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Opinión Agosto 21, 2019, 10 15am

¿Que está pasando?: de vuelta los votos y el dinero están en guerra


Autor: Marcos Novaro


La gente quiere distribución. Los votos clamaron “basta de ajuste”, que Macri deje de ahorrar para pagar las Leliqs y las tarifas y el combustible que le piden los empresarios (sus amigos, para colmo) y nos dé la guita a nosotros, que consumimos, y vamos a reactivar el mercado interno, y entonces todos vamos a crecer, como en los años más felices. “Que vuelva el asado” le ganó a burlón “¡queremos flan!” de Casero.
Los mercados, la forma elegante de llamar a los dueños del dinero, les contestaron: con nosotros no cuenten; si eso es lo que quieren y lo que van a intentar, si no se bancan siquiera el poco ajuste que está haciendo Macri, nos vamos, porque para crecer, este país tiene que terminar de ajustarse, de otro modo todo es más caro y menos rentable en Argentina que en mercados comparables, va a seguir siendo así, y el capital que no se vaya ya, va a ir degradándose hasta desaparecer.
Este desacuerdo no es nuevo, es una tensión recurrente en nuestra historia desde al menos 1946, o puede que 1928, y que sólo a veces se ha gestionado razonablemente, y sólo por breves períodos. La consecuencia de este desacuerdo ha sido, en esta igual que en ocasiones comparables, una enorme y acelerada destrucción de poder político y de capital. De nuestra capacidad de hacer cosas colectivamente, tanto con dinero como con votos.
Nuestra capacidad de resolver problemas comunes, asegurar intercambios estables con una moneda confiable, y cooperar para generar condiciones de vida mínimas a la población, siempre escasa, tiende en circunstancias como esta a desaparecer. Se evapora porque no hay acuerdo ni reglas compartidas entre quienes se hacen fuertes en el terreno electoral y quienes hacen negocios. La capacidad de ganar plata y la de ganar elecciones se contraponen de tal manera, que la democracia y el capitalismo parecen dos divorciados tironeando por sus hijos y sus bienes.
El riesgo que tenemos por delante es, por lo tanto, doble: puede muy bien imponerse el mercado, en un ajuste desordenado, y entonces producirse un estallido social; o puede imponerse la voz de las urnas, y un distribucionismo descontrolado llevar a un estallido económico, la fuga masiva al dólar. Que no hay que pensar, como repetición de 2001, un evento aislado, sino como una sucesión, una cadencia de golpes, como los que da un cuerpo cuando cae escaleras abajo. En cualquier caso, se puede advertir, las dos fuerzas contrapuestas, al final del día, por cualquiera de las dos vías, pueden desembocar en un resultado semejante, un verdadero caos.
Esto es lo que venía tratando de evitar Macri desde que comenzó la crisis, en 2018. Su plan de ajuste suponía acomodar las expectativas de los votantes a la baja, y retener a los capitales ofreciéndoles ventajas que compensaran su miedo a una caída. Cerrar la brecha entre los votantes y el dinero le resultó imposible. La mayoría de los primeros no le creyó que el riesgo más grave fuera volver al pasado, que desde 2017 quedó en la nebulosa, pese a los cuadernos, ni que las mejoras en algunos bienes públicos compensaran las pérdidas en sus bolsillos, en el llamado “metro cuadrado” inmediato de su vida cotidiana. Y el dinero no le creyó demasiado que, aún él ganando, las perspectivas para el ajuste fueran tan esperanzadoras para el país: si empezar apenas el trabajo duro le costó tanto tiempo y esfuerzo, ¿por qué pensar que pudiera terminarlo? Y le cobraron muchísimo por quedarse, o se fueron sin dudar.
¿Qué es finalmente la fuga hacia el dólar? Un beneficio, ganancia o ahorro renuente a convertirse en inversión, porque hacerlo supone chances serias de desaparecer. Los capitalistas no invierten todas sus ganancias en Argentina ni siquiera cuando hay más o menos estabilidad, y no porque sean poco nacionalistas o moralmente desviados, especuladores por convicción, exceso de ambición o algo por el estilo, simplemente lo hacen porque la fuga es segura, y quedarse es incierto, aún cuando les ofrezcan en lo inmediato ganancias extraordinarias.
Suele decirse que el capital no tiene memoria. Es completamente falso. La tiene, y tiene también capacidad de aprendizaje. En nuestro caso, tienen ambas cosas en abundancia, cualquiera sea el sector, sobre las espirales de tensión que cada tanto se desatan con la política, aún cuando la política se muestra amigable, le ofrece altas tasas de interés, o mercados protegidos, o consumidores cautivos, subsidios impositivos, crediticios o todo lo anterior combinado.
Ahora, podemos ver, por caso, que los intereses de las Leliqs y en general de la “inversión financiera” no eran un capricho: sus tenedores acaban de perder millones, en un día, unas horas. ¿Son estafadores o el Estado argentino los estafó? Ninguna de las dos cosas. Ambos sabían que estas eran las reglas del juego. Pero por algo la enorme mayoría no está renovando esos papeles: prefiere asumir lo que ya perdió, a seguir perdiendo. Es el síntoma más evidente de que pasamos de un ajuste mal planificado, pero mínimamente ordenado, a un ajuste caótico, una situación de emergencia.
También es esta una buena ocasión para advertir que esas condiciones excepcionales que exige el capital para invertir no son sólo un problema de las finanzas, se observa también en actividades productivas, no hay tanta diferencia pese a que uno tiene más prestigio que el otro. Así que suele cobrar su colaboración aun más caro: son carísimas para el Estado y la sociedad en su conjunto las protecciones comerciales, excepciones impositivas, los mercados cautivos, los precios monopólicos.
Crecemos en consecuencia poco o nada. Por lo que se suma a los costos económicos enumerados, un costo político o social: los mercados no absorben mano de obra suficiente, ni producen suficientes consumidores, entonces es el Estado el que inventa puestos de trabajo y “pone plata en el bolsillo de los argentinos” y para hacerlo tiene que cobrar altos impuestos a la economía privada que vuelven aún más difícil que ella crezca. Evita el estallido social, claro, pero agrava la situación que debería resolver.
En ésta estamos y vamos a seguir estando. ¿La culpa es de los votantes? No ven que un ajuste les convenga, si son candidatos al menos al comienzo a perder, quedar afuera del sistema, y eso es lo que ven millones y millones de argentinos. ¿La culpa es de los inversores, ahorristas y demás dueños del dinero? No tienen por qué confiar si hacerlo les exige correr un riesgo cierto a perderlo todo, aún cuando se les ofrezcan anzuelos circunstancialmente tentadores.
Los dueños de los votos han vuelto a ser quienes suelen atender la demanda más primaria, y también la más racional, de la mayoría de los argentinos. Deben saber que si no admiten pronto que van a aplicar al menos parte del programa de quienes perdieron, no tienen chance de reconciliarse con los inversores. Y por tanto de estabilizar la economía. Pero, ¿cómo convencer de que eso es preciso a quienes los votaron para que hicieran lo contrario? ¿Con la polvareda de una crisis galopante, que haga olvidar quién era quién y qué reclamaba cada uno hasta ese momento? Puede ser. Pero, ¿alcanzará Macri para cargar con toda la culpa? ¿Habrá que culpar también a los capitalistas y su infinito egoísmo?
Hacerlo al mismo tiempo que se gestiona la estabilización, a costa de la audiencia a la que se ofrecen esas excusas, va a requerir todas las artes de los peronistas. Ojalá les salga bien. Si es así, podrán “volver a la normalidad”, y entonces llegará la hora de preguntarnos qué hacer con nuestra democracia y nuestro capitalismo, si podemos seguir aguantando su penosa normalidad y sus crisis recurrentes, o seremos capaces algún día de ir más allá.
 
Publicado en www.tn.com.ar el 18 de agosto de 2019.
Link https://tn.com.ar/opinion/que-paso-otra-vez-la-guerra-entre-los-votos-y-el-dinero_987116
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