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Octubre 25, 2019, 7 12am

Miguel De Luca: “Nuestro balotaje no es tan raro, pero nuestra elección de diputados es excéntrica”


Autor: Esteban Lo Presti





Miguel De Luca es profesor titular de Ciencia Política en las Facultades de Ciencia Sociales y de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Los temas de su especialidad son los partidos políticos, los sistemas electorales y las instituciones de gobierno sobre los que habla sin parar recurriendo a ejemplos históricos y actuales.
¿Por qué en Argentina tenemos este particular balotaje para la elección presidencial? ¿Existen modelos similares en otros países?
El balotaje presidencial argentino pertenece a la familia de los sistemas electorales mayoritarios a dos vueltas. En esta familia encontramos variaciones según la mayoría requerida para ganar y según el umbral o piso de votos para participar en la segunda vuelta. La versión más difundida de estos sistemas mayoritarios es la francesa: para triunfar es necesario obtener mayoría absoluta (más de la mitad de los votos) y si nadie la consigue hay una segunda votación entre las dos candidaturas más votadas.
Pero hay muchas otras versiones dentro de esta familia: por ejemplo, el umbral para evitar el segundo turno puede ser más bajo, los postulantes que pueden participar en la segunda vuelta pueden ser más de dos, o bien el triunfo puede depender de más de una regla.  El balotaje argentino es uno de estos casos porque combina dos cláusulas: 45 o 40 y diez puntos de diferencia. Pero no es el único que se aleja del balotaje francés, del modelo más difundido. Por ejemplo, en Costa Rica la segunda vuelta sólo se activa si ningún postulante logra el 40 por ciento de los votos. En Bolivia la exigencia es del 50 por ciento o bien 40 por ciento y una distancia de diez puntos respecto del segundo competidor. En Nicaragua el umbral es 45 por ciento o 35 por ciento y una brecha de cinco puntos.
Entre los casos históricos y “raros” tenemos la elección presidencial en la República de Weimar en 1925: en la segunda vuelta compitieron tres postulantes, uno de los cuales no había sido candidato en la primera vuelta. Y ese candidato, Paul von Hindenburg, ¡ganó la elección! Incluso dentro de esta familia de sistemas electorales de dos turnos los politólogos tenemos un “diseño de laboratorio”. En 1994 los politólogos Matthew Shugart y Rein Taagepera propusieron la “doble regla complementaria”, por la que un candidato no mayoritario gana sin necesidad de otra vuelta si los votos que le faltan al segundo para alcanzarlo son más del doble que los que le faltan al primero para llegar a la mayoría del 50 por ciento.
Conclusión: comparar nos sirve para aprender que nuestro balotaje presidencial no es tan raro.
¿Por qué elegimos los diputados nacionales a partir de un mecanismo proporcional y los senadores en una combinación de mayoría y minoría?
La asignación de los diputados nacionales, elegidos por la ciudadanía de cada provincia, está regulada por la ley electoral. Durante la primera mitad del siglo XX, la distribución más usual fue la fijada por la denominada “ley Sáenz Peña”: dos tercios de las bancas para la lista más votada y un tercio para la segunda lista. Así funcionó bajo la experiencia de los gobiernos radicales desde 1916 a 1930 y también durante el primer gobierno de Perón, pero no en el segundo.
Sin embargo, desde la década de 1960 este mecanismo mayoritario fue reemplazado por uno proporcional y es éste el que se mantiene vigente hasta hoy. Es el que conocemos como método o fórmula d’Hondt, por el jurista belga que la creó, Víctor d’Hondt. Desde entonces cambió el principal objetivo buscado para distribuir las bancas: de brindarle mayoría al partido con más votos a facilitar el acceso a una cantidad más grande de partidos políticos y, por tanto, representación a un número mayor de ciudadanos.
El mecanismo de elección de los senadores, en cambio, siempre estuvo estipulado en la constitución nacional. Antes de la reforma constitucional de 1994, los senadores eran sólo dos y elegidos por las legislaturas provinciales. Desde entonces, los senadores por provincia son tres, elegidos directamente por la ciudadanía y por un sistema de lista incompleta: dos para la lista más votada y uno para la segunda lista. Las razones del cambio hay que buscarlas en los distintos problemas, conflictos y cuestionamientos que se sucedieron desde 1983 en cada renovación del senado y en las preferencias, cálculos y expectativas de los firmantes del Pacto de Olivos.
¿Cómo se efectiviza la Ley de Paridad recientemente aprobada para la elección de diputados y senadores?
La ley de paridad tendrá su estreno en esta elección. Pero dada la renovación parcial de la cámara de diputados, los resultados de su aplicación recién se podrán apreciar en plenitud en 2021. E incluso entonces habrá que ponderar el cumplimiento de los objetivos de esta ley. Porque una buena cantidad de provincias elige una baja cantidad de diputados en cada recambio y, si en la mayoría de ellas las “cabezas de lista” son hombres, según los resultados electorales que se produzcan puede que no se alcance una composición paritaria de la cámara. Quizá sea entonces el momento de adoptar no sólo una paridad “vertical” en las listas (el orden de los postulantes) sino también combinar con una paridad “temporal” (la rotación en cada renovación parcial) o una paridad “horizontal” (la distribución de las cabezas de listas según distrito).
Son pocos los países como el nuestro, que tienen elecciones de mitad de término. ¿Qué ventajas o desventajas se dan por este mecanismo?
Las elecciones de mitad de término son propias de los presidencialismos, donde los ejecutivos gozan de mandato fijo y conocido de antemano. Pero incluso dentro de los países presidenciales no todos tienen este tipo de elecciones: en Bolivia, Costa Rica, Perú, y Uruguay, por ejemplo, el mandato de los congresistas coincide con el de presidente de la república.  Los legisladores entran y salen con la o el presidente.
La elección de medio término es un invento de los creadores del modelo presidencial original, el de Estados Unidos. El objetivo de esta invención era proporcionar un recurso para controlar, corregir o reforzar el apoyo a la gestión del gobierno, evaluándolo antes de la conclusión de su mandato. Presidentes en minoría en el congreso pueden revertir esa situación si ganan la elección intermedia. O bien una ciudadanía disconforme con la gestión presidencial pueden expresar esa disconformidad en las urnas, sin esperar a que termine el período presidencial. Esta es la principal ventaja. La desventaja más importante es que esa elección intermedia puede resultar negativa para el oficialismo, derivar en un “gobierno dividido” y, si existen diferencias políticas profundas entre gobierno y oposición, terminar en un escenario de parálisis institucional por bloqueo entre presidente y congreso.
La Argentina copió la elección intermedia de los Estados Unidos. Pero en ese país, la cámara de representantes se renueva totalmente cada dos años. Con lo cual la composición total de la cámara refleja las preferencias políticas de la ciudadanía en todo momento. En el nuestro, en cambio, la renovación de los diputados es por mitades. Y es un caso rarísimo a nivel mundial para una cámara legislativa de elección popular. Tan raro que un especialista en el tema, Guillermo Molinelli, la etiquetaba como “nuestra excéntrica renovación parlamentaria”. Esto significa que nuestra cámara de diputados en todo momento refleja las preferencias políticas de las últimas dos elecciones, no solamente de la última. El mecanismo funciona entonces como amortiguador, tanto de victorias como de derrotas electorales. Y, por lo tanto, puede ser evaluado como ventaja, pero también como una desventaja.
Por último, marcaría una diferencia entre nuestra renovación parcial de diputados y el recambio por tercios en el senado. Porque, en cambio, si comparamos los bicameralismos a nivel mundial, encontramos que es usual que la segunda cámara se renueve en forma escalonada y que la duración del mandato de sus miembros sea más prolongada que la de los integrantes de la primera cámara o cámara de elección popular.
El año próximo hay elecciones presidenciales en Estados Unidos, pero podría decirse que ya empezó la carrera por la Casa Blanca, porque ya hay candidatos lanzados. ¿Cuáles son los motivos para que en ese país se mantenga aún el Colegio Electoral, dado que en los últimos veinte años en dos oportunidades la elección del presidente no reflejó la voluntad del votante?
El colegio electoral es otra invención de los autores de la Constitución de Estados Unidos. Aunque con variaciones, también fue adoptado por varios países latinoamericanos, entre ellos la Argentina. Hoy sólo sigue vigente en los Estados Unidos, donde dos de los tres presidentes de este siglo, George W. Bush y Donald Trump, fueron inicialmente proclamados por una mayoría en el colegio electoral pero obtuvieron menos votos que sus rivales en la elección popular.
Las reformas emprendidas en América Latina muestran que el reemplazo del colegio electoral por algún tipo de elección presidencial directa es posible. Posible pero poco probable: varios actores, beneficiarios de las reglas actuales, se opondrían fuertemente a cualquier iniciativa al respecto. Las nuevas reglas reducirían el peso político de los estados con electorados más pequeños y de los estados con competencia más reñida entre demócratas y republicanos y aumentarían la influencia de los estados más poblados. Habría también modificaciones en las estrategias electorales de los partidos y candidatos. Y, según el diseño de las nuevas reglas, también podría incrementarse la participación electoral, transformarse abruptamente el proceso de selección de candidatos y hasta variar el número de partidos políticos relevantes. Se trataría de un impacto concreto muy grande y de una evolución política de desenlace incierto. Por lo que, salvo una crisis de magnitud excepcional, entiendo que en los Estados Unidos el colegio electoral continuará vigente.

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