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Opinión 24 07 2019

ESMA: ¿una visión oficial de la historia?


Autor: Sabrina Ajmechet









"Eso que estás haciendo está prohibido: acá hay una voz oficial y no puede hablar cualquiera sobre lo que pasó en este lugar”. Con esas palabras se presentó el guía del Museo Sitio de Memoria ESMA, dándonos la pauta a mi y a los estudiantes de mi curso de historia argentina sobre cómo debíamos actuar durante la visita guiada.

Dos veces al año llevo a mis alumnos al Casino de Oficiales, el edificio en el que, durante la última dictadura militar, funcionó un centro clandestino de detención, tortura y lugar de traslado hacia la muerte. Las normas establecen que los grupos deben recorrer el edificio junto a un guía del lugar; así, las visitas se pactan con anterioridad y se fija un horario. Habíamos llegado un poco temprano, por lo que se me ocurrió conversar mientras esperábamos.

Nos acercamos a un plano que hay a la entrada del predio y ahí empecé a contarles qué edificios había en este terreno, cuál era su uso en los años 70 y qué destino tenían actualmente. En eso estaba cuando llegó el guía y me informó que solo quienes expresan la voz oficial pueden hablar en aquel sitio.

Pregunto: ¿tiene que haber una –y única- voz oficial en un espacio de memoria? ¿Qué implicancias tiene que haya una voz oficial?

El proceso de elaboración del guión del espacio de memoria fue fruto de discusiones difíciles y compromisos precarios. Se llegó a un consenso básico en el que se acordó que el recorrido por el ex Centro de Detención se reconstruiría exclusivamente a partir de los alegatos judiciales de quienes estuvieron ilegalmente recluidos allí. Es comprensible que haya ocurrido así. Por otro lado, narrar este espacio sólo a partir de los testimonios de las víctimas es problemático, tanto desde el punto de vista de recreación de la historia como de reflexión sobre el pasado. Las víctimas tuvieron la experiencia directa de lo indecible, pero a la hora de construir la narración del pasado se necesitan también otras miradas. La ESMA no le pasó únicamente a quienes estuvieron ahí. Fue una tragedia que nos atravesó como sociedad; es necesario explicarla incluyendo los recuerdos de las víctimas, pero sin limitarse a ellos.

Hay otro problema ineludible: el de la emotividad y la racionalidad en espacios donde habitó el terror. Un diálogo más amplio, que sume otras miradas (puntos de vista presentes en el debate académico, gracias a los aportes de Vezzetti, Hilb, Carnovale, Franco y otros estudiosos del período), podría honrar la experiencia de las víctimas uniendo sus testimonios con una reconstrucción más completa sobre cómo se llegó y qué significó la existencia de un centro clandestino de detención para la vida política de nuestro país.

El único momento en el que las voces de las víctimas son acompañadas por otros relatos es en la proyección de un corto que realiza un recorrido histórico muy discutible, en el que se narra el siglo XX dividiendo una compleja realidad social y política en actores buenos que enfrentan a otros que son malos.

Esto es un error, porque no hay una contextualización suficiente sobre el período y sus problemas que permita al visitante no especializado comprender a la ESMA por fuera de la ESMA. Se trata de un sitio de memoria —podría argumentarse— y no de un museo de los años de la dictadura. Pero la pregunta persiste: ¿es posible entender las atrocidades que allí ocurrieron sin entender la época?

Dar esta discusión significa transitar algunas cuestiones difíciles. Por ejemplo, el postulado de que aquí tuvo lugar un genocidio. Según la definición de 1948 de la ONU, la figura de genocidio solo aplica a crímenes cometidos con la intención de destruir un grupo nacional, étnico, racial o religioso, situaciones en las que las personas son víctimas toda vez que son perseguidas por una característica que no eligen tener. La dictadura militar asesinó y torturó a muchas personas por sus ideas y sus prácticas políticas. Es decir, por algo que no sólo eligieron sino que sintieron orgullo al elegir. Por eso hay familiares de desaparecidos que rechazan la figura de víctima y que incluso sostienen la contraria: fueron héroes, aseguran.

Es necesario reabrir debates y hacernos cargo de que existen, en vez de invisibilizarlos bajo una voz única y autorizada. Encontrar consensos, pero que ya no sean mínimos, sino que contribuyan a ampliar la conversación pública. Un ejercicio en el que escritores, filósofos y pensadores de variadas tradiciones aporten diversas interpretaciones y puntos de vista, presenten las tensiones existentes y, a la vez, no pretendan homogeneizarlas y resolverlas mediante la simplificación o la negación.

Por sus ideas y sus prácticas políticas, hombres y mujeres sufrieron encierros ilegales y torturas a lo largo de días, a veces meses o incluso años. En la ESMA y en tantos otros centros clandestinos distribuidos en todo el país, los militares utilizaron de forma ilegal los resortes del Estado para silenciar a quienes consideraban peligrosos y para extirparlos de la sociedad.

Una forma virtuosa de recordarlos es no admitir que existan en la Argentina lugares donde está prohibido expresar una idea. Especialmente en la ESMA. ¿Qué mejor manera de honrar a las víctimas que resignificar el lugar del horror, transformándolo en un espacio donde los debates son bienvenidos?

 

Publicado en Clarín el 23 de julio de 2019.

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