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Opinión 04 10 2019

La crisis climática es la batalla de nuestro tiempo, y podemos ganarla


Autor: Al Gore









Las cosas tardan más en suceder de lo que uno piensa, pero después suceden mucho más rápido de lo que se pensaba. Los impactos destructivos de la crisis climática ahora siguen la trayectoria de esa máxima de la economía, ya que los horrores pronosticados durante muchos años por los científicos están volviéndose realidad.

Cada vez se desarrollan más huracanes destructivos de categoría 5, hay incendios monstruosos en todos los continentes salvo la Antártida, el hielo se derrite en cantidades enormes allí y en Groenlandia, y el aumento acelerado del nivel del mar ahora amenaza a las ciudades bajas y las islas.

Las enfermedades tropicales se extienden a otras latitudes. Las ciudades enfrentan escasez de agua potable. El océano se vuelve más cálido y más ácido, y destruye arrecifes de corales y pone en peligro poblaciones de peces que proveen de proteínas vitales consumidas por casi mil millones de personas.

El agravamiento de las sequías y los diluvios bíblicos reducen la producción de alimentos y desplazan a millones de personas. Las temperaturas récord amenazan con volver inhabitables zonas de Medio Oriente y del Golfo Pérsico, del norte de África y del sur de Asia. El aumento de las migraciones de refugiados climáticos está desestabilizando naciones enteras. Una sexta gran extinción podría acabar con la mitad de las especies vivas del planeta.

Al fin la gente empieza a reconocer que el clima está cambiando, y las consecuencias están empeorando mucho más rápido de lo que se pensaba. El 72% de los estadounidenses encuestados, cifra récord, dice que el clima está volviéndose más extremo. Y, sin embargo, según el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, en todo el mundo emitimos diariamente en la atmósfera que rodea la Tierra más de 140 millones de toneladas de contaminación de calentamiento global. Con frecuencia repito la observación del climatólogo James Hansen: la acumulación de dióxido de carbono, metano y otros gases de efecto invernadero -algunos de los cuales rodearán el planeta por cientos y posiblemente miles de años- ahora atrapa tanta energía adicional diaria como la que liberarían 500.000 bombas atómicas como la de Hiroshima cada 24 horas.

Esta es la crisis que enfrentamos.

Ahora tenemos que preguntarnos: ¿estamos indefensos y somos incapaces de responder a la amenaza más grave que enfrenta la civilización? ¿Es hora de desesperar, rendirse y tratar de "adaptarse" a la pérdida progresiva de las condiciones que sostuvieron el florecimiento de la humanidad, como algunos ya empezaron a aconsejar? ¿Somos unos verdaderos cobardes morales, manipulados fácilmente por un engaño constante para hacernos caer en una autocomplacencia letárgica que ignora lo que vemos con nuestros propios ojos?

Es inevitable que haya más daños y pérdidas, independientemente de lo que hagamos, porque el dióxido de carbono permanece mucho tiempo en la atmósfera. Así que tendremos que hacer lo máximo posible para adaptarnos a los cambios ingratos. Pero si actuamos rápido, todavía tenemos la capacidad de evitar consecuencias verdaderamente catastróficas que podrían terminar con la civilización.

Tenemos la tecnología necesaria. Esa máxima de la economía sobre los fenómenos lentos y rápidos, articulada por primera vez por el economista del MIT Rudiger Dornbusch y conocida como la ley de Dornbusch, también explica el tsunami de cambios tecnológicos y económicos que nos dieron herramientas para reducir la contaminación de calentamiento global mucho más rápido de lo que pensábamos hace poco tiempo. Según el grupo de investigación Bloomberg New Energy Finance, por ejemplo, en una fecha tan reciente como 2014 -un año antes de que se alcanzara el Acuerdo de París-, la electricidad generada por el sol y el viento era más barata que las nuevas plantas de carbón y de gas en probablemente 1% del mundo. Hoy, solo cinco años después, el sol y el viento son las fuentes más baratas de electricidad nueva en dos tercios del mundo. Dentro de cinco años, se espera que esas fuentes provean de electricidad nueva más barata en todo el mundo. Y en 10 años, en casi todas partes la electricidad solar y eólica serán más baratas que la electricidad que podrán suministrar las plantas de combustibles fósiles existentes.

Esta transición ya está desarrollándose en las economías más importantes. Hay que considerar los progresos hechos por los cuatro mayores emisores de gases de efecto invernadero del mundo. El año pasado, la energía solar y eólica representó el 88% de la nueva capacidad eléctrica instalada en las 28 naciones de la Unión Europea (UE), 65% de la India, 53% de China y 49% de Estados Unidos.

Actualmente, según la Oficina de Estadísticas Laborales, la ocupación de mayor crecimiento en Estados Unidos es la de instalador solar, que superó seis veces el ritmo de crecimiento de otros puestos de trabajo en los últimos cinco años. El segundo empleo con mayor crecimiento: técnico de mantenimiento de aerogeneradores.

Por otra parte, en los últimos cuatro años, el número de vehículos eléctricos creció un 450%, y varias automotrices están abandonando la inversión en investigación y desarrollo de vehículos de combustión interna, porque se espera que la curva de reducción de costos de los vehículos eléctricos pronto disminuya a niveles mucho más bajos que los de modelos diésel y nafteros. En los próximos cinco años, más de la mitad de todos los autobuses serán eléctricos, y la mayor parte estarán en China, según expertos del mercado. Por lo menos 16 naciones fijaron objetivos para eliminar los vehículos de motor de combustión interna.

En líneas generales, la evidencia indica que estamos en las primeras etapas de una revolución por la sustentabilidad, que alcanzará la magnitud de la Revolución Industrial y la velocidad de la Revolución Digital, posibilitada por las nuevas herramientas digitales. Solo para dar un ejemplo: Google redujo un 40% la cantidad de electricidad necesaria para enfriar sus enormes servidores utilizando inteligencia artificial de última generación. No necesitó nuevo hardware. Cada vez más empresas buscan alternativas sustentables a sus métodos de producción industrial.

También está en marcha una revolución en la agricultura regenerativa, liderada por los agricultores, que evita el arado y se centra en favorecer la salud del suelo aislando el dióxido de carbono de la tierra, lo que la vuelve más fértil. Los agricultores utilizan pastoreo rotativo y plantan árboles y diversos cultivos para enriquecer el suelo y protegerlo contra la erosión.

Y hasta el momento, la mejor tecnología disponible para extraer el dióxido de carbono del aire es algo que se llama árbol. Por ese motivo varios países están emprendiendo ambiciosos esfuerzos para plantar árboles. Hace poco Etiopía plantó 353 millones de árboles en 12 horas, casi el doble del objetivo de 200 millones. Los científicos calculan que tenemos suficiente tierra disponible en todo el mundo como para plantar entre un billón y un billón y medio de árboles. Para proteger nuestros bosques, enormes pero en retroceso, ahora hay nuevos satélites y herramientas digitales que pueden monitorear la deforestación prácticamente árbol por árbol, así que las empresas pueden saber si los productos que compran fueron cultivados en bosques arrasados o quemados.

Pero a pesar de todas estas promesas, aquí hay otra verdad que duele: todos estos esfuerzos juntos no serán suficientes para reducir las emisiones sin cambios significativos en las políticas públicas. Y en este momento no tenemos las políticas correctas porque quienes deciden esas políticas son las personas equivocadas. Tenemos que terminar con los enormes subsidios financiados por los contribuyentes, que alientan la quema de combustibles fósiles. Tenemos que ponerle un precio directo o indirecto a la contaminación de dióxido de carbono para alentar el uso de las alternativas más baratas y sostenibles que tenemos a disposición.

Esto implicará un ataque feroz a la autocomplacencia, complicidad, hipocresía y deshonestidad de aquellos congresistas que pagaron sus carreras entregando sus votos y su juicio a poderosos intereses especiales que están sacrificando el planeta con su codicia. Para abordar la crisis climática, tenemos que abordar la crisis de la democracia, para que la gente misma pueda recuperar el control de su destino.

Publicado en La Nación el 2 de octubre de 2019.

Link https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/la-crisis-climatica-es-la-batalla-de-nuestro-tiempo-y-podemos-ganarla-nid2293161