Se elevó la temperatura en Medio Oriente porque sucedieron varios hechos que levantaron vientos fuertes. Y esto tiene repercusiones tanto en la relación de Israel con Estados Unidos como en la de Israel con uno de los ejes europeos controvertidos como es Polonia, y la de Israel con los armenios de todo el mundo.
La policía acorraló a Benjamin Netanhayu, primer ministro israelí, al recomendar su procesamiento por dos casos de corrupción que oralmente, en la sociedad de su país, se venían comentando hace un tiempo. La decisión de comenzar con el procesamiento dependerá ahora del fiscal general del país, Avichai Mandelblit.
Según los legajos policiales, Netanhayu aceptó lujosos regalos de un productor de cine de su país y de un multimillonario australiano, James Packer. Todo a cambio de favores importantes, claro. El valor total de los "regalos" suma cien mil dólares. Paralelamente, se lo acusa de un pacto con el editor del diario Yediot Ahronoth, porque su dueño le dio una cobertura favorable a cambio de debilitar a algunos rivales políticos de Netanhayu.
En la polémica, Israel, cuestionada en distintos sectores del mundo por sus estrategias, no se anda con chiquitas en la marcha del proceso democrático. En años recientes han metido en las cárceles a dos presidentes del país. Uno por recibir prebendas y al otro por reiterados acosos sexuales.
En definitiva, Netanhayu, si se hace justicia, está en la cuerda floja. Puede zafar, pero a un costo muy grande. El representante de la extrema derecha, votado casi siempre por los judíos del norte de África y los judíos rusos que llegaron en oleadas desde 1980 (casi un millón y medio de ciudadanos), está en condiciones de batir el récord de permanencia en el poder del histórico David Ben Gurión, uno de los padres fundadores de su patria y adalid de la causa sionista.
Netanhayu ya ha sido acusado por varios partidos de provocar permanentemente a los palestinos y amenazar bélicamente a sus adversarios fuera del país. La provocación a sus vecinos se origina en que permitió el asentamiento de colonias en la frontera con Palestina e incluso en tierra palestina, lo que genera un peligro bélico potencial e imparable.
Su mayor sostén en el mundo es Donald Trump, junto con su administración y familiares. Fue Trump quien propuso trasladar la embajada de los Estados Unidos a Jerusalén, decisión que irritó —todavía no se conocen las consecuencias— al mundo árabe. Jerusalén siempre ha sido una ciudad compartida por distintas religiones. Fue ocupada militarmente casi en su totalidad por el Ejército Judío en la Guerra de los Seis Días, a mediados de los años sesenta. Pero en la ciudad que es tierra sagrada siguen conviviendo judíos con musulmanes y católicos, entre tantos representantes de ritos religiosos.
Otro hecho de importancia producido en los últimos días ha sido que el Parlamento de Israel (Knéset) rechazó una vez más un proyecto de ley de reconocimiento del genocidio armenio. La resolución había sido presentada el 14 de febrero por Yair Lapid, presidente de un partido opositor al de Netanhayu. Lapid declaró ante sus pares: "No hay ninguna razón para que este Parlamento que representa a una nación que pasó por el Holocausto no reconozca la matanza armenia". El Gobierno de Netanhayu se defendió en esa sesión: "No tomaremos resolución por su complejidad y por sus repercusiones diplomáticas, y porque tiene una clara conexión política".
En definitiva, Israel no quiere molestar a Turquía, que no reconoce el genocidio (el tema irrita a sus autoridades) y es un socio estratégico del país en una región plena de turbulencias, con otro hecho. Así como hay una alianza de Israel con Estados Unidos, declarada por innumerables funcionarios dentro y fuera de Washington, también la tiene con Turquía. Debe recordarse que durante la Guerra Fría Turquía conservaba cohetería atómica de corta y larga distancia dirigida contra la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), instalada por Estados Unidos y se unió a todas las movidas estratégicas de ese país.
En la Primera Guerra Mundial los turcos buscaron extirpar de raíz la vida armenia y mataron de diferentes maneras a casi un millón y medio de sus representantes. Los armenios eran ya un pueblo organizado, con tradiciones, lengua, música y cultura afianzada a lo largo de los siglos. No eran musulmanes, como sí lo eran los turcos. El Gobierno autorizó el aniquilamiento (ya había habido otros, anteriormente) porque, guerreando contra el Imperio ruso, Armenia, que estaba ubicada casi en la frontera, fue acusada de pasar secretos bélicos a los rusos.
Este genocidio atroz tuvo testigos civiles diplomáticos y religiosos que luego dieron extensos testimonios. Hoy esta matanza ha sido reconocida por un grupo de países, sin compromisos diplomáticos, pero eso no significa que los armenios no sigan luchando denodadamente por el reconocimiento de esa atrocidad, una de las primeras del siglo XX. La aceptación de la matanza colectiva estuvo a cargo de Alemania, Canadá, Francia, ex países de la órbita socialista, Rusia, Suecia, Uruguay, Argentina y 42 de los 50 estados de los Estados Unidos.
Históricamente es difícil entender cómo el mundo judío, que fue atravesado por el asesinato de seis millones de víctimas, sigue sin tener en su haber la cruenta realidad armenia.
Por último, el díscolo presidente de Polonia, Andrzej Duda, cuestionado por Bruselas por sus actitudes nacionalistas y racistas, firmó una orden que entiende que decir: "La nación polaca fue cómplice de la víctimas de Holocausto" es un delito penado con tres años de cárceles. Y que el uso de "campos de concentración polacos" para referirse a los centros de exterminio que los nazis construyeron en la Polonia ocupada durante la Segunda Guerra es un equívoco inaceptable. Estas declaraciones repercutieron notablemente en el mundo y, por supuesto en Israel, que nada puede hacer, salvo romper vínculos definitivos con Varsovia.
La expresión correcta es que se trataron de centros de matanza construidos por los nazis en territorio polaco. Pero lo que no se puede negar, y hay protagonistas vivos, es que el polaco fue uno de los pueblos que más se volcó a apoyar la persecución de los judíos. Hubo muchísimas excepciones. Fue Jan Karski, uno de los héroes del Ejército de Liberación polaco contra la invasión nazi, el que logró entrevistas en Londres y en Washington, en 1942, para alertar sobre las condiciones de los guetos y los campos de concentración. La rebelión del gueto de Varsovia, a cargo de jóvenes semi-adolescentes, contó con la ayuda en armas de los polacos rebeldes contra los nazis.
Es cierto que gran cantidad de polacos entraron en la cámara de gas de los campos de la muerte junto con judíos, soldados rusos prisioneros y gitanos. Al mismo tiempo, fueron polacos los organizadores de pogromos sangrientos con la anuencia de las tropas alemanas, en 1941, en el avance hacia la conquista de Rusia; los que se apropiaron de propiedades de judíos y nunca las han devuelto; los que mataron a quienes las reclamaban; los mismos que ayudaron a los alemanes como kapos en los puntos concentracionarios. En fin, un desdoblamiento en la acción.
Quiere decir que desligarse de algunas responsabilidades como lo quiere hacer con dureza el premier Duda es tapar una parte del pasado real y lacerante. Lo que fue, indudablemente fue y merece un repudio frontal.