Opinión | Mayo 24, 2017, 2 09am

La resurrección de Pedro Sánchez

Un terremoto político atraviesa al PSOE

Autor: Aleardo Laría


Publicado en Confluencia Digital el 22 de mayo de 2017
Pedro Sánchez fue elegido secretario general del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) en las primeras primarias que celebró ese partido el 13 de julio de 2014. Sin embargo, en el mes de octubre del año pasado, se vio forzado a dimitir cuando el comité federal del PSOE decidió que el grupo parlamentario socialista debía abstenerse para facilitar la  investidura de Mariano Rajoy y evitar así la celebración de terceras elecciones. “Si el comité federal decide que hay que pasar a la abstención, no puedo administrar una decisión que no comparto”, dijo Sánchez. Cumplió luego con la palabra empeñada al presentar la renuncia no sólo a su cargo de secretario de partido sino también a su acta de diputado para no violar el mandato del comité federal que le obligaba a abstenerse y facilitar la designación de Rajoy. Ahora ha vuelto resucitado por la militancia que lo ha aupado nuevamente a la secretaría general del PSOE con el 50% de los votos en las nuevas primarias que acaban de celebrarse.
También del influyente diario El País que en un infrecuente editorial ha considerado que el resultado de las primarias constituye  una suerte de “Brexit” del socialismo español
Los resultados han sorprendido a muchos observadores porque todo el aparato partidario había manifestado su apoyo a Susana Díaz, dirigente socialista que preside la Junta  de Andalucía. Díaz no sólo contaba con el apoyo de los “barones” –presidentes en las comunidades autónomas dominadas por el PSOE– sino de figuras históricas como Felipe González, Alfonso Guerra y José Rodríguez Zapatero. También del influyente diario El País que en un infrecuente editorial ha considerado que el resultado de las primarias constituye  una suerte de “Brexit” del socialismo español “donde la emoción y la indignación ciega se han contrapuesto exitosamente a la razón, los argumentos y el contraste de los hechos”.
El editorial de El País es muy descriptivo del estado de ánimo de la corriente pragmática “social-liberal” que controló al PSOE durante la transición española. De allí que el editorial considera que “la victoria de Sánchez no es ajena al contexto político de crisis de la democracia representativa, en el que se imponen con suma facilidad la demagogia, las medias o falsas verdades y las promesas de imposible cumplimiento”. Añade que: “finalmente España ha sufrido también su momento populista. Y lo ha sufrido en el corazón de un partido esencial para la gobernabilidad de nuestro país, un partido que desde la moderación ha protagonizado algunos de los años más prósperos y renovadores de nuestra historia reciente… En todos los casos, la demagogia –conocida en Podemos o Trump– de los de abajo contra los de arriba se ha impuesto a la evidencia de la verdad, los méritos y la razón”.
Esta simplificación maniquea del editorialista de El País es completamente falsa. Es cierto que el discurso de Pedro Sánchez estuvo teñido por algunas gotas de populismo, al asignarse la condición de representante de los militantes de base frente al aparato del partido. Pero lo cierto es que sus rivales hicieron todo lo posible para confirmar esa imagen. En el fondo, lo que está en discusión en el seno de los partidos socialdemócratas europeos –tanto en el PSOE, como en el socialismo francés o en el laborismo británico– es el lugar que debe ocupar la socialdemocracia frente a los desafíos de la globalización. Existe un malestar profundo que se ha venido incubando desde que Tony Blair impulsara la “tercera vía” e implicara a los laboristas en la ignominiosa guerra de Irak. Para muchos socialistas, el extremo pragmatismo de Blair y sus concesiones a las políticas económicas neoliberales convirtieron a la socialdemocracia en una sucursal del capitalismo globalizado.
El surgimiento de Podemos y la efervescencia interna en el PSOE están estrechamente vinculados a la grave crisis económica
En el caso español, la crisis económica que se abatió sobre Europa en el año 2008, y que obligó a duros recortes sociales, se ha visto potenciada por el afloramiento de un inmenso y turbio fenómeno de corrupción que ha afectado mayoritariamente al Partido Popular gobernante. Mientras que los gobiernos de la Unión Europea se vieron constreñidos a encarar rigurosos planes de ajustes propiciados por el “ordoliberalismo” alemán, basado en  un discurso moral a favor de la austeridad radical, en España salía a la luz un sistema de corrupción armado por políticos y empresarios españoles para desviar hacia bolsillos privados significativos retornos de la obra pública. De modo que todos estos escándalos estallaron al mismo tiempo que  se recortaban los fondos estatales dirigidos a pagar jubilaciones o atender las necesidades de la sanidad pública. Una reforma laboral, supuestamente dirigida a ganar en productividad, arrojaba como resultado una rebaja general de los salarios: mientras que en 1993 los salarios representaban el 63,3% del PIB español, en 2013 superaban apenas el 53 % según un informe de la OIT.
El surgimiento de Podemos y la efervescencia interna en el PSOE están estrechamente vinculados a la grave crisis económica condimentada por la rampante corrupción política. Dos factores lo suficientemente potentes para alterar el sistema tradicional de partidos. La globalización, que tomó fuerzas a partir de las reformas neoliberales de los años 80, ha dado lugar a grandes distorsiones. En primer lugar la expansión desmesurada del capitalismo financiero; en segundo lugar la inaceptable desigualdad de los ingresos entre trabajadores y altos ejecutivos; y, last but not least, la percepción general que los Estados nacionales son estructuras institucionales impotentes para regular el nuevo capitalismo. La internalización de los flujos financieros, hace que pierdan eficacia las políticas regulatorias nacionales de modo que parece que los mercados dictan condiciones a los gobiernos democráticos.
Los retos de la globalización y la necesidad y conveniencia de embridar al nuevo capitalismo, no han sido resueltos y constituyen un desafío para los partidos social-demócratas que ven mermadas sus filas por migraciones hacia nuevas formaciones políticas. Algunos se adelantan en proclamar “el fracaso de la social-democracia”, pero lo cierto es que no existen formaciones políticas que ofrezcan programas superadores si sabemos apartar la hojarasca retórica. Es posible que algunos partidos socialistas desaparezcan, como aconteció con el partido de los socialistas italianos como consecuencia del elevado grado de corrupción de sus élites. Pero el espacio social-demócrata no puede desaparecer porque siempre existirá el afán  de conjugar la justicia social con el respeto al pluralismo democrático. La falta de alternativas significa el cierre de la instancia política, algo que dado el nivel de desbordes del sistema, parece difícil dar por aceptado.