Opinión | Abril 16, 2018, 4 11am

Pensar la realidad

En Latinoamérica la desviación democrática de sus objetivos fundamentales nos obliga a redefinir y redescubrir los fines mismos de la democracia.

Autor: Alvaro De Lamadrid


La política en el mundo afronta un gran desencanto y menosprecio. Mucho más aún en nuestra región.
Es que en Latinoamérica la desviación democrática de sus objetivos fundamentales nos obliga a redefinir y redescubrir los fines mismos de la democracia.
Esa palpable endeblez y fragilidad democrática, nos impone la tarea de procurar transformar los peligros que enfrenta la democracia, haciendo de éstos, una oportunidad para contribuir a desarrollarla en plenitud.
Venezuela y el derecho a la democracia violado a su pueblo, nos muestra la impotencia regional para asegurar la democracia y la vida en la región.
Desde ese punto de vista Venezuela es un nuevo fracaso de la humanidad. Y un gran fracaso de la política y su principal fin: el civilizador.
La política es ante todo una actividad civilizadora.
Estamos pues obligados a pensar de nuevo la función de la política en el siglo XXI.
Eso que Hannah Arendt se adelantó a preguntarse con brillantez hace más de 50 años ¿Tiene la política algún sentido?.
La pregunta no indicada la necesidad de suprimir la política, sino por el contrario, de encontrar en ella un equivalente de lo que la política fue en el mundo antiguo: un ámbito de innovación y configuración y no un ámbito de mera gestión permanencista del poder y sus intereses.
Es que, del planteo de que podemos pedirle a la política que no puedan darnos con más profesionalismo otras funciones sociales, se aprovechan diversos populismos, para con simplismo reduccionista plantear justamente la incompetencia de la política. Y el populismo gana terreno, como se ve en Europa, donde empieza a gestarse el reinado del tiempo del despreció a la política.
Lo ocurrido en Brasil, con la prisión de Lula Da Silva nos debe servir como análisis para la reflexión. Primero porque nos muestra desde muy cerca lo que no hemos sido capaces de hacer nosotros. Porque no se trata de Lula, sino de la lucha contra la corrupción y de la división de poderes.
Se ha afirmado, que lo de la prisión de Lula fue un complot para evitar que fuera candidato o que todo ha sido una conspiración y persecución a Lula como un vuelto por el éxito de sus políticas.
Otros más fanáticos afirman además que no hubo corrupción y sólo hubo traición.
Lula nunca habló de nada de esto cuando se condenó a su mano derecha y principal ministro José Dirceu, cuando desde su gobierno se llevaron adelante sobornos a congresistas en El Mensalao, de lo que sólo dijo que no estaba enterado. Raro que no le pareciera llamativo el acompañamiento y voto constante de sus opositores, quienes actuaban como si fueran oficialistas y amigos leales.
Tampoco dijo nada Lula cuando fue condenado Antonio Palocci, quien fuera su ministro de Hacienda y mega armador.
Menos aún, cuando fue condenado el ex diputado Eduardo Cunha, quién como jefe de la Cámara propició la destitución de Dilma Rousseff.
Nada de esto alegó Lula, cuando fueron procesados y condenados los más fuertes y encumbrados empresarios del Brasil, entre ellos Marcelo Odebrech, que construyó su red continental de la mano del propio Lula, o cuando fue procesado José Neto tesorero del Partido de los Trabajadores (PT).
Seguí todo lo ocurrido en Brasil con mucha atención, más aún, por mi amistad con Gustavo Segré, quien vive en Brasil y es quién más conoce de éste tema, y que en 2016 en uno de sus recurrentes viajes a Buenos al vernos me dijo: “Lula va a terminar preso. La justicia ésta trabajando bien y Lula no va a poder obstaculizar las investigaciones ni frenarlas”.
Lo cierto es que todo el mundo reconoció la gran labor y el coraje de los jueces y fiscales que actuaron con independencia y valentía durante todo este tiempo, soportando presiones y peligros.
Lula advirtió que no podría quedar al margen de las investigaciones fácilmente, cuando la justicia le impidió a Dilma designarlo como jefe de su Gabinete para escapar, con esos fueros, de la Justicia.
Es que Lula pensaba controlaría a los jueces y fiscales que el mismo y el Partido de los Trabajadores (PT) habían designado, lo que agiganta la honestidad de éstos.
Fue recién entonces, cuando le fracasó la maniobra de obstrucción a la Justicia, que Lula, con siete juicios abiertos por corrupción, resolvió hablar de complot y persecución en su contra y proclamó su candidatura presidencial para evitar la cárcel.
Ser Presidente o ir preso eran las opciones de Lula.
Contra Lula no hubo complot ni nadie lo traicionó. Lula ha sido un sueño traicionado.
Él, fue quien construyó, como en la Argentina Kirchnerista, un modelo que liquidó las alternativas y la alternancia.
Como Kirchner dijo es Pingüino o Pinguina, Lula dijo es Lula o Dilma y generó una reducción del control democrático, que lo asimilaba a un monarca electo.
Es cierto que Lula sacó a muchísimos brasileros de la pobreza y les alivió su situación. Pero eso no puede ser óbice para ser investigado si corresponde hacerlo.
Pero, es igual de cierto, que no aprovecho adecuadamente esas posibilidades del viento de cola, como los Kirchner en nuestro país, y las consecuencias se las trasladó a Dilma y a éste presente de recesión económica que desconocía Brasil.
Fue Lula quién para permanecer en el poder todos estos años pacto con todo el espinel de la derecha brasilera, hasta ofrecerle la Vicepresidencia a Michel Temer y a su viejo aliado el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB).
Por último, es el propio Lula y Dilma, con su Partido de los Trabajadores (PT) él que volvería a cerrar alianzas en ocho Estados del país para las elecciones presidenciales y de gobernadores, en éste 2018 en Brasil, con el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) de Michel Temer, quién no presentaría candidato propio, pero sí hará alianzas estaduales con el PT.
Pero, como con los Kirchner en Argentina, a nadie le fue mejor en Brasil que a Lula y sus hijos, y a sus amigos de la construcción, los banqueros y empresarios, y especialmente hasta caer preso a su amigo Marcelo Odebrecht, a quien instaló con fuerza en la región, a fuerza de sobornos que sacuden el continente y han causado estragos llevándose puesto Presidentes y comprometiendo a otros, con investigaciones en todos lados, salvo en nuestro país.
Dejar esta realidad en las sombras o en la frivolidad del análisis superficial es naturalizar cuestiones que desvanecen y degradan la política y la democracia, y con ella el espíritu democrático de sus ciudadanos, como asimismo, el de los hombres encargados del buen funcionamiento de las instituciones.
Que debemos evitar. Que el debate de la política no gire sobre lo inmediato y lo superficial, o sólo sobre problemas locales a los que se les da exclusiva prioridad, por sobre las decisiones de mediano y largo plazo y las grandes decisiones nacionales o internacionales.
Asimismo, debemos procurar que las competencias y debates electorales y nuestra agenda política, no pueden ser sobre vaguedades o sobre situaciones en las cuales los personalismos o las acechanzas y la agitación del pasado nos mantengan al vilo y prevalezcan de tal modo que anulen el debate del futuro.
Si esto fuese así, nos deberíamos resignar a que la democracia sea el arte del mal menor, cuando en todo caso, debiera ser el arte de lo mejor posible.
No podemos abandonar el futuro, tal como Hannah Arendt señalaba, al buscar desde su pregunta, resignificar la política, revitalizarla y rebelarnos a aceptar la normalización de su degradación o envilecimiento.
El futuro viene de la mano de la discusión del Estado que queremos, que previsiones e inversiones de largo plazo queremos hacer y cuáles van a ser las decisiones ligadas con la política exterior que vamos a sostener.
Si la política no abandona su repliegue y recupera su vigor seguirá acrecentándose la desconfianza de la sociedad.
Eso sólo hace crecer la falta de movilización positiva de la sociedad y la sola protesta, que es hábil para neutralizar, pero no para configurar el futuro.
Ello ocurre cuando la sociedad y la opinión pública están convencidas de que nada se puede hacer para influir en la política que lleva adelante un gobierno.
Cuando eso sucede lo que convoca es la indignación pero nunca la esperanza.
En ese escenario, algunos agentes políticos de la inmediatez y el corto plazo, saben que ganan con las malas de los otros más que las buenas propias.
Necesitamos liderazgos políticos en la región que adviertan que no se debe sacrificar el futuro de sus pueblos, la buena política, y la cordura cívica a costa de la conveniencia política de momento de un gobierno.
Publicado en www.Minuto30.com el 14 de abril de 2018.
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