La expresión más evidente del grado de racismo e intolerancia en la que está sumida Europa es todo lo que ocurre en torno al barco de rescate Open Arms: tiene -o tenía hasta hace tres días- 121 emigrantes socorridos en el Mar Mediterráneo, por donde viajaban en botes que se estaban destrozando. El Mare Nostrum desde hace tres o cuatro años se ha convertido en un cementerio de los hambrientos o perseguidos del África (por motivos religiosos o políticos) maltratados por irresponsables traficantes libios y de Medio Oriente.
El Open Arms está financiado por la ONG catalana Proactiva Open Arms y por contribuciones de distintas entidades en el mundo. El barco está anclado en aguas internacionales desde hace días. Le suministran víveres los que sienten piedad por los viajeros en búsqueda de esperanza y proyectos posibles para sus vidas.
El 9 de agosto, tras diez días sin respuesta de los puertos europeos (especialmente los italianos) el Open Arms rescató a otras 39 personas. No es el único buque que intenta por todos los medios convencer a Europa para que pisen tierra los que escapan. El navío Ocean Viking, fletado por la conocida asociación Médicos sin frontera y SOS Mediterrané, está en la zona con 170 rescatados.
El Open Arms tiene el propósito de presionar sobre las autoridades de la Unión Europea y apelar a su escaso humanismo. Ningún organismo del viejo continente se ha pronunciado mientras el nacionalista extremo Matteo Salvini y el gobierno de Malta se niegan a que llegue a puerto, a tierra firme, en tanto la tensión y los enfrentamientos caracterizan el momento en el barco. Esa tirantez creció cuando intentó abordarlo un barco militar maltés que se proponía devolver los inmigrantes a Libia.
Los gobiernos europeos se pasan el problema unos a otros. Ahora se intenta que los puertos españoles le den cabida. La administración del socialista Pedro Sánchez ha contestado: "somos el país que hace el mayor esfuerzo en cumplir las normas, asegurar las fronteras y hacer rescates humanitarios”. Pero Madrid no ha tomado decisión en estos momentos respecto de los desesperados africanos.
La ruta que une puertos libios con Europa es la más mortífera del mundo y es un espejo donde sobresalen las disputas y divisiones en la UE. Es decididamente una muestra de incapacidad, impotencia y, por qué no, discriminación en estado puro. España se defiende y advierte que se niega a asumir responsabilidades más allá del Estrecho que une la punta sur del país con el norte del África.
No hace mucho el barco Aquarius adoptó la misma estrategia que el Open Arms, pero su capitana fue detenida por los italianos. El hecho tuvo trascendencia internacional.
Europa está paralizada frente al problema. Es el quinto o sexto año que lidia con la inmigración. Dos millones de desesperados encontraron espacio en Alemania pero el hecho le produjo dolores de cabeza a la jefa de Estado Angela Merkel, cuestionada por muchos.
En lo que alguna vez conformó Alemania Oriental, vinculada a Moscú, hubo desfiles con banderas nazis y una multitud con la mano levantada, según el saludo facista. Países con un pasado social demócrata, como los del Báltico, suman críticas especialmente contra los musulmanes. No en vano, recientes series en Netflix como Mar de Plástico (española) y Algo para creer (danesa) exhiben la reproducción del prejuicio, la intolerancia y el odio contra los inmigrantes. En el primer capítulo de la primera temporada de Mar de Plástico, que se desarrolla en la misma Andalucía donde surgió el movimiento ultranacionalista VOX, se muestra como un grupo de jóvenes sin mucha ocupación (problema grave en España) ataca una aldea de inmigrantes y casi queman vivo a uno de sus habitantes.
Hasta ahora la única movida que se conoce es la del presidente del Parlamento europeo, David Sassoli, quien envió una carta al jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en la que pidió asistencia humanitaria urgente para los pasajeros del Open Arms. Desde ese momento hubo silencio de radio.
Habría que recordarles a los europeos las peripecias inmigratorias de sus antepasados desde 1850 hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando emprendieron el éxodo a América Latina, Estados Unidos, Canadá y otras latitudes. Esos antepasados estaban corridos por hambrunas, sequías espantosas, falta de trabajo en las ciudades o persecuciones políticas o religiosas.
Basta un dato: al concluir el segundo gran conflicto bélico, seis millones de alemanes debieron abandonar las tierras donde se habían asentado, gracias a las conquistas de su ejército invasor. Fueron golpeados y torturados, debieron caminar miles de kilómetros, enviados en trenes lentos y en vagones de ganado hasta llegar a su patria bombardeada. Este pasado no muy lejano parece no importarles.
Publicado en El Auditor el 12 de agosto de 2019.
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