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Septiembre 19, 2019, 12 01am

El buen salvaje

El presidente norteamericano Donald Trump insiste con la designación de un defensor de la tortura como encargado de los Derechos Humanos de su administración.

Autor: Alejandro Garvie


Donald Trump acaba de anunciar que Marshall Billingslea, que hasta aquí se desempeñaba como secretario asistente del Tesoro para el financiamiento del terrorismo, ocuparía el cargo de subsecretario de Estado para la seguridad civil, la democracia y los derechos humanos. De este modo, Billingslea se convertiría en el principal funcionario de la rama ejecutiva de los Estados Unidos directamente responsable de la política de derechos humanos. La particularidad de este nombramiento reside en que, desde el gobierno de Bush, Bilingslea ha sido un defensor de la tortura.
El propio Trump apoyó el uso de la tortura en su campaña de 2016. Y aunque el ex Secretario de Defensa Jim Mattis y otros altos cargos responsables de la política exterior norteamericana han rechazado la práctica por ilegal, Trump ha nominado repetidamente a figuras involucradas o que apoyan la tortura en la era de Bush para puestos tanto en su administración como en el poder judicial federal.
La audiencia de nominación está programada para este jueves. Que el Comité de Relaciones Exteriores del Senado incluso considere la nominación de Billingslea –exalto ejecutivo de Deloitte como responsable de su área de Business Intelligence Services-  destaca el bajo estándar actual para los nominados de la administración Trump. Dado su historial, su nominación no debe avanzar a una votación completa en el Senado después de su audiencia. Y si es así, los senadores deberían votar en contra de su confirmación.
La historia de Billingslea promoviendo la tortura está bien documentada. Como funcionario de alto rango del Pentágono durante la administración Bush, abogó por el uso de técnicas de tortura, a menudo en contraste con los buenos consejos ofrecidos por los mejores abogados militares
Más tarde, cuando el general Richard Myers, presidente del Estado Mayor Conjunto en ese momento, propuso que el entonces secretario de Defensa Donald Rumsfeld aprobara solo algunas técnicas de interrogatorio, Billingslea alentó un camino alternativo. La recomendación de Myers, dijo Billingslea omitió casi una docena de métodos de interrogatorio favorecidos por un grupo de trabajo del Pentágono en el que participó Billingslea, y quien finalmente dejó de lado a sus abogados disidentes. Es decir que Rumsfeld debería aprobar todas las recomendaciones del grupo de trabajo, incluidas las que los mejores abogados uniformados habían sugerido que eran ilegales, socavarían la disciplina militar y afectarían negativamente el apoyo de los aliados. Así lo afirman Rob Berschinski y Benjamin Haas, ambos integrantes de Human Rights First, una de las veinte organizaciones de la sociedad civil que se opusieron fuertemente a su nominación en noviembre de 2018 y que ahora ven azorados cómo Trump insiste con su promoción a tan sensible cargo.
El puesto de Billingslea requiere ocuparse de la asistencia extranjera por valor de cientos de millones de dólares destinados a ayudar a los refugiados, proteger a los defensores de los derechos humanos, apoyar a los sobrevivientes de la tortura, ayudar a los sobrevivientes de la trata de personas y ayudar a los civiles expuestos a los estragos de la guerra y el abuso del gobierno, acciones en las que los EE.UU. se consideran un adalid y “reservorio moral”. Con el historial que Billingslea luce en defensa de la tortura a cuestas, Berschinski y Haas se preguntan: ¿Qué dirá cuando se enfrente a aquellos que han sobrevivido a la tortura a manos de los enemigos de Estados Unidos, o peor aún, de sus amigos? ¿Cómo enfrentará a los gobiernos extranjeros por sus violaciones de los derechos humanos? ¿Cómo reaccionará cuando un futuro funcionario del gobierno chino, venezolano, iraní o saudí sea acusado de tortura?
De algo podemos estar seguros: la respuesta a estas preguntas es que, en este tema, como en otros tales como el cambio climático, la inmigración, etc., el populismo de derecha abandona la “hipocresía liberal”, la corrección política para transformarse en poder desnudo, en la aceptación de los impulsos primitivos como superiores al impostado humanismo civilizatorio que pretende esconder al “buen salvaje” que tenemos dentro. Ese buen salvaje al que interpelan los Bolsonaro, los Salvini, los Johnson, los Trump, o los Pichetto abundan cada vez más y nos pretenden hacer creer que los complejísimos problemas de nuestra época tienen soluciones sencillas y prontas. Quieren borrar la angustia de la razón con la certeza del sentimiento.

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