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Opinión Agosto 23, 2019, 6 16am

Cómo superar los bloqueos políticos y económicos, el gran dilema


Autor: Jorge Ossona


El futuro es poco predecible. La razón moderna intentó desde la Ilustración acotar esa impredictibilidad procurando descubrir leyes del desarrollo histórico y social equivalentes a las de la física newtoniana. Pero sus certezas fueron debidamente refutadas a lo largo del siglo XX. Aun así, las democracias constitucionales renacidas y consolidadas luego de la segunda posguerra lograron contener la incertidumbre azarosa desatada por la marea abierta en 1914.
En el contexto de una legitimidad política fundada en el sufragio, las elecciones se celebran con regularidad y distintos partidos o coaliciones se alternan en el ejercicio del gobierno.
Nada cambia radicalmente fuera de los dramatismos de las campañas; entre otras, cosas porque las oposiciones a los vencedores cuentan y los contrapesos los impone una burocracia estatal calificada que resulta de acuerdos duraderos. Los resultados, por lo demás, apenas impactan en los procesos económicos. Un panorama que a treinta seis años de democracia se nos exhibe todavía utópico en la Argentina.
Los hechos históricos hablan por sí mismos. Ningún gobierno no reelecto ha terminado su gestión sin traumas. Podrían plantearse como excepciones los casos de Menem en 1989 y Cristina Kirchner en 2015.
Sin embargo, ambos ejemplos distan de ofrecer atisbos de regularidad. La crisis económica ya estaba instalada desde las postrimerías del mandato del riojano que terminó el gobierno sumido en un desprestigio bien diferente al de cualquier mandatario saliente de un país normal.
En cuanto a la Sra. de Kirchner, no solo se negó a transferir los atributos del mando sino que sus ministros les privaron ex profeso información a las autoridades entrantes.Si estuviéramos en cualquier otro vecino de la región fuera de Venezuela no tendríamos dudas que el 10 de diciembre Macri asumiría su segundo –y último- mandato, o se los transferiría a Fernández. Desgraciadamente, sabemos que si bien es altamente probable, ni siquiera es del todo seguro. Cuestión que evoca un déficit profundo de nuestra cultura política e institucional cuyas claves se ubican en el curso secular de nuestra democracia recién consolidada desde 1983.
A diferencia que cualquier otro país latinoamericano, se transitó de la dictadura militar sin pactos transicionales y a instancias de una dirigencia carente de hábitos republicanos. La mayoría de sus exponentes estuvieron próximos a alguna disrupción autoritaria cuando no a las aventuras insurreccionales de los 70; o incluso a ambas, según la época.
Salvo honrosísimas excepciones, las grandes discusiones que debieron tener como ámbito definitivo al poder Legislativo tuvieron lugar en otros parainstitucionales mediadas por operadores oficiosos de las partes. Este turbio criterio de gestión ejecutivista se extendió a todo el Estado y a las propias organizaciones de la sociedad civil. No hay prácticamente sitio en el que las grandes resoluciones no queden a expensas de estos referentes emblemáticos rodeados de cortesanos y oficiosos monjes negros en las transacciones más insospechadas y frecuentemente en el borde, o lisa y llanamente, al margen de la legalidad. Los hábitos republicanos, entonces, también escasean en una ciudadanía tolerante y proclive a un efectivísmo disociado de la ética.
Están son algunas –solo algunas- razones de nuestro grado de impredictibilidad que desconcierta al mundo. En un plano más inmediato, ¿cómo podría gobernar Macri de imponerse en el ballotage por márgenes necesariamente ajustadísimos luego del desgaste motivado por una volatilidad cambiaria que ya lleva un año y medio?
Del otro lado, ¿cómo soldará Fernández la coalición a todas luces inconsistente que encarna como lo prueba el caso único en la historia de una candidata a vicepresidente que elige al presidente y controla el principal distrito del país?
A ello se le suma el interrogante de nuestro devenir material, que nos acecha desde hace décadas. Por caso, ¿cuál será la fórmula de crecimiento económico sin la cual ningún programa –ni de “ajuste neoliberal” ni de redistribucionismo “nacional y popular”- serán viables como lo prueban todos, sin excepción, sus anteriores experimentos fallidos? También conviene en este orden partir de un problema elemental. La Argentina ha crecido desde el agotamiento del patrón desarrollista a principios de los 70 a una tasa promedio anual del 0,7%. Ese mero dato explica per se varios problemas, entre los que se destacan la acuciante pobreza suburbana extendida en todo el país y concentrada en el GBA.
Dada nuestra debilidad demográfica no es posible un crecimiento que no tenga por pivote a las exportaciones. Pero al ser estas predominantemente alimentarias, su expansión determina efectos regresivos respecto del mercado interno. Como contrapartida, el redistribucionismo a expensas de nuestras ventas necesariamente subsidiado por un Estado débil y deficitario conduce a otra trampa: la insuficiencia de divisas para comprar los insumos que requiere el funcionamiento de la economía en su conjunto. El indicador insignia del síndrome es el tipo de cambio.
¿Cómo superar estos bloqueos políticos y económicos espejados recíprocamente y volvernos al menos un poco más predecibles? Se trata de un serio intríngulis cultural de resolución aun indefinida y aparentemente remota. Se cifra allí nada menos que una existencia colectiva un poco más digna que la que sobrellevamos desde hace décadas.
Publicado en Clarín el 22 de agosto de 2019.
Link https://www.clarin.com/opinion/superar-bloqueos-politicos-economicos--gran-dilema_0_6izL_v_Mt.html

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