Opinión | Mayo 15, 2019, 4 11am

La UCR, Lenin y Shakespeare



Autor: Damián Toschi


Entre finales de 1901 y comienzos de 1902, Vladímir Ilich Uliánov, conocido mundialmente como Lenin, escribió su célebre tratado ¿Qué hacer? En la obra, el político y teórico marxista cuestiona a la corriente economicista del socialismo, acusándola de limitar el accionar político del proletariado a la lucha salarial. Al mismo tiempo, plantea la necesidad de crear un partido revolucionario, centralizado y profesionalizado. De algún modo, el texto contribuyó a la división del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR) entre bolcheviques y mencheviques, ambos protagonistas de la Revolución Rusa de 1917. Alejados de cualquier posición de tinte leninista, pero con un marcado espíritu crítico sobre la estructuración de Cambiemos como espacio de confluencia electoral y convivencia gubernamental, varios dirigentes de la UCR se preguntan hoy lo mismo que el intelectual ruso a principios del Siglo XX. Pero a diferencia de Lenin, el interrogante no tiene forma de libro y sí fecha de respuesta: 27 de mayo. Ese día se reunirá en Parque Norte la Convención Nacional de la Unión Cívica Radical, máximo órgano de conducción partidaria y encargado de fijar la estrategia para los comicios venideros.
Este dato permite pensar al radicalismo como actor del sistema político y su influencia en el mismo. En un artículo publicado el 25 de agosto de 2017 en La Nación, Natalio Botana afirma: “Uno de los rasgos políticos de este siglo es la presencia de una democracia de candidatos en detrimento de una democracia de partidos”. En medio del escenario descripto por el reconocido politólogo, sin embargo, la UCR, al asegurar el cónclave en la Ciudad de Buenos Aires, hace gala de su genética. En otras palabras: es un partido moderno y se comporta institucionalmente como tal. Lo mismo hizo en 2015, en el encuentro de Gualeguaychú que selló el actual entendimiento con el PRO y la Coalición Cívica. Dicha matriz republicana, ausente en otras fuerzas signadas por el personalismo, la verticalidad en el esquema de conducción o los atajos electorales de corte individual, no exime a la UCR de los errores cometidos en el ejercicio del poder. De igual manera, este rasgo distintivo no garantiza éxitos futuros. Entonces, con independencia de los resultados, el funcionamiento legal, sumado a reglas claras que aseguren el pluralismo y la discusión política e ideológica abierta, sirve para reafirmar una pertenencia doctrinaria. También para influir en las decisiones intramuros y, acto seguido, hacer de la organicidad un comportamiento consecuente.
Llegado el momento de las definiciones, el centralismo democrático hará su tarea. Entretanto, habrá cabildeos, disputas y posiciones que transitarán el sendero de la negociación interna. A su manera, quizá no tan pendiente de los focus group, las redes sociales y los sondeos de opinión, la UCR exhibirá, una vez más, parte de su activo histórico: el debate político como motor de la democracia partidaria. Aún con una Convención de resultado incierto, algo es evidente: estando dentro o fuera de Cambiemos, apelando al principismo o recurriendo al pragmatismo, el radicalismo tendrá un rol clave en las próximas elecciones. Pese a no contar con liderazgos competitivos a nivel nacional, pondrá en juego su andamiaje territorial y el caudal electoral que conserva en ciertos sectores de la sociedad. En un contexto de polarización, propios y extraños son consientes de ese peso específico determinante. Tal vez quede para otro memento el retorno a la “Lista 3” y los candidatos propios. Por estas horas, el tema a resolver es otro. Para explicarlo, los seguidores de Hipólito Yrigoyen y Leandro Alem conjugan a Lenin y Shakespeare: ¿Qué hacer?...esa es la cuestión. El dilema se resolverá pronto. Mientas tanto, la UCR funciona. Eso no es poco.
 
Publicado en Perfil el 13 de mayo de 2019.
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