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Opinión Agosto 23, 2019, 7 19am

Cultura, economía, populismo


Autor: Antón Costas


Uno de los temas recurrentes de las conversaciones entre amigos y conocidos ocasionales de mi periodo estival en tierras ­atlánticas ha sido las ocurrencias, racistas en unos casos y antidemocráticas en la mayoría, de los dirigentes populistas –que van creciendo en número, atrevimiento y arrogancia–, desde Matteo Salvini en Italia hasta Boris Johnson en el Reino Unido y Donald Trump en Estados Unidos. Por no mencionar a los nuestros.
Una de las cuestiones que más encono provocan en esas conversaciones es la del futuro del populismo político y la democracia. Unos, con el recuerdo de lo sucedido en los años treinta a las democracias europeas, temen que las cosas empeoren. Otros consideran que el populismo actual es un fenómeno ocasional, transitorio, aunque esa transitoriedad pueda ser relativamente larga.
Pero ¿de qué depende que sea una cosa o la otra? A mi juicio, las posibilidades políticas del populismo nacionalista autoritario dependerán de la hipótesis que hagamos sobre las causas que lo alimentan.
¿Es la cultura o la economía? Es decir, ¿es la división de valores que existe en la sociedad la que causa la polarización política y el populismo?, ¿o esta se debe al resentimiento popular ante la desigualdad y la inseguridad económica que experimentan un número creciente de ciudadanos y grupos sociales? Dependiendo de que la respuesta sea una u otra, el pronóstico y la terapia son diferentes. Si la causa del populismo es económica, la solución es llevar a cabo una política económica popular, diferente a la del neoliberalismo dominante en los últimos treinta años, y en particular después de la crisis del 2008. Pero si es la división cultural, la terapia no está clara y el futuro de la democracia es incierto.
Sucede como cuando el organismo humano coge una infección. Pronosticar su evolución y cura va a depender de si su causa es un virus o una bacteria. Si se trata de una bacteria, los médicos saben cómo combatirla: aplicar antibióticos que maten la bacteria y otros fármacos que aumenten la inmunidad. Si la causa es un virus, la cosa se complica porque no hay un tratamiento adecuado, especialmente para los virus complejos.
Entre los expertos hay posiciones enfrentadas. La explicación cultural más primaria del populismo es la que la vincula al racismo. Así, se afirma, el populismo de Trump viene del racismo. Pero Dani Rodrik, economista de origen turco de la Universidad de Harvard, rechaza este argumento. A su juicio, el racismo y el supremacismo han sido siempre una constante en la vida norteamericana, Y una constante no puede ser la causa de un cambio como el que estamos viendo. Lo mismo vale para el populismo en los países europeos.
Hay explicaciones más sofisticadas del argumento cultural. Una se apoya en un cambio de valores asociado al cambio generacional. Las generaciones jóvenes, más ricas y educadas, con unos valores laicos e individuales, estarían chocando con los valores más tradicionales de las generaciones mayores, que son el principal apoyo electoral de los populistas.
Otra explicación es el papel de la creciente urbanización. Estaría dividiendo y segregando a la sociedad no sólo en términos de ingresos y lugar de residencia, sino también de valores. Esto explicaría el voto más populista de las comunidades territoriales que el de las metrópolis y grandes ciudades.
Por su parte, los economistas han producido una serie de trabajos, bien apoyados en los datos, que vinculan el populismo político con el deterioro de los ingresos de las clases medias y trabajadoras y con la inseguridad económica que están sufriendo. Donald Trump recibió votos en todos los colegios electorales, pero muchos más en las comunidades afectadas por las importaciones de China. Si esas importaciones hubiesen sido un 50% más bajas, la candidata demócrata, Hillary Clinton, habría sido la nueva presidenta.
Este síndrome de China se ha encontrado también en el Reino Unido. Y también en otros países de la Europa occidental. Me pregunto si no vale también para Catalunya, donde la percepción de deterioro económico en muchas localidades puede haber alimentado la división cultural.
En cualquier caso, no son explicaciones excluyentes, sino que están relacionadas. A mi juicio, la línea de influencia va de la economía a la cultura. El deterioro de las condiciones de vida de las clases medias territoriales, la quiebra de sus estilos de vida y sistema de valores y la inseguridad económica creciente alimentan, como segunda derivada, la polarización cultural. Si estoy en lo cierto, y creo que sí, la solución son políticas públicas y empresariales que traigan una prosperidad inclusiva.
Publicado en La Vanguardia el 21 de agosto de 2019.
Link https://www.lavanguardia.com/opinion/20190821/464196935005/cultura-economia-populismo.html

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