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Opinión Mayo 13, 2019, 5 16am

Gobierno-oposición: una nueva oportunidad para ordenar nuestro sistema político


Autor: Jorge Ossona


El acuerdo propuesto por el Gobierno constituye una nueva oportunidad para ordenar al sistema político concebido por la crisis de 2001, e intentar relanzar nuestro capitalismo paralizado hace casi diez años.
Como punto de partida es auspicioso: el Gobierno empieza cediendo al formular la convocatoria en medio del proceso electoral. Debería predisponerse incluso a ceder aún más en una agenda abierta que no admite condicionamientos previos fuera del respeto por la ley y la Constitución Nacional. Algunos intentos fallidos en el pasado podrían servir como antecedente de lo que esta vez no debería pasar.
En junio de 1955, luego del intento golpista de la aviación naval con su saldo de cuatrocientos civiles bombardeados a cielo abierto y el subsiguiente incendio de varias iglesias en la Capital, el presidente Perón convocó a un acuerdo. Renunciaba a su auto investida conducción de “jefe de la Revolución” para asumirse como presidente de todos los argentinos.
La iniciativa venía siendo tanteada con algunos adversarios desde el comienzo de su segunda gestión en 1952 cuando luego del golpe militar fallido un año antes, el régimen se endureció deslegitimando en los hechos a la oposición.
Luego vinieron las fricciones con la Iglesia que acabaron en ruptura y la réplica sediciosa de los comandos civiles. Tras el conato de junio, Perón pareció tomar conciencia de los riesgos de una guerra civil. De haber prosperado el acuerdo tal vez se hubiera podido avanzar en la prosecución de las negociaciones con la Iglesia y algunos opositores cruciales para evitar tanto un nuevo golpe como el afianzamiento de los sectores más autoritarios del peronismo. No prosperó y el desenlace abrió cauce a una tragedia que duro hasta 1983.
En el verano de 1976 tras el aborto del “aerogolpe” de la Fuerza Aérea y el intento de copamiento guerrillero del Arsenal Viejobueno, el gobierno de Isabel Perón se desvanecía en medio de la crisis económica y el vacío de poder. Algunos dirigentes plantearon la necesidad de detener el golpe en marcha mediante un acuerdo que trasladara el protagonismo político desde el Ejecutivo al Congreso.
Se dispondría desde allí el eventual juicio político a una presidente desbordada y llegar a las elecciones generales anticipadas para octubre. La fórmula pasaba por su relevo –ya ensayado durante su licencia del año anterior- y sustitución por el senador Ítalo Luder.
Fracasaron: la mayoría del peronismo se abroqueló en torno de una jefa que no lo conducía, al tiempo que sectores de la oposición y aun del oficialismo aceleraron su aproximación a los golpistas. Sobrevino entonces la pesadilla de la última dictadura.
En 1993, el presidente Carlos Menem lanzó su propuesta de reforma constitucional en los términos de aquella formulada por su antecesor Raúl Alfonsín en 1986 y que quedó trunca por su derrota electoral un año más tarde. La intención de actualizar algunas instituciones de la república por un gobierno aun económicamente exitoso disimulaba mal una voluntad presidencial meramente reeleccionista. Alfonsín, quien poco antes había afirmado que “ni loco” habría de firmar un acuerdo, acabó haciéndolo para dar una vuelta de página a la crisis del sistema político abierta en 1930. En su defecto, Menem habría forzado con toda seguridad una Convención Constituyente facciosa como las de 1949 y 1957. Finalmente, el denominado “Pacto de Olivos” habilitó a una reforma que, más allá de sus debilidades, actualizó a la Constitución y fue legitimada por todos. Pero una vez reelecto, el presidente se lanzó a impulsar una nueva reforma con designios inequívocamente perpetuacionistas: fue el principio de su fin.
En plena reactivación económica, tras la crisis del Tequila, fue derrotado por una coalición opositora que dos años después volvió a derrotar –con su indisimulada aquiescencia- a su propio partido. La crisis de sucesión dentro del peronismo condujo por vía directa al sismo político y social de 2001 que desembocó, a su vez, en la grieta que hoy se aspira a suturar. En las tres oportunidades los riesgos estaban a la vista: el ascenso de los paladines de la venganza en 1955 y 1976, y una nueva fractura de la civilidad en 1994 que la irresponsabilidad política ulterior no pudo evitar.
Hoy los riesgos son otros: la prosecución indefinida de la parálisis económica, el acechante fantasma de una detonación social de proporciones desconocidas que se yergue cada diciembre, e incluso una ruptura del régimen constitucional que nos ha permitido desde 1983 una convivencia civilizada aunque más de una vez – y no sabemos si hoy de nuevo- al borde del abismo. Resulta comprensible, entonces, la preocupación de dirigentes responsables dentro del oficialismo como de la oposición.
Pero para que ese pacto cobre envergadura histórica deberá suponer compromisos desconocidos por la colusividad de nuestra cultura política. Todas las partes tendrán que ceder en pos de ese valor solo declamado: el interés general. En su defecto será, en el mejor de los casos, solo una nueva declaración de buenas intenciones huecas; y en el peor, una instancia para que cada una de las partes plantee aditivamente sus sagrados –y por siempre “patrióticos”- intereses corporativos a costa del resto. Ojalá que la pequeñez y la mezquindad queden esta vez relegadas. Y que estemos en presencia del jalón para empezar a salir por fin de esta larga decadencia que sigue asombrando al mundo.
 
Publicado en Clarín el 9 de mayo de 2019.
Link https://www.clarin.com/opinion/gobierno-oposicion-nueva-oportunidad-ordenar-sistema-politico_0_WVlj3YSab.html
 

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