Opinión | Marzo 12, 2018, 6 20am

La Cuba de Leonardo Padura

La transparencia del tiempo, una buena novela de Padura, aunque no la mejor, en esta reseña.

Autor: Fernando Mires


La Transparencia del Tiempo es una buena novela –Leonardo Padura es incapaz de escribir una mala novela- pero, comparada con otras suyas, no es la mejor. Ni siquiera es la mejor de la serie del policía retirado Mario Conde. No; no es la mejor, pero sí es la más ambiciosa. Y quizás allí radica el problema. El proyecto de unir el presente con casi toda la historia de Europa (encarnada en un personaje supra-histórico: Antony Barral) fue demasiado ambicioso. Y por eso mismo, un poco latoso. Sin embargo, estoy plenamente convencido de que La Transparencia del Tiempo es hasta ahora la novela más interesante de Leonardo Padura.
No veo la contradicción: leer a Hegel o a Heidegger podrá no ser entretenido, pero sí puede ser altamente interesante. Y al decir esto, delato que el interés que despertó en mí la novela de Padura es extraliterario, lo que es obvio, pues literato no soy. Más aún, estoy plenamente convencido de que quien quiera conocer la realidad social de la Cuba castrista está en la obligación de leer La Transparencia del Tiempo. Con ello no estoy diciendo –entiéndaseme- de que la novela de Padura sea un tratado sociológico. Todo lo contrario: Padura nunca deja de ser el narrador que es. Su acercamiento a la realidad cubana es profundamente literario. Ahí reside precisamente el mérito de la obra. El poder descriptivo de Padura es tan fuerte que le permite llegar allí donde no alcanza la sociología ni la historia y entregar la realidad en imágenes, en cuerpos, en detalles y, sobre todo, en la ficción puesta al servicio del principio de realidad.
O digámoslo así: en su novela Padura invierte la relación entre la descripción y la trama. Mientras que en la mayoría de los krimis –también en los de Padura- la descripción se encuentra al servicio de la trama, en La Transparencia del Tiempo, la trama se encuentra al servicio de la descripción. En algunos momentos surge incluso la impresión de que esa larga búsqueda de la Virgen Negra de Regla es solo un envoltorio para cubrir la realidad social de Cuba. Tal vez Padura tuvo que hacerlo así. Tal vez si no lo hubiera hecho así, los servicios de seguridad no habrían dejado circular su novela. Tal vez fue el propósito deliberado del escritor para seguir viviendo en su isla y no en Alaska (así llaman los cubanos a Miami) Si fue así, su novela debe ser vista como un barco adentro de una botella. Lo que importa en este caso es el barco. No la botella.
Puede parecer exagerado pero no lo es: afirmo que la mejor descripción de la estructura social de Cuba que he conocido, la encontré en la novela La Transparencia del Tiempo de Leonardo Padura. 
El énfasis lo pongo en la palabra descripción, pues una novela no puede ser –repito- un análisis sociológico. Pero sí, leyendo con mirada sociológica y política a la novela, he podido sentar las bases para un análisis sociológico y político a la vez. De hecho pude descubrir que en la Cuba de los Castro logró formarse –para usar un concepto de la sociología latinoamericana de los años setenta - una suerte de “dualidad estructural” tal como existía en la mayoría de los países más pobres de América Latina, pero en el caso cubano, mucho más radicalizada.
Nos son presentadas dos Habanas. Una invisible a los ojos de sus visitantes y turistas y otra que solo conocen (no todos) los cubanos. Una, La Habana donde “los hoteles Inglaterra y Plaza, resurgidos, se ufanaban de su pasado glorioso junto a los recién remodelados Telégrafo y Parque Central”. La otra, la Cuba de “negros, chinos, putas, lúmpenes, proletarios, santeros y ñañigos”.
En una de sus visitas a esa segunda Habana, Mario Conde la describe como “una mezcla dolorosa de extravío de las esperanzas, los efluvios apostados por las aguas negras, a través de zanjas descubiertas, los aceites fritos y refritos, los vertederos pútridos ambientados”. Allí no hay servicios, alumbrados, solo casas de madera podrida, paredes sin ventanas, y sobre todo, degradación, no solo urbana sino también moral. Ese es el territorio que Conde bautizó como “el mundo de los invisibles”. O en otras ocasiones como “el mundo de la infravida”. El mundo de “aquella miseria moral compactada (donde) solo podía nacer la peor de ellas: la humana”.
Infravida sin relaciones de solidaridad, poblada de gente capaz de matarse entre sí por cualquier cosa, hacinamientos donde ocurren las depravaciones más impensables, lugares donde la policía ("la seguridad") no entra por miedo, un mundo que se pudre en sí mismo, o en las palabras de Padura, en “esos cientos de reductos donde vivían miles y miles de personas que ya no esperaban nada de la sociedad y, por tanto, no entregaban nada a la sociedad”. Donde sus habitantes “vivían de lo que encontraban, como las garrapatas”, gente que en su mayoría ha emigrado desde la provincia de Oriente. Por eso los cubanos los llaman “los orientales”. Y Conde y sus amigos, con cierta sorna, “los palestinos”. En  fin, el producto neto del “socialismo existente y real, el de los Castro, ese que ignoran los pulidos izquierdistas de los países desarrollados pero al que sí presienten con temor. Pues el día en que el manto de la verdad cubana sea descubierto, nadie, o casi nadie, se atreverá más a hablar de socialismo en América Latina.
En el otro polo de la “dualidad estructural” de Cuba, encontramos dos segmentos. Uno, el de la clase dominante de Estado, la Nomenclatura cubana. Dos, la nueva burguesía económica surgida del permanente contacto entre Cuba y Miami.
A la primera, quizás por razones de seguridad personal, Padura dedica muy pocas palabras. Pero está ahí; se la siente en automóviles blindados, en visitas intempestivas, en su propia ausencia, o en su propia lejanía, y sobre todo, en el miedo: ese miedo que carga consigo cada cubano. “En este país de mierda, el miedo es un estado permanente”, dice un personaje de la novela, como ya no pudiendo aguantar más el miedo.
El segmento número dos, el de la nueva burguesía económica, es un eufemismo. No se trata de una burguesía formada por empresarios o lucrativos propietarios de bienes muebles o inmuebles, ni mucho menos por accionistas o banqueros. Se trata más bien de una “lumpen-burguesía” (para emplear el concepto que hace mucho tiempo popularizó André Gunder Frank) Tal vez ni siquiera es una clase. Lo que nos describe Padura es más bien un amontonamiento de grupos depredadores y traficantes que compran en Cuba y venden en Miami, o al revés, a los turistas que llegan a Cuba. Millonarios de última hora, habitantes de ese espacio de capital no regulado que abrió Castro para fundar un capitalismo sui géneris basado en un nuevo modo de producción: el modo de producción hotelero y prostibulario surgido de las entrañas de la propia dictadura.
Dicho sin suspicacia, Padura parece conocer bien a ese mundo. Uno de sus personajes centrales, el homosexual Bobby, lo describe así: “Yo vendo lo que tengo, y si no, trato de vender lo que tienen otros y cobro un por ciento. Es una ley no escrita que casi todo el mundo respeta porque a casi todo el mundo le concierne”
En el medio y a lo largo de la dualidad estructural mencionada transitan personajes como Mario Conde y sus entrañables amigos. Personajes que ejercen, como el mismo Conde, trabajos ocasionales, que comen generalmente mal y a veces, en virtud de los contactos informales que mantienen con los de “arriba”, bien. Por lo común viven del racionamiento gracias al privilegio de poseer una “libreta de desabastecimiento que les impedía morir de hambre y no les permitía vivir sin hambre”. Muchos de ellos tienen detrás de sí estudios universitarios. También hay algunos, como la médico Tamara, solidaria amante de Conde, que ejercen su profesión con gran dignidad y con aún mayor pobreza. A veces se juntan, beben algo parecido al café y a la cerveza y bromean con ese humor amargo que les legó la vida aceptando, con cierto cinismo, la realidad donde habitan. “La desidia, la vía del menor esfuerzo, bajar la cabeza cuando pasa la cuchilla porque el fuego quema, eran estrategias de vida demasiado acendradas que para bien o para mal, ayudaban a la supervivencia cotidiana y al mantenimiento de la salud mental de la gente”
Gente buena. No les interesa ninguna ideología, no son héroes de la resistencia y sin embargo, resisten, aunque no de un modo heroico. Son los que se niegan a rendir pleitesía a los de arriba, los que a su modo han sabido conservar cierta decencia y dignidad y, por lo mismo, los que son aún capaces de mantener sentimientos de solidaridad, amistad e incluso amor. Como el amor que siente Conde por un amigo que se va a Miami a reunirse con sus hijos solo porque por primera vez le ha sido concedido el derecho a escoger entre irse o quedarse. O ese amor que siente por su Tamara y por Basura ll, el perro ya viejo con el cual comparte su escasez. O el amor al ser humano que le hizo una vez sacarse los zapatos que llevaba puestos –escena digna de Dostoyevsky- para dárselos a un hombre que caminaba con bolsas de plásticos amarradas a sus pies. Sobre esa gente –creo que esa es la propuesta de Padura- deberá nacer un día la nueva Cuba. No todo está perdido en la isla.
¿Y la Virgen de Regla?  Ella cumplió su papel. Gracias a la búsqueda iniciada por Mario Conde y sus amigos, pudimos conocer a esa otra Cuba. Esa es la Cuba de Leonardo Padura.
Publicado en Polis el 11 de marzo de 2018.
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