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Opinión 11 01 2017

Raúl Barón Bizza


Autor: Rogelio Alaniz









Publicado en www.rogelioalaniz.com.ar el 18 de agosto de 2016

 

El domingo 16 de agosto de 1964, el señor Raúl Barón Biza le arrojó ácido muriático en la cara a su esposa, Clotilde Sabattini, hija del caudillo radical. Después se encerró en su cuarto, tomó estricnina y, para asegurarse, se disparó un tiro con su revólver calibre 38. Los hechos ocurrieron en su departamento de la ciudad de Buenos Aires, sito en Esmeralda 1256, octavo piso. Los testigos del episodio fueron los abogados Aníbal Martínez Sosa, Pedro Cinqualbre, Alberto Vera Barón, el publicista Federico Vidal Carrillo y el hijo, Jorge Barón Biza.

El motivo de la reunión era formalizar el divorcio de Barón Biza y Clotilde Sabattini. Hubo una reunión a la mañana, pero las discusiones de la pareja obligaron a los abogados a suspenderla y continuarla a la tarde, con la esperanza de que se calmaran los ánimos. Jorge, el hijo, había reclamado que en la reunión hubiera testigos porque temía alguna reacción violenta de su padre.

A la tarde todo pareció funcionar a las mil maravillas. Hasta el momento en que Barón Biza propuso un brindis para celebrar civilizadamente el acuerdo. Fue en ese momento en que le ofreció a ella una copa que supuestamente contenía champagne y, ante la sorpresa de todos, le arrojó el ácido muriático a la cara.

Casi treinta y cinco años después Jorge, testigo del drama de ver a su madre con el rostro devastado por el ácido, escribió una excelente novela El desierto y su semilla referida a ese episodio. En 2004, Jorge se suicidó en Córdoba. Unos años antes se había suicidado su hermana Cristina y, en 1978, en el mismo departamento de Esmeralda 1256, Clotilde Sabattini, se había arrojado al vacío desde el octavo piso.

Una saga trágica para vidas trágicas, cuyo rasgo distintivo fue la pertenencia de todos los personajes a familias mimadas por la fortuna y el prestigio político. El protagonista central de aquella tragedia fue Raúl Barón Biza, millonario, play boy, bon vivant, revolucionario radical, escritor pornográfico, duelista y, como para que nada le faltara a una biografía signada por el escándalo y los contrastes, pariente, por el lado de su hermana, de Ernesto Guevara, más conocido como el Che.

Oí hablar por primera vez de Barón Biza en mi adolescencia. Mi padre comentaba con sus amigos sus novelas escandalosas. A los chicos, lo prohibido siempre nos seduce. Por lo menos, eso era lo que a mí me pasaba. Mi padre había comprado su última novela: Todo estaba sucio. Al libro lo había escondido en su ropero para que yo no lo leyera. Como suele pasar con los padres aprensivos, sin proponérselo hizo todo lo necesario para que yo removiera cielo y tierra hasta dar con el libro. Fue lo que pasó. Di con el libro y lo leí en dos noches. Me encantó. A través de Barón Biza descubrí un mundo de estancieros millonarios y viciosos que despilfarraban sus fortunas en París acompañados por hermosas mujeres con las que compartían fiestas y sexo todas las noches del año.

Las anécdotas eran interesantes, pero mucho más interesantes eran las reflexiones amargas y cínicas de los personajes. Machistas, melancólicos, fanfarrones, decadentes… en definitiva, encantadores, encantadores para un adolescente criado en un pueblo, amigo de las lecturas y de dejar volar su imaginación en aventuras de espadachines, piratas y calaveras millonarios que parecían encarnar un modelo masculino modelado en los excesos y el escándalo.

Después, muchos años después, supe que esa literatura no era ni original ni rebelde. Todo lo contrario. Los textos de Barón Biza estaban influidos por lo peor de Vargas Vila, y su filosofía era una versión anacrónica y vulgar de Nietzsche y Schopenhauer, con arrebatos verbales al estilo Almafuerte. Las proclamas de Barón Biza se parecían más a los caprichos de un estanciero neurótico y malcriado que a la rebeldía.

Mi padre debe de haber sospechado de mis lecturas clandestinas, porque el libro desapareció y nunca más supe de él. Intenté encontrar sus anteriores novelas: El derecho de matar y Punto final, pero fue imposible. Esos libros que en su momento se habían vendido como pan caliente y, en el caso de El derecho de matar, se había representado en el teatro con la participación estelar de Luis Sandrini, habían desaparecido de todos los lugares públicos, empezando por las bibliotecas.

Por lo tanto, cuando ese martes 18 de agosto, salió en todos los diarios la noticia de que Barón Biza se había suicidado después de haber destrozado el rostro de su mujer, el desenlace no me llamó demasiado la atención. Como ocurre en la actualidad, durante una semana los diarios y revistas se dedicaron a comentar el episodio. Allí se hablaba del escritor, el estanciero multimillonario, el hombre que en su momento había estado casado con la célebre Myriam Stefford, la misma a la que, cuando se mató en San Juan piloteando un avión, le levantó en su homenaje un obelisco a pocos kilómetros de la ciudad cordobesa de Alta Gracia.

También se hablaba de su estancia Los Cerrillos. En ese casco, durante más de quince años, se celebraron ruidosas fiestas, a las que asistía la crema de la sociedad porteña y cordobesa. La misma estancia que había sido en los años treinta una suerte de aguantadero de revolucionarios yrigoyenistas que conspiraban contra el régimen conservador. No terminaban allí las noticias. Una leyenda aseguraba que cuando Hipólito Yrigoyen murió, en 1933, Barón Biza pagó de su bolsillo un tren para que los radicales de Córdoba pudieran viajar a Buenos Aires a despedir al jefe de la UCR. El tren llevaba en la trompa de la locomotora un retrato de Yrigoyen. Lujos que se dan los millonarios.

No sólo trenes pagaba Barón Biza. También financiaba revoluciones. El precio a pagar por sus obsesiones o lealtades fue el del exilio y la cárcel. En esas patriadas conoció a Jauretche, a los hermanos Kennedy, Pomar, Cattáneo y, por supuesto, a quien luego sería su suegro: Amadeo Sabattini. La amistad entre estos dos hombres debe haber sido sólida porque la campaña electoral de 1935 fue financiada con las vacas y los patacones de Barón Biza, sin que por ello “don Raúl” pidiera nada a cambio,

También se habló de la tormentosa relación con Clotilde. Es que Barón Biza no podía hacer nada sin incorporar una cuota de escándalo. En este caso procedió a secuestrar a la niña quinceañera, quien –dicho sea de paso– participó alegremente del operativo. La pareja se escapó a Uruguay y luego de las consabidas idas y venidas, se casaron con la autorización resignada de la familia.

Se dice que don Amadeo no perdonó nunca ese atropello a su querida hijita. Pero no concluyeron allí los perjuicios para el caudillo radical. Como consecuencia de ese escándalo, su esposa se fue a vivir a Buenos Aires con sus hijos y él se quedó solo en Villa María, ejerciendo su profesión de médico y sus dotes de dirigente político, el más importante después de Yrigoyen, según sus biógrafos.

En los años del peronismo, los Barón Biza fueron opositores sistemáticos y enconados. Para esa época, de don Raúl no se sabía con certeza si los procesos abiertos eran por sus conspiraciones políticas o por su literatura pornográfica. Ella, mientras tanto, había crecido y era una mujer hermosa e inteligente. En esos años se había recibido de maestra en la escuela Alejandro Carbó de Córdoba a la que asistía a clases en un auto lujoso manejado por un chófer, atención de su marido.

Con su título de maestra Clotilde se especializó en temas educativos, pero a los efectos de este relato, lo que importa saber es que así como en esos años Evita fue el símbolo femenino del peronismo, para los antiperonistas el símbolo fue “la Barón Biza”. Y lo era por su apellido, su belleza, sus encendidas arengas contra el tirano, sus detenciones y sus exilios en Montevideo.

Después de 1955, y como para darle el último dolor de cabeza al padre, su hija del alma se fue con la UCRI, liderada por Arturo Frondizi. Cuando la UCRI llegó al poder en 1958, ella fue designada presidente del Consejo Nacional de Educación. Las conquistas más importantes del magisterio en la segunda mitad del siglo veinte pertenecen a ese período. Don Raúl fue designado embajador, lo que dio lugar a que circularan rumores acerca de una relación sentimental entre Clotilde y Frondizi.

Esos rumores nunca se confirmaron, pero tampoco se desmintieron. De todos modos, a un machista impenitente como Barón Biza, le debe de haber causado poca gracia que su mujer adquiriera brillo intelectual y político propio. La pareja, a decir verdad, nunca anduvo bien. Como los personajes de los boleros o los culebrones tropicales, se amaban y se odiaban. Estuvieron más de treinta años juntos. Tuvieron tres hijos, él intentó suicidarse por lo menos dos veces, amenazaron divorciarse en infinidad de ocasiones y, finalmente, cuando estaban a punto de consumarlo, él eligió una salida trágica, muy en su estilo, muy en ese estilo macabro que había anticipado en sus novelas.

Raul Carlos Barón Biza nació en la ciudad de Buenos Aires el 4 de noviembre de 1899. Ese año nació Jorge Luis Borges, pero en este punto empiezan y concluyen las coincidencias. También para esa época nació Roberto Arlt, al que más de un crítico intentó compararlo. Barón Biza nunca tuvo el talento literario de Arlt, pero muy bien podría decirse –como se dijo– que su vida se parece a la de un personaje salido de una novela de Arlt.

Su padre fue Wilfred Barón y su madre, Catalina Biza. Barón hizo su fortuna en la especulación y el comercio. Era de ascendencia francesa y se dice que sus antepasados habían sido dueños de un castillo en Gageac, donde nació su padre, Víctor Barón en 1835. Gageac será muchos años después el nombre que uno de sus bisnietos, Jorge, recuperará en su libro, El desierto y la semilla, una de las grandes novelas de la Argentina.

Por su parte, los Biza pertenecían al patriciado tucumano. Raúl siempre recordaba que don Jerónimo Biza fue maestro de Julio Roca. Catalina Biza fue católica de misa diaria. A su iniciativa pertenece la construcción del colegio “Wilfred Barón de los Santos Angeles” en Ramos Mejía. No fue un proyecto menor. Los costos de la edificación levanatada en homenaje a la memoria de su marido, superaron el millón de pesos. El edificio sumaba más de seis mil metros cuadrados cubiertos. Según el escritor Christian Ferrer, allí cursaron los escritores David Viñas y Abelardo Castillo.

Unos años después Barón Biza le enviará una carta al Papa recordándole que “dos millones de francos fueron donados en respeto a la memoria de un ser para mi sagrado”, para luego reprocharle que en esa institución se cometían “crímenes de desviación espiritual”. Su carrera anticlerical empezaba a cobrar forma. La carta luego presidirá su primera novela: El derecho de matar.

El matrimonio tuvo siete hijos, pero los que vivieron fueron cinco. El único que trascendió a la fama fue Raúl. La pareja se casó en 1890. Ella tenía diecisiete años y él veintiséis. Wilfred murió en 1925 y ella en 1929. La fortuna de los Barón Biza incluyó campos, viviendas y depósitos bancarios, además de joyas, piedras preciosas y una bóveda en el cementerio porteño de La Recoleta. Las revistas dedicadas a estos chismorreos aseguraban que su fortuna superaba los veinticinco millones de pesos, en un tiempo en que un millonario, como la palabra lo sugería, era titular de un millón de pesos a lo sumo.

“Yo no soy culpable de mi riqueza –escribió Raúl– no hice más que heredarla”. Tampoco tuvo culpas en gastarla. Gastarla espléndidamente en mujeres, viajes, caprichos y revoluciones derrotadas. Nunca dejó de pertenecer a las clases altas, pero siempre despotricó contra ellas. Fue su francotirador, su marginal maldito. No fue marxista, pero renegaba de la sociedad establecida. Nunca fue marxista, pero a su padre le dio más de un dolor de cabeza soliviantando a los peones de las estancias en su contra. En un manifiesto escrito para explicar su filiación política escribe: “Nací revolucionario como otros nacieron proxenetas o cornudos”. En esa frase ya está prefigurado su estilo.

Su versión personal de la lucha de clases no era entre proletarios y burgueses, sino entre lobos y corderos. En esa lucha no había otra salida que el exterminio de unos y otros. ¿De que lado estaba él? Nunca lo dijo. No era ese su interés. Porque más allá de la retórica, su rebeldía nunca fue más allá de su feroz individualismo y su acerada inteligencia. Hablaba como un guapo y se portaba como un guapo. Como se dice en estos casos, “el hombre se las aguantaba”. Una de sus grandes satisfacciones se produjo cuando se enteró de que uno de los peones de la estancia comentó en una pulpería: “Es macho el patrón”. Y los otros asintieron en silencio.

Raúl tenía cuatro años cuando su padre compró la estancia “Los Cerrillos”, ubicada a pocos kilómetros de la ciudad de Alta Gracia. Wilfred Barón, muy al estilo de los grandes señores de su tiempo, enviará a sus hijos a estudiar al extranjero. Raúl viajó a Estados Unidos y estudió en un colegio que dependía de la universidad de Harvard. Sus biógrafos aseguran que entre 1914 y 1931 el hombre vivió en el extranjero. En Europa y Estados Unidos. Allí disfrutó de los exquisitos placeres de los “niños bien” argentinos. “Desde el año 1913… hasta 1931, en muy pocas ocasiones regresé a mi patria. Sólo me guiaba en esos viajes el deseo de abrazar a mi madre”.

El amor a la madre. Se dice que doña Catalina fue la única mujer que quiso en serio. Es lo que se dice. Machista y misógino, el amor a la madre fue un previsible artefacto retórico para ajustar cuentas con su tortuosa relación con las mujeres. “La madre es santidad, la mujer delito. La madre es espíritu, la mujer es materia. La madre es virtud, la mujer es pecado”. Infinitas letras de tango abundan en las mismas consideraciones. El lugar común es previsible, pero lo que no es previsible es que a semejantes cursilerías algunos la consideren literatura.

Sin embargo, la literatura para Barón Biza no fue un hobby o un entretenimiento de niño rico. Creyó en ella y se esforzó en escribir páginas que consideró revolucionarias y trascendentes. Le gustaba escandalizar y asustar burgueses con sus arrebatos verbales. No era un farsante. Creía en lo que hacía y se jugaba el cuero en sus empeños. Así lo hizo hasta el último momento de su vida. Sus tres grandes novelas: El derecho de matar, Punto final y Todo estaba sucio fueron publicadas en 1933, 1943 y 1963. En ellas ya está definido –para bien y para mal– su estilo literario.

En la década del veinte ya había incursionado en la literatura con otros títulos como Del ensueño, Alma y carne de mujer y Risas lágrimas y sedas. Son sus libros iniciales. Hoy es imposible encontrarlos, pero en su momento merecieron algunos comentarios en los diarios porteños. El estilo y los temas no están definidos, pero se insinúan. Su retórica después será una marca en el orillo: “Arreglóse la cofia que aprisionaban sus blondos bucles”. Hay otro párrafo mucho más grave: “Sus cabellos de ébano, destrenzados y esparcidos, velaban, a modo de público cendal, las morbideces tentadoras de sus senos”. ¿Adefesios verbales de la época? Puede ser. ¿Letras de tango? Tal vez, pero no de los mejores. A Barón Biza algunos lo compararon con Discépolo, pero una cosa es contar una historia en tres minutos y otra muy diferente es hacerlo en 300 páginas. En estos casos la brevedad provoca efectos literarios. O disimula defectos. Además, Barón Biza carecía de atributos que en Discépolo eran distintivos: el sentido del humor y la compasión.

En esos años fundó una revista de literatura que título con el sugestivo nombre de Charleston. El semanario editó tres números. La publicación se suspendió cuando su director se subió a un barco de millonarios decidido a recorrer el mundo, porque los viajes en trasatlánticos lujosos fueron otra de sus aficiones. El más célebre fue el que realizó en el Cap Polonio en julio de 1926. Duró ochenta días. Alrededor de 350 viajeros, distinguidos por sus apellidos y sus chequeras emprendieron la gira por las principales ciudades de Europa. La excursión incluyó la URSS. En San Petersburgo y en Moscú llamaba la atención esa comitiva de multimillonarios elegantes que apreciaban con mirada recelosa y crítica las virtudes del comunismo soviético. Entre los viajeros estaba Luis Luchia Puig, el ministro de Alvear, Tomas Le Bretón y un joven a quien su padre lo llevaba como acompañante para que el chico conociera el mundo y el estilo de vida de los ricos. Ese joven se llamaba Rodolfo Puiggrós y todavía no se había afiliado al Partido Comunista y, mucho menos, imaginaba un destino político en la izquierda peronista.

Barón Biza, el dandy porteño, no se iba a privar de escandalizar a su clase apoyando al comunismo. “Tengo fe en la Rusia del porvenir” escribe. Sus adhesión al comunismo no era ideológica sino afectiva. Barón Biza estaba a favor de todo lo que pudiera asustar a su clase. En esa línea de ideas se explica su anticlericalismo militante. Ello le valió la excomunión y la imputación de pornógrafo y degenerado. El asumirá esas acusaciones con orgullo. También se jactaba de su capacidad para seducir a las mujeres, sobre todo si eran casadas. Su relación con ellas era cínica y en algún punto resentida. “A una mujer hermosa no se la debe socorrer nunca. Ella puede venderse y nosotros comprarla” escribe en Punto Final.

En 1920 se afilió por primera vez a la Unión Cívica Radical, pero recién en los años treinta despertará con fuerza su vocación política. Como muchos yrigoyenistas, creía que el radicalismo era un partido revolucionario nacional y popular. “No soy político, soy revolucionario”, le dice un día a quien luego iba a ser su suegro: Amadeo Sabattini.

De Barón Biza se ha dicho que fue un machista incorregible, un misógino agresivo, un déspota con las mujeres y hasta un mujeriego pervertido, sin embargo corresponde decir en su favor que sus dos esposas fueron mujeres independientes y audaces, capaces de pensar por cuenta propia y que entre otras cosas lo amaron con todos sus defectos y virtudes. A ninguna de las dos les fue bien en el matrimonio. Una murió en un accidente de avión y la otra concluyó con el rostro desfigurado por el ácido muriático. Una se llamaba Myriam Stefford; la otra Clotilde Sabattini.

A Myriam Stefford la conoció en Europa. Como no podía ser de otra manera, a la mujer se la presentaron en el hotel Des Bains del Lido, el mismo que Visconti eligió para filmar la película “Muerte en Venecia”. A la presentación la hizo la condesa de Rotschild.

Dicen que fue un amor a primera vista. Myriam Stefford se llamaba en realidad Rosa Martha Rossi Hofman. Tenía entonces veinte años, había nacido en Lugano, Suiza, quería ser actriz y frecuentaba los ambientes de las clases altas.

Las fechas del encuentro son imprecisas, pero podemos convenir que estos acontecimientos ocurrieron en octubre de 1926. Barón Biza tenía entonces 27 años, era buen mozo, culto y millonario. Reunía todas las condiciones del ganador, pero sus amigos recordaban que unos años antes, en Buenos Aires, había intentado suicidarse en el cabaret Armenonville.

Myriam Stefford fue la gran pasión de Barón Biza. A Coty Sabattini la quiso mucho, pero antes estuvo Myriam. Tan leal fue a ese amor, que se dice que ella fue la única mujer a la que Raúl no engañó, una verdadera proeza amorosa en un hombre cuya debilidad por el sexo opuesto era escandaloso. La pareja vivió una hermosa historia de amor en los mejores hoteles y centros turísticos de Europa. Esquiaban en los Alpes, viajaban en lujosos cruceros por el Mediterráneo, se alojaban en los hoteles más caros de Venecia, París o Londres.

Cuando Barón Biza estaba enamorado era espléndido, magnífico, desbordante. Myriam fue agasajada como una reina. Estolas de visón, piedras preciosas, joyas de Cartier, agasajos en los palacios de la nobleza, paseos en voiture por la Costa Azul. Un mundo feliz para una pareja feliz.

Llegaron a Buenos Aires en 1928. “Quiero bailar tangos, tomar mates y comer asado en una estancia”, dijo ella para una revista de la farándula de la época. Ochenta años después, las turistas que llegan a Buenos Aires dicen más o menos lo mismo. La pareja tenía dónde alojarse. Barón Biza había hecho construir una mansión en avenida Quintana con ventanales a Plaza Francia. Allí siguieron disfrutando de la buena vida. Paseos por Palermo, funciones de gala en el Colón, cenas en el Hotel Plaza, bailes de disfraces organizados en su mansión, a los que asistía lo más selecto de la clase alta porteña.

Cuando se aburrían se recluían en la estancia Los Cerrillos, a cuyo casco Raúl lo había acondicionado para alojar a su reina. Se dice que hizo cambiar todo el piso y que cada baldosa nueva llevaba inscripta la sigla de ella: MS. En el inmenso living, había un enorme espejo y un cuadro que reproducía su rostro. Más allá había un bargueño atendido exclusivamente por un sirviente negro.

A esta historia de hadas y príncipes encantados solo le faltaba el casamiento. Barón Biza no la iba a privar a la mujer de sus sueños de esa pequeña felicidad. Y lo hizo a su estilo, es decir, a lo grande, sin reparar en gastos y derrochando buen gusto. La boda se celebró en la basílica de San Marcos, en Venecia. Ese fue el principio. La ceremonia civil se realizó en el Palacio Danieli, y la fiesta en el Hotel Excelsior. Según dice uno de los cronistas de la época: había más aristócratas que gente. El diario La Prensa de la Argentina cubrió la ceremonia en cada uno de sus detalles. La crónica asegura que esa noche estuvieron presentes el príncipe Marcelo del Orago, la princesa Lucinge de Faucigny, la baronesa Nelly Rothschild, la duquesa Di Sangro, la condesa Dada Albrizzi, el barón y la baronesa Blixen Feniche, el marqués Santini Pacinelli, el príncipe Rúspoli, el conde Buccino, el conde Luigi de Castelbarco, la condesa Volpi y el conde Valmarano. Músicos, pintores, políticos e intelectuales también se hicieron presentes a la fiesta dado por “el argentino”.

Antes del casamiento, los novios y los invitados pasearon en góndola por los canales de Venecia. Se dice que él alquiló todas las góndolas de la ciudad para que a esa hora no hubiera otra nave en el agua que no fuera la de los novios y sus amigos. Raúl sabía hacer las cosas a lo grande. Tenía talento, gusto y clase. Además, plata, mucha plata, que la gastaba como si fuera un rey de Las mil y una noches.

En febrero de 1931 la pareja llegó a Buenos Aires. La vida fastuosa continuó en la mansión de avenida Quintana y en el casco de la estancia de Alta Gracia que dejó de llamarse “Los Cerrillos” para llamarse “Myriam Stefford”. Una de las promesas de ella a Raúl fue renunciar a su carrera de actriz. Como contrapartida se dedicaría a tomar lecciones de vuelo en avión. Su maestro de vuelo fue el piloto Luis Fuchs. En agosto de 1931 Myriam recibió su carnet y el marido le regaló un avión al que bautizó con el nombre de “Chingolo”. La pareja hizo un viaje en ese avión desde Buenos Aires hasta Alta Gracia, pero ella aspiraba a algo más que a un viaje de rutina.

Su objetivo será tan grande como su fantasía: pretenderá recorrer todo el país. Lo hará acompañada de Luis Fuchs. El avión podía volar a mil metros de altura, su autonomía de vuelo era de siete horas y su velocidad máxima de 160 km/h. El operativo era riesgoso, pero Myriam no era mujer de asustarse por esas nimiedades. El avión salió de Morón el 18 de agosto de 1931. Fatídica fecha. Treinta y tres años después, él sería enterrado en el cementerio de la Chacarita.

El “Chingolo” llegó a Corrientes sin novedades, pero a partir de allí comenzaron los inconvenientes. Primero, el avión se estrelló contra un alambrado de un campo de Santiago del Estero y quedó fuera de circulación. Ella estaba desconsolada. Raúl movió relaciones y logró alquilarle un avión a Mauricio Debussy que se llamará “Chingolo II”. Continuó la peripecia aérea. Sé que el avión estuvo en La Rioja porque mi padre –entonces un niño– se acordaba que sus mayores lo habían llevado a ver a la primera mujer piloto de avión.

Después, pasó lo que pasó. El 26 de agosto, entre las nueve y las diez de la mañana, el avión se cayó en la localidad de Marayes, en la provincia de San Juan. Ella y el piloto murieron en el acto. A Barón Biza la noticia lo destruyó. Antes de salir de Morón le había dicho a Fuchs: “Cuídela mucho, es el único tesoro que no quiero perder”. Unos días antes, había recibido una llamada anónima en la que una voz de mujer le decía: “Ojalá que tengas que ir a buscar a tu mujer y la traigas en un cajón con todos los huesos rotos”.

Es lo que hizo. Los cuerpos llegaron a Buenos Aires y cinco mil personas acompañaron la carroza fúnebre tirada por ocho caballos que marchaba rumbo a la Recoleta. Mientras el cortejo se desplazaba por avenida Callao, aviones privados y militares volaban en círculos y arrojaban ramos de flores a la multitud. Raúl había sido magnífico en las horas de gloria y ahora lo era en las horas de dolor.

Barón Biza no se privó de rendirle homenajes a su mujer que murió cuando tenía 26 años y fue enterrada en el primer aniversario de su casamiento. En Marayes, hizo levantar un monolito de diez metros de altura con este epitafio: “Un bel morire tutta la vita honra”. En la otra cara del monumento se lee: “Viajero, detén tu marcha y rinde el homenaje de tu emoción a la mujer que se cubrió de gloria queriendo eclipsar a las águilas”.

Un mes después ordenó celebrar un responso en la catedral. Envió a la ceremonia una palmera de orquídeas con una tarjeta que decía: “A Myriam, Raúl”. Conmueve el laconismo de la frase, sobre todo en un hombre que nunca se distinguió por la austeridad del lenguaje.

Cuatro años después el intendente de Buenos Aires ordenó levantar un obelisco. Fue inaugurado el 23 de mayo de 1936 y tiene sesenta y siete metros de altura. Los porteños celebraron la hazaña, pero es probable que muy pocos entonces hayan sabido que nueve meses antes, en Alta Gracia, Barón Biza iniciaba la construcción de un obelisco de ochenta y dos metros de altura en homenaje a su amor. La obra fue inaugurada en agosto de 1936. Asistieron a la ceremonia aviadores de todo el país y empinados políticos de la UCR, entre ellos el flamante gobernador de la provincia de Córdoba, don Amadeo Sabattini. El obelisco fue diseñado por el arquitecto Fausto Newton y allí descansan los restos de Myriam Stefford con el amenazante epitafio: “Maldito sea el que profane esta tumba”.

Raúl Barón Biza se afilió tres veces al radicalismo. La última vez fue en 1946 y lo hizo para integrarse a la corriente interna de Intransigencia. Tres afiliaciones en tres décadas permiten decir que, efectivamente, si alguna pasión política tenía este hombre, esa pasión se llamaba radicalismo. Barón Biza siempre se sintió radical pero, como correspondía a su estilo, su identidad la vivía y practicaba a su manera.

En la década del treinta se jugó y financió a revoluciones radicales. Lo hizo con la generosidad y el coraje de siempre. Pero también con la arbitrariedad que en su persona ya era una marca registrada. Nunca admitió ser un político; siempre se concibió revolucionario. Un revolucionario muy singular, un revolucionario que, como dijera su hijo, gastó la plata en revoluciones y en putas. Y se enorgullecía de estar procesado por revolucionario y pornógrafo.

Su oposición al régimen conservador de Justo fue manifiesta y frontal. Con motivo del golpe de Estado de Uriburu escribió: “El 6 de septiembre una clase repudiada por el pueblo, los descendientes directos de aquellos asaltantes de caminos, la misma clase que importaba esclavos de África, explotaba al indio y aniquilaba a la raza originaria, los mismos descendientes de aquellos comisarios de campaña que hicieron que más de un gaucho se alzara, se habían adueñado, por un cuartelazo, del poder”.

Barón Biza no perdía el tiempo. Regresó de Europa en agosto de 1932 y en seguida se unió al movimiento armado del teniente coronel Atilio Cattáneo. La rebelión fracasó. La policía allanó su casa de la avenida Quintana. Huyó a Córdoba. Allí habían allanado su casa de Alta Gracia. Decidó entregarse a la policía. El 23 de diciembre lo liberaron y casi al filo del fin de año se fue a Montevideo.

Perseguido por la Justicia o exiliado Barón Biza nunca abandonó su tren de vida. Hoteles caros, casinos, mujeres hermosas, whisky de marca, ropa de primera calidad. Una noche de febrero de 1933 estaba jugando en el casino del Hotel Carrasco. Lo hacía con el aburrimiento y la indiferencia de un millonario. Pero dejemos que sea él quien describa ese momento, porque, bueno es saberlo, Barón Biza escribía muy bien. Sobre todo cuando narraba episodios personales y se liberaba de la prisión de un estilo literario rebuscado y escatológico.

El texto en cuestión se inicia así: “La terraza del Carrasco iluminada a giorno. Noche de luna espléndida, en donde el ruido de las bolas se mezcla con la nota sentimental del bandoneón y la risa de las mujeres”. La presentación es perfecta; sobria, precisa. Después se inicia la acción: “Unos señores fuera del hotel deseaban hablarme y no querían dar su nombre. En las sombras de la arboleda la blanca pechera de mi frac contrastaba más con la vestimenta modesta y hasta de aspecto sospechoso de las personas que me habían solicitado. Mi mano dentro del bolsillo del pantalón tanteaba impaciente una pequeña pistola”.

Conviene detenerse en este texto, porque Barón Biza se representa con excelentes imágenes. Él estaba en un casino. Jugando y disfrutando de la noche. Los que lo iban a ver eran personas modestas o no lucían el brillo que exhibía la pechera blanca de su frac. Los miró con cierto recelo mientras acariciaba la pistola que llevaba en el bolsillo. Barón Biza siempre iba armado. En el casino, en la calle o en las reuniones políticas.

¿Quiénes eran los hombres que habían pedido hablar con él? Uno era el teniente coronel Sabino Adalid. El otro era el doctor Amadeo Sabattini. Ambos eran revolucionarios radicales en el exilio que lo convocaban para conspirar contra el régimen de Justo. Barón Biza los escuchó con atención y respondió con una sola palabra: “Presente!”. La anécdota es verdadera, pero la escritura de Barón Biza le otorga belleza, dramatismo, la transforma en una pieza con pretensiones literarias.

El hombre tenía dominio del lenguaje. En sus ensayos y manifiestos hay riqueza verbal, claridad expresiva, ritmo. Algunos párrafos son excelentes. En El derecho de matar, los momentos de inspiración son visibles: “Era bonita como un pecado de amor. Tenía ese rictus embustero, delicioso y un poco canalla de las bocas nacidas para mentir y besar”.

Sin embargo, El derecho de matar fracasa –a mi criterio– como novela. La trama es débil, mal estructurada, previsible, desmesurada sin justificaciones y cursi, muy cursi. El libro se vendió en su momento como pan caliente. También las novelas de Hugo Wast se vendían como pan caliente. Hoy, casi ochenta años después, esas lecturas no resisten el paso del tiempo. Los libros de Wast y Barón Biza en ese punto se parecen. Hay otra coincidencia: el antisemitismo de ambos. Más marcado y grosero en Hugo Wast, pero evidente y lastimoso en Barón Biza.

Barón Biza financió con su bolsillo revoluciones radicales, impresión de periódicos, campañas electorales. Por ello padeció prisiones y exilios. Luchaba a su manera y con su estilo. Huelgas de hambre y duelos. También manifiestos: “Debemos darles a nuestros hijos más libertad de la que recibimos”. El texto puede leerse hoy porque mantiene rigurosa actualidad. Cuando escribió estas palabras estaba en Europa. En Londres, para ser más preciso.

Regresó a la Argentina en agosto de 1935 y se metió de lleno en la campaña electoral de Amadeo Sabattini en la provincia de Córdoba. A esa campaña Barón Biza se la tomó en serio, pero mucho más en serio se tomó la relación que acababa de iniciar con la hija de Sabattini, Clotilde, una adolescente casi veinte años menor que él. El encuentro, decisivo en su vida, se produjo en un baile celebrado en un hotel frente a la estación de Villa María. Allí se conocieron el joven millonario y calavera y la única hija del político más importante de Córdoba.

Sabattini ganó las elecciones en noviembre de 1935. En la fiesta estaban todos los radicales, pero la ausencia de Barón Biza fue evidente. Los rumores que circulaban decían que la pareja con Clotilde ya se había formado y que Sabattini había manifestado su total oposición. El desenlace no tardará en producirse. En febrero de 1936 Barón Biza secuestró a Clotilde –que se dejó secuestrar alegremente– y ambos se escaparon a Uruguay. El escándalo ganó la calle. La hija del gobernador había sido raptada de un colegio de monjas por el escritor pornógrafo y maldito unas semanas antes de que asumiera el cargo. El escándalo estaba en la calle y en la familia de Sabattini. Según se cuenta, la mujer de don Amadeo se fue a vivir con sus hijos a Rosario y el caudillo radical se quedó solo en su casa.

Don Amadeo prometió no perdonar lo que consideraba una traición y un papelón político. Después habrá algunas reconciliaciones, pero la relación nunca más volverá a ser la misma. Mientras tanto, el 5 de marzo de 1936 la parejita se casó en la localidad uruguaya de Toledo. Nueve meses después nacía Carlos, el primer hijo. No todas eran flores en esa relación. En agosto de ese año habían estado a punto de separarse. Sería el primer intento, pero no el último Durante casi treinta años la historia de Clotilde y Raúl podría escribirse como la historia de sus diferentes intentos de separación, muchos de ellos acompañados de escándalos. Hasta el último, en agosto de 1964, que concluyó con el suicidio de él y el rostro de ella devastado por el ácido.

Sabattini asumió la gobernación y ese año su principal opositor parecía ser su yerno, el mismo que le había financiado la campaña electoral y que ahora le escribía cartas como estas: “Vino usted a solicitarme apoyo moral, físico y financiero. Moral, cuando necesitó un periódico valiente de profunda austeridad cívica La Víspera cuyos artículos me llevaron a la cárcel. Físico, cuando en la lejana frontera del litoral luchaba con un grupo de valientes por una patria más grande y mejor. Financiero, cuando Vuestra Excelencia me aseguró que era necesario el dinero para conquistar una provincia en ‘la que se pudiera hacer pie’. El tiempo me ha probado que lo único que ha deseado Vuestra Excelencia es un cómodo y bien rentado asiento de gobernador. Mi radicalismo, radicalismo de pueblo, no es su radicalismo, señor gobernador, un radicalismo servil, tibio, genuflexo”.

Sabattini caminaba por las paredes. En dos ocasiones Barón Biza fue arrestado. La causa: su Rolls Royce estaba mal estacionado. Barón Biza escribió otro texto donde sugiere que alguna vez desafió a su suegro a duelo y que éste se limitó a dar amplias satisfacciones. Concluye el yerno: “Le queda como último recurso la ayuda de algún matoncito, de aquellos que llevan el retrato de Su Excelencia en el ojal del saco”. Cuando sus amigos le adviertieron que tuviera cuidado porque Sabattini se iba a cobrar esas ofensas, él respondió sin vacilar: “El señor gobernador sabe que no puede intimidarme, lo conozco moral y físicamente en paños menores”.

Si en la década del treinta, Raúl Barón Biza se destacó por su enfrentamiento frontal contra el régimen conservador de Agustín Justo, en la década siguiente manifestó la misma energía crítica contra el peronismo. Ni amenazas, ni cárcel, ni persecuciones pusieron límites a su rechazo a un régimen al que calificó con los peores términos. Si en los años treinta desafió a duelo al coronel Patricio Sorondo –de reconocida militancia fascista– y en un bar enfrentó a golpes de puños a una patota de la Legión Cívica, en los cuarenta citó a duelo al jefe de la policía peronista, general Ernesto Bertollo, desafío que concluyó con una temporada en la cárcel.

En esta militancia antiperonista fue muy bien acompañado por su mujer, Clotilde Sabattini, quien se constituyó en esos años en la referente y el símbolo femenino de la oposición, la mujer que según la perspectiva de la enconada oposición de aquellos años reunía los méritos intelectuales, estéticos y morales exactamente opuestos a los de Eva Duarte.

Barón Biza se afilió nuevamente al radicalismo en 1946. Unos meses antes –la fecha merece recordarse: 11 de octubre de 1945, una semana antes del 17 de octubre, “el día del candombe y la mazorca”, como va a escribir– en su mansión de calle Quintana se habían reunido Arturo Jauretche y Amadeo Sabattini para decidir si el caudillo cordobés aceptaba la propuesta del general Avalos de asumir la presidencia de la Nación. Como muy bien lo explican Félix Luna en su libro El 45 y el propio Jauretche en sus ensayos, Sabattini luego de idas y venidas, rechazó esa propuesta que podría haber cambiado la historia argentina.

La militancia radical de Barón Biza en esos meses fue intensa. Para esa época dirigía el periódico La semana radical. Sus opiniones sobre Juan Domingo Perón merecen destacarse: “Añoraba el aullido de las masas que había escuchado en la Plaza de Venecia y los estadios germanos. En el cuartel había aprendido que los hombres marchan a la voz de orden. Había contemplado en la Italia del Duce cómo se enloquecían las muchedumbres, cómo se las llevaba al hambre y a la guerra con sólo presentarse con un disfraz o una camisa negra. Con alma de cortesano fue organizando la trama que lo llevaría al poder. Buscó para dirigentes los tránsfugas, los resentidos de los partidos políticos, los trepadores con alma de valet… Les tiró sidra y pan dulce… El pueblo, la masa, creyó en la profecía. Pero el profeta era falso y la virgen no era virgen”.

La victoria del peronismo en 1946 coincidió con una invitación a Clotilde Sabattini para dar un curso en Milán acerca de “Las escuelas hogares en los países de gran extensión”. La pareja viajó a Europa y allí se quedó alrededor de dos años. Regresaron en 1948 y en 1949 se celebró el Congreso Nacional Femenino de la UCR. Clotilde fue elegida presidente a los treinta años.

Ya para ese época se perfilaba como la mujer más importante de la oposición. Era la hija de Amadeo Sabattini y la esposa de Raúl Barón Biza, pero por sobre todas las cosas, era ella misma. En agosto de 1950 las mujeres radicales realizaron un acto en homenaje a Remedios de Escalada en el cementerio de la Recoleta. La policía peronista organizó una redada y la principal oradora, es decir Clotilde, terminó en la cárcel. Las presiones políticas para exigir su libertad se maniferstaron con fuerza. En cierto momento Perón le concedió “la gracia de la libertad”. Clotilde rechazó la oferta: “La libertad es un derecho y no puede otorgárseme como dádiva”, dijo.

Mientras tanto, Barón Biza salió en defensa de su esposa y desafió a duelo al general Arturo Bertollo, jefe de la Policía Federal. Sus padrinos fueron los radicales Luis Dellepiane y Oscar López Serrot. Pero Bertollo resolvió el trámite de manera expeditiva: ordenó la detención de Barón Biza por desacato. El duelista fue a dar con sus huesos a Villa Devoto durante dos meses. Los jefes de la policía peronista no corrían riesgos innecesarios. Los tiempos del honor y los duelos habían pasado.

A partir de 1951, Barón Biza se exiliará en Montevideo. La Revolución Libertadora encontró a la pareja en Uruguay. Los escritos de Clotilde son interesantes, sobre todo porque dieciocho años después apoyará la candidatura de Cámpora. Dirá entonces al enterarse de la rebelión de Lonardi: “Córdoba, hoy la heroica, la que tomó la delantera de la rebelión, la que resistió, la que vio teñirse de púrpura generosa las blancas serranías”.

Pero para Barón Biza los años cuarenta y cincuenta no se redujeron a la militancia política. En 1940 vendió su estancia Myriam Stefford a la firma Otto Bemberg. En 1942 nació su hijo Jorge, el autor de ese extraño libro que se llama El desierto y la semilla. Para esa época publicó su segunda novela. Punto final con los previsibles escándalos del caso.

La relación amor-odio con Clotilde, estalló en octubre de 1950. Para esa época la pareja vivía en un chalet de La Falda. En algún momento ella abandonó el hogar y se marchó a Villa María. Unos días después él se hizo presente en la casa de su suegro. No iba armado hasta los dientes, como dirán después los diarios, pero llevaba una pistola y tres cargadores.

En la casa de Sabattini la escena fue digna de un culebrón centroamericano. Clotilde escapó por la ventana de su cuarto y Raúl y su cuñado se trenzaron a trompadas. Hubo tiros y heridos. Nada cuesta imaginarse cómo habrá impactado el escándalo en una ciudad como Villa María. Sobre todo un escándalo que tuvo como protagonista a la familia más famosa de la ciudad.

Lo cierto es que como consecuencia de lo sucedido el que terminó entre rejas fue Barón Biza y allí se quedará casi un año. Los relatos acerca de cómo sucedieron los hechos son contradictorios. Nunca quedará del todo claro si Barón Biza viajó a Villa María para cometer un crimen o para suicidarse. Es probable que tampoco él lo haya sabido. Lo seguro es que viajó armado y que llevaba balas como para enfrentar a una patrulla. Finalmente, Clotilde se reconciliará con su marido y poco tiempo después nacerá Cristina.

Los motivos por los cuales una pareja se odia y se ama son difíciles de develar. Se dice que a él cada vez le costaba más soportar que el protagonismo social lo tuviera su mujer; que ella fuera la famosa, la inteligente y que su rol quedara reducido al de escritor maldito. Algo de verdad puede haber en esta hipótesis. Pero solo algo. Barón Biza siempre apoyó a su mujer, alentó sus estudios, lo enorgullecía su inteligencia.

Cuando ella fue designada por el gobierno de Arturo Frondizi presidente del Consejo Nacional de Educación, esas desavenencias se profundizaron. A mediados de 1959 él intentó suicidarse por tercera vez. Al protagonismo de su mujer se sumaron los rumores acerca de una relación de ella con Frondizi. La situación no se suavizó por el hecho de que Clotilde hiciera diligencias para que a él le otorgaran la concesión de las gallerías subterráneas que pasan por debajo del Obelisco. De todos modos, no dejaba de ser una inquietante casualidad que el subsuelo del obelisco porteño fuera administrado por el hombre que en Alta Gracia había construido el obelisco más alto del país

En 1963 publicó su última novela Todo estaba sucio. La ilustración de la portada es una pintura del artista boliviano Benjamín Mendoza Amor. Barón Biza nunca se enteraría porque ya estaba muerto, pero en 1970 este hombre intentará asesinar al Papa Pablo VI en Manila. Hasta después de muerto, Barón Biza seguía llamando la atención.

Lo demás es historia conocida. Barón Biza se suicidó el 18 de agosto de 1964 en su departamento porteño de calle Esmeralda, luego de haberle destrozado el rostro a su mujer con vitriolo. Para referirse a ese hecho, su hijo Jorge escribirá luego: “Yo era el único que sabía que este final era inevitable. Mientras moraba con él sentí rechazos por sus violencias cada día mayores y sus novelas que yo consideraba cursis… pero también sentía de manera inevitable cierta admiración por su coraje en la pelea, su disposición a jugarse entero, hasta la vida. Todos hablaban con respeto de su proverbial temeridad, incluso los que habían sufrido sus furias. Cuando me dijeron que se había suicidado tuve un gesto equivalente al de la reverencia por el guerrero caído en su ley, aunque estaba horrorizado por la agresión contra la mujer que amaba y la mujer que lo amó”.

“Que mi tumba no tenga nombre, ni flores ni cruz” escribió en Todo estaba sucio. No sé si es un final digno, pero sin duda es un final coherente. Sus cenizas están enterradas debajo de un olivo, al lado del gigantesco monumento que levantó en homenaje a su primer amor.

 

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