a través de su cancillería, sintetiza los más de sesenta años de historia nuclear argentina. Una historia de éxito constituída sobre una visión largoplacista, que nos permite vislumbrar un futuro promisorio para la República Argentina.
Tendremos el sexto Director General del OIEA desde su fundación, será el primer Latinoamericano, y es argentino.
 

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