| Junio 12, 2019, 10 13am

Siameses, separados al crecer



Autor: Ángeles Salvador


Adolfo y Alberto Rodríguez Saá eran siameses. No biológicamente pero sí políticamente. Los separaron ahora, de viejos. El Adolfo y el Alberto (valga de aquí en más la preposición anterior al sustantivo propio como el modo puntano para llamar a todos en esta columna) están insólitamente peleados. Los puntanos los ven gruñirse el uno al otro pero miran sin comprender. Ahora, en un nuevo año electoral, nadie pensó que eso llegaría al punto de la ruptura y la confrontación en las urnas por la gobernación. Pero ¿cómo es que llegaron ambos hermanos a competir por la gobernación en lugar de ceder el turno?
La primera piedra de la discordia parece ser la mujer del Adolfo, la Gisela Vartalitis, una mendocina casi treinta años menor que proviene de una familia que se dedica al rubro zapatero con algunos problemas comerciales y judiciales por estafas o morosidad, quien se hizo famosa a nivel nacional por el video que se viralizó en el Día de la Primavera después de la aplastante derrota electoral en las PASO de 2017 cuando teatralizaron un desayuno íntimo con la entrega romántica y para nada fresca de un ramo de flores. O cuando se puso al hombro la campaña sin medias tintas para remontar los números de la derrota -y lo logró-, comandando la repartija de 80 millones de pesos del Estado que a través de su fundación se transformaron en electrodomésticos y casas para los votantes confundidos de las PASO como se pudo ver en los videos en los que Adolfo con lápiz y papel en mano iba listando los nombres y los problemas de una turba de pedigüeños rogando por algo.
Gisela también habría digitado dineros públicos sin la aprobación de la dinastía, con excepción, claro, del marido subyugado. En San Luis los dineros públicos son de la familia Rodríguez Saá, es un Estado patrimonialista. El enriquecimiento ilícito que se viene denunciando hace años en la provincia por la oposición y por independientes consta de bienes y empresas que ambos hermanos comparten. La odian el Alberto y la Zulema Rodríguez Saá, hermana menor que supo, tener poder al servicio de la diarquía. También la detesta la prole del Adolfo. Y esto lo paga la familia, ahora, dividiendo su eterno poder.
Gisela Vartalitis y el Adolfo se conocieron durante la campaña electoral nacional de 2003 cuando él se postuló para presidente luego de haberlo sido interinamente, durante siete días, tras la caída de De La Rúa. La pareja se casó hace dos años. Tienen un hijo de 11 años. Desde que apareció Gisela los hermanos dejaron de juntarse para navidad. Parece que Gisela lo conminó a Adolfo a abandonar el grupo de Whatsapp familiar, según cuenta un sobrino de ambos, hijo de la Zulema.
Pero no sólo eso, también Gisela quiere lanzarse a la política y disputar la sucesión. En todo populismo feudal la imposibilidad de definir una línea sucesoria demarca un fin. En la elección de próximo domingo también está en juego esto. El Alberto quiere dejar al Albertito y el Adolfo quiere que sea la Gisela. Saben que puede ser la última elección para el Adolfo y el Alberto, por esto los hijos, sobrinos, yernos y nueras buscan trepar en el árbol para posicionarse y continuar la dinastía por los próximos ¿veinte años?
También se sospecha que la cuñada emergente sirva para una puesta en escena de enfrentamiento que les permita a los hermanos reclutar en la división. Es una maniobra conocida que utilizaron con sus dobles discursos, sus reconvenidas y desmentidas para captar votos por izquierda y por derecha. Las peleas entre ambos siempre existieron puertas adentro. Y es sabido que las chicanas electorales que hacían que cada uno corriera para el extremo opuesto eran una táctica para estirar la red y pescar todo voto que anduviera perdido en el océano. Si Alberto se presentaba como conservador, Adolfo lo hacía como progresista y viceversa.
Desde 2018, el Alberto trató de surgir en la dirigencia nacional del Peronismo no K. El plan era: Alberto candidato a presidente y Adolfo de vuelta a la gobernación. Sin embargo, al Alberto no lo tuvieron en cuenta y tuvo que volver a mirar para el pago y releer el artículo de la reelección. Así es como viendo los dos que se juegan el mandato final se enfrentan por primera vez por el mismo y preciado cargo.
Los Rodríguez Saá funcionan como los reyes de La Punta que gobiernan simultánea y alternadamente en San Luis desde hace 36 años, con notoriedad marcada por el excentricismo, el escándalo, la desmentida, la riqueza patrimonial desorbitante, la perpetuación en el poder y el nepotismo. Desde el retorno de la democracia aparecieron estos dos abogados peronistas. Adolfo terminaría siendo una eminencia en peronismo. Eran dos abogados jóvenes recibidos en la Universidad de Buenos Aires que tenían como patrimonio la casa hipotecada de su madre, una casa cada uno, dos autos Adolfo y una camioneta Fiat Alberto. El retorno de la democracia florecida hizo que germinaran varios proyectos feudales, prebendarios, clientelares muy bien aceitados en el que los que plantaron un pie en esa oportunidad de final de dictadura no lo largaron más. En muchas provincias argentinas ese fenómeno aún hoy los enferma.
Descendientes de ranqueles y gobernadores, hijos de un escribano y una maestra, cuando los hermanos regresan de estudiar en Buenos Aires con sendos títulos de abogados bajo el brazo ya estaban alistados en la Juventud Peronista. Así iniciaron la carrera que los pondría en 1983 con pleno poder en la bella provincia de San Luis por apenas unos puntos sobre la UCR que traccionaba a su paso el tsunami electoral de Raúl Alfonsín.
Cuando Adolfo asumió la gobernación puso a sus parientes Rodríguez Saá en las primeras líneas del partido justicialista. Adolfo asumió como presidente del partido, mientras que su cuñada, María Antonia Salino, “La Tona”, primera esposa de el Alberto copaba la Rama Femenina; Alberto era presidente del congreso partidario; mientras que su hermana Zulema manejaba la calle del PJ. El Adolfo diseñaba así el laberinto despótico que conduciría a través del Estado, el PJ puntano y su propia familia siempre hacia él.  Así todo se fue transformando en una misma cosa.
En el 90 llegaron las primeras denuncias por enriquecimiento ilícito propiedades en la provincia, en la Ciudad de Buenos Aires y Punta del Este, el diario provincial, desde el que operaron por años y recibiendo pauta de las empresas contratistas de obra pública, y la empresa Metalcivin. Pero desde entonces la justicia provincial respondió a los hermanos y cuando no respondió fue ella misma enjuiciada. La radicación industrial, la obra pública y las privatizaciones trajeron más corrupción. A la vez que se dejaban ver grandes anuncios y obras de la gestión como viviendas populares, diques, autopistas, aeropuertos que luego no servían para nada.
Es cierto que siempre la atribuyeron cierto sadismo a Alberto en contra de Adolfo. Se pudo notar públicamente cuando en 1992 el entonces senador Alberto Rodríguez Saá dio a conocer, incumpliendo los buenos modales que requiere un mesa como la de la mítica conductora de TV, Mirtha Legrand, que su hermano menor Adolfo había sido secuestrado y ultrajado en el histórico y discreto telo que se las sabía todas, “Y... yo C”, mientras concretaba con ella el clímax del amantazgo. Dos hombres de negro, supuestamente cómplices de la Turca entraron, lo golpearon y abusaron sexualmente del gobernador con un consolador más algunas tomas fotográficas y fílmicas para extorsionar. Alberto contó todo en el programa de TV de Mirtha Legrand ante millares de espectadores. Luego el acontecimiento se vinculó a la venganza política y así aparecía un tono sacrificial en el cuento. Se daba a entender que el horror y el escarnio se debían al ejemplar comportamiento democrático de su hermano Alberto que se había negado a votar como senador nacional la reforma constitucional para la reelección de Carlos Menem. Luego, y todavía hoy, el acontecimiento se vinculó a una broma ridícula, de mal gusto, como el de un bullying en el que nos prendemos la mayoría de los argentinos. El tema es que Alberto contó todo, exhibiendo a su hermano con un falso pudor. Mirtha los siguió recibiendo muchas veces a los hermanos a cambio de sonrisas gardelianas -así lo elogiaba Mirtha a Adolfo- y otras alegrías materiales.
Son muchos años, en los que el escenario mayor de la nación también les dio un papel protagónico. El interinato en la presidencia nacional nos dio la visión imborrable del mismísimo Adolfo con la banda y la sonrisa pulcra asumiendo en plena crisis del 2001 en el Congreso. Siete días de amor y de espanto. En los que según Adolfo gobernó sin parar y durmió una hora por día para sacar a Argentina del fango, sin embargo fue empujado a retroceder desde Chapadmalal cuando lo corrieron al ritmo de batuca de  cacerolas para que renunciara, y de donde dimitió gritando “me quieren matar”. Fue tal la decepción y el daño a su integridad patriótica que Adolfo le hizo juicio al Estado y cobró un retroactivo de ocho millones de pesos y tiene una jubilación de privilegio de otros 300 mil mensuales.
Alberto Rodríguez Saá es todavía más excéntrico. Creo un planeta que se llama Xilium y es de color obispo. Nada que ver con la iglesia el Alberto. Todo lo contrario. Decir que la Biblia es un invento de ciencia ficción le valió un enfrentamiento de años con la iglesia de San Luis. para lo que el Adolfo tenía que salir a rezarle al Cristo de la Quebrada y contrarrestar con la otra mejilla para la foto. En fin, el planeta Xilium es conceptual y parte de la denominación que le dio a un cuadro que Alberto pintó. Le gustó tanto que le puso ese nombre a un libro, un programa de radio y un centro de arte en el que su ex, la reconocida actriz Esther Goris, daba clases de teatro a los sanluiseños. Un hombre culto e hiperactivo, educado en la Universidad de Salamanca con Posgrados en Derecho Constitucional, Derecho Comunitario e Historia del Arte. Sedujo actrices y modelos bellas y reputadas como Andrea del Boca y Leonor Benedetto a quienes conoció como divas que llegaban a filmar a las sierras a través de la mal consagrada ley de promoción del Cine que pretendía hacer de San Luis un polo hollywoodense y que fue solo un efecto especial con producciones malísimas que nunca consiguieron ser estrenadas o con productores rápidos y veloces como el “Corcho” Rodríguez. También fue novio de la exmodelo top de los 80 y madre de dos chicos blaquiers que son la espuma de la espuma del jet set vernáculo, Delfina Frers. Todas pasaron temporadas viviendo con él en la mega mansión “Los Toñitos” entre cuadros y esculturas y su humor cambiante y demandante.
Los hermanos comparten, entre tantas cosas, la afición por coleccionar mansiones emplazadas en las sierras puntanas construidas con reminiscencias de arquitectura feudales, gusto dudoso, desmesura perimetral y un delirio fundacional de una “landia” de fantasía.
El Alberto también es actor y tiene una compañía teatral. Despunta el vicio con funciones teatrales abiertas al público que hace grabar íntegras. Al terminar la función invita sin posibilidad de rechazar el convite a toda la compañía a su residencia a cenar como buenos teatreros y a ver, luego, la filmación completa de lo que acababan de representar para que le hagan una devolución crítica pero siempre admirativa de la actuación del gobernador, hasta altas horas de la madrugada.
Dice Gustavo Heredia, autor del libro El archivo de los Rodríguez Saá, que “en San Luis siempre, para marcar los matices entre los dos jerarcas, se dijo que El Alberto juega ajedrez y el Adolfo juega póker. El Alberto es el cerebro y el Adolfo el de las apuestas osadas. Otros dicen que el Adolfo es el fanático del trabajo y el Alberto es el vago irresponsable”.
La batalla por la gobernación está dada entre Alberto Rodríguez Saá y la fórmula que integran Claudio Poggi, exgobernador ungido por los Rodríguez Saá que ahora se corta solo con la lista de Cambiemos, junto al Intendente de San Luis, Enrique Ponce. Mientras que Adolfo Rodríguez Saá viene tercero en las encuestas.
La hermandad (fraternidad o sororidad en las variantes de género) funciona como un tándem de intimidad y rivalidad con una fuerza cósmica. Pero es sabido que es una relación que pende de un hilo -José Hernández la definió como una relación deglutible - en la que el respeto suele ser supremo y distante y el amor mucho más atávico que el amor por uno mismo. Es un misterio que seamos hermanos. Hay muchos hermanos famosos en la historia, los antiguos Caín y Abel, los tenores Bee Gees o las fuertes tenistas Williams. En nuestro país los caudillos puntanos Rodríguez Saá supieron despertarnos desde un apego farandulesco hasta el estupor político que no se nos quita. Son una fraterquía que nunca languidece: loca y bizarra, bárbara, con iniciativas truchas, patoteriles, escandalosas e impúdicas y que hoy, como nunca, muestran en su telar de impunidad raído los mordiscos de devoradores enemigos para, a partir de este domingo, barajar y dar de nuevo.