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Opinión 22 02 2019

En una democracia agrietada, la disputa es por la idea de cambio


Autor: Luis Tonelli









En un país donde la grieta manda, es lógico que la idea de cambio domine en las encuestas. De ella supo aprovecharse, en su momento, la oposición al kirchnerismo. Cambiemos fue el emblema-logo que la coalición supo darse. Y las palabras tuvieron correlato con ese sucedáneo de la realidad que tenemos en estas épocas de rampante virtualidad: la imagen.

Nada de las cosas que pasaron después -Sr. Presidente dixit- ha conseguido hacer mella suficiente en esa imagen de cambio que Cambiemos irradia. Una estética que no tiene nada que ver con la de la política tal como siempre se hizo y se hace en la Argentina. Personas que no tienen nada que ver con las de la política de siempre. Gestos, dichos y actitudes que no tienen nada que ver con las de la política de siempre.

Es probable que esta renovación y cambio en los comportamientos gubernamentales haya tenido como correlato alguna de las ingenuas y estrepitosas metidas de pata de las que la Administración Macri ha hecho gala sorprendente. Pero, en no pocas ocasiones, estos errores no forzados generaron la comprensión e indulgencia social por la misma expectativa del cambio: “No son políticos”; “vienen de las empresas”; “al menos, reconocen cuando se equivocan”.

Frente a estos sentimientos anti-políticos (que le permiten al gobierno de Cambiemos hacer política, a tal punto que -pese a todo- puede exhibir esperanzas de reelección presidencial) ni nuestro proverbial ombliguismo puede esconder que estamos ante un fenómeno de alcance global. Hoy imperan las democracias agrietadas, plenas de outsiders y personajes extremos y caricaturescos.

La ideología universal hoy es, así, la de la “indignación”: los pobres indignados contra el gobierno por estar dominados por los ricos, los ricos contra el gobierno por dejarse dominar por los pobres, la clase media contra el gobierno por dejarse dominar por los políticos tradicionales. El poder político exhibe el monopolio de la generación de frustraciones individuales -a las que contribuye, también, con lo suyo-.

En el norte, estos sentimientos se han dirigido en contra de las instituciones que residen en Washington o en contra de las que residen en Bruselas. Por el contrario, en América Latina, el movimiento antipolítico disruptivo se conformó en contra de una disrupción anterior, la del populismo, iniciándose cuando la cajita feliz de las commodities comenzó a mostrarse vacía.

De allí que, paradójicamente, en la Argentina, la indignación asumió -en vez del característico populismo de derechas- un republicanismo anti-populista de superficie, por una “normalidad” que el gobierno de Cambiemos encarnó inicialmente como fiel reflejo de las demandas de la G.E.N.T.E. (en ese proxy de ella que se conoce como encuestas).

Luego, la frustración generalizada ha obligado al Gobierno a abusar del gerundio, situando en el futuro esa normalidad. El Ya Cambiamos de Cambiemos se ha desfigurado en un conflictivo “estamos cambiando” (que a veces es solo un “estamos intentando cambiar”).

Es en este contexto donde tendrán lugar los comicios presidenciales. Más que de una elección se trata de una des-elección: se votará para evitar lo que cada uno cree que puede ser lo peor para la Argentina (o sea, para el sujeto en cuestión). De este modo, el logro más importante de Cambiemos no es su gestión, precisamente, si no el poder seguir gestionando, ya que ha conseguido una gobernabilidad inédita para un gobierno no peronista bajo circunstancias difíciles.

Sin crisis terminal, el peronismo se fragmenta en todos lo que piensan que “pueden ser”, dinámica que solo puede ser superada si la imagen del gobierno cae a tal punto que la intensidad kirchnerista sea la comprendida como el mal menor, cocarda que hoy luce comprensiblemente sin orgullo el gobierno de Mauricio Macri.

Y sobre todo, la desvertebración alienta a que cada uno cuide su quincho, en lo que es una reafirmación de “lo de siempre” que ayuda a un electoralmente escuálido Cambiemos.

En primer lugar, porque el tan mentado desdoblamiento de las elecciones para gobernador con respecto a la elección nacional es un desacople que repite la estrategia de un saliente Carlos Menem con respecto a Eduardo Duhalde, en donde una vez elegidos los mandamases provinciales, se desentendieron del candidato peronista. Claro que, esta vez, la mayoría de los desdoblamientos son de provincias gobernadas por el peronismo que no traccionarán para los presidenciales partidarios mientras que Mauricio Macri impuso la concurrencia de la provincia de Buenos Aires y de la Ciudad.

Y en segundo lugar, porque la reafirmación de la hegemonía peronista en las provincias, en una mayestática estabilidad, alinea nuevamente a Cambiemos con esa idea de cambio que se pretende para el país, menos, obviamente, aquel que nos puede afectar negativamente a cada uno de nosotros.

Publicado en Clarín el 21 de febrero de 2019.

LInk https://www.clarin.com/opinion/democracia-agrietada-disputa-idea-cambio_0_R2P-ecGUA.html