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Opinión Agosto 21, 2019, 10 10am

Que pronto se volvió vieja la “nueva política”


Autor: Luis Tonelli


Fueron cuatro años de ilusiones de cambio. En los que se creyó que Argentina había dejado de ser lo que era. Qué al ritmo de las nuevas tecnologías de la comunicación, de las redes sociales, del big data, y de las apps había surgido no solo una nueva metodología para hacer política (cosa innegable) sino también había surgido un nuevo sujeto de la política.
La “gente” había hecho su irrupción. Un sujeto político sin historia y sin contexto. Un maximizador de emociones. Un “likeador” empedernido cuya militancia consistía fundamentalmente en poner a las cosas que le gustaban el pulgarcito enhiesto del “like”.
Sin embargo, al gobierno del presidente Macri le pasó lo que esos terroríficos documentales de accidentes de aviones muestran que a veces sucede. Los pilotos muy confiados se guían por instrumentos que brindan datos equivocados y el avión termina estrellándose. Aunque si hubieran levantado la vista, en vez de estar tan concentrados en la pantalla de la computadora, se habrían dado cuenta de la montaña que se les venía encima.
Las encuestas telefónicas, los focus groups, los análisis de redes, todos partieron de un mismo presupuesto: los electores son gente independiente que vota según los estímulos que los diferentes personajes de la política le hacen llegar, respondiendo a ellos pavlovianamente. En ese sentido, los votantes se nos presentaban como un conjunto de caminantes errando por un shopping y decidiéndose finalmente por uno y otro artículo.
Así, según como venían votando, el Jefe de Gabinete y su asesor estrella, dividían al electorado como los que “están con los K”, los que “están con nosotros”, y los que “están en el medio”. Por lo tanto, la cuestión consistía en convencer a los del medio de votar al gobierno. Frente a estas PASO, el gobierno radicalizó esta estrategia: la cuestión era que los del medio quedaran reducidos a la mínima expresión, en su convencimiento que puestos contra la espada y la pared ellos iban a inclinarse por la racionalidad oficialista.
Los resultados fueron catastróficos: las PASO no fueron una encuesta universal. No fueron un mero ensayo general de orquesta. Las PASO, para el Frente de Todos, resultaron directamente el ballotage. Sí, porque en números redondos la fórmula Fernández-Fernández obtuvo casi la misma cantidad de sufragios que los que Daniel Scioli consiguió reunir en la segunda vuelta del 2015, cuando eran solo dos candidatos, él y Mauricio Macri, concentrando todo el voto peronista. Por su parte, el presidente Macri consiguió aproximadamente los mismos votos que había obtenido en la primera vuelta del 2015.
Más que esos votantes-consumidoreserrantes reaparece una división muy bien conocida por los argentinos y a los que se la decretó fenecida erróneamente muchas veces desde la Revolución Libertadora: la distinción “peronismo-no peronismo”. División persistente, no encolumnada demasiado estrictamente con ninguna ideología, muy ligada a la pertenencia subjetiva de clase y distribuida territorialmente de modo muy estable.
Para decirlo brutalmente, en estas PASO, el peronismo fue todo junto y el no peronismo quedó tentado por muchas opciones en el cuarto oscuro: votarlo a Macri; votarlo a Lavagna; votarlo a Espert; votarlo a Gómez Centurión, votar en blanco y no ir a votar (incluso, alguno le habrá metido en el sobre una boleta de Del Caño).
La cuestión se ve patente en las provincias. María Eugenia Vidal, que fue el objeto del deseo del círculo rojo, y que llevó a que todos apostaran cuantos cortarían boleta por ella, obtuvo la misma cantidad de votos que las que había sacado en las PASO del 2015 cuando enfrentó a Aníbal Fernández. Pero el “comunista” Axel Kiciloff reunió todo el voto peronista y obtuvo lo que había obtenido en las PASO del 2015 Aníbal sumado a los votos de Felipe Solá, enrolado en ese minuto en las huestes de Sergio Massa.
En todos los distritos grandes, la formula Fernández-Fernández quedó engrosada por el aporte de votos que antes iban para los “renovadores” de Massa, caso Córdoba, donde Macri pudo imponerse, pero mermaron sus votos y aumentaron significativamente los del Alberto Fernández respecto a Daniel Scioli y en Santa Fe, el peronismo unido le sacó 10 puntos de ventaja a Juntos por el Cambio.
Al Gobierno le queda la tarea enorme de evitar el infierno tan temido del crash. Pero esto entra en contradicción con la estrategia electoral de aumentar la grieta para intentar que todo el voto no peronista engrose su candidatura. Si los que tienen más posibilidades de ganar van a defaultear, dicho por el mismo Gobierno, será muy difícil estabilizar las cosas. Por otro lado, Alberto Fernández legalmente solo ha ganado el derecho a participar en la primera vuelta electoral y nada más. No tiene -ni le conviene- adelantar ni políticas ni equipos ni nada (máxime cuando tiene el monitoreo cercano de su candidata a vice presidenta, una tal Cristina Fernández de Kirchner).
La Argentina, otra vez. Ante el horror de caernos del mapa de nuevo y el volver del Eterno Retorno de la decadencia. Pero también, ante la oportunidad de que impere una racionalidad colectiva que procese la crisis y le encuentre responsablemente una salida. Si algo nos enseñan los crash que hemos tenido es que después de ellos los que estaban mal quedan peor. Mucho peor.
Publicado en El Estadista el 20 de agosto de 2019.
Link https://www.elestadista.com.ar/?p=15595

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