| Abril 22, 2019, 3 48pm

"Felicidad: Capitalismo vs. Marxismo"

El publicitado “debate del siglo” entre Slavoj Žižek y Jordan Peterson dejó algunas reflexiones, aunque estuvo lejos de colmar las expectativas que había generado.

Autor: Alejandro Garvie


Bajo el título que encabeza esta nota, en la ciudad de Toronto - y con entradas de 450 dólares - el sociólogo y psicoanalista esloveno Slavoj Žižek, un estudioso de Hegel y defensor del comunismo, intercambió reflexiones y preguntas con el psicólogo canadiense Jordan Peterson, un conservador controvertido por sus posiciones contra la izquierda postmoderna y el feminismo. Ambos son una suerte de rockstars de la filosofía.
El postmarxista Žižek es director internacional del Instituto Birkbeck de Humanidades de la Universidad de Londres y autor de más de cuarenta libros, entre los que figuran El año que soñamos peligrosamente (2012), La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror (2016), que abordan las contradicciones del capitalismo.
Peterson, es una estrella de la nueva derecha, docente de la Universidad de Toronto y muy reconocido por su bestseller reciente Doce reglas para la vida: un antídoto al caos (2018) –traducido a 45 idiomas–. En esa obra propone prácticas para la vida que rompen con los lugares comunes de la corrección política y “reposicionan” al hombre cuya autoestima está socavada –según considera– por el ataque de las políticas de género.
“¿Qué produce más felicidad?” fue la pregunta que abrió el encuentro, celebrado en el Sony Center de Toronto, que se extendió por unas dos horas y media. Peterson comenzó con una dura crítica sobre el Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels, argumentando que “pocas veces” había leído un tratado “que tenga tantos errores conceptuales por oración”. Claramente, Peterson atacó al Marx activista lo que constituye su especialidad: denostar a los activistas.
En su visión, la lucha de clases no es una cuestión del capitalismo, sino de las estructuras jerárquicas que existen en todo el mundo natural: “hay muchas más razones por las que los seres humanos luchan, que su lucha de clases económica (…) Los humanos luchan consigo mismos, con la maldad que está dentro de ellos”, dijo parafraseando al filósofo francés René Girard, para quien los conflictos no son económicos, sino resultado de la naturaleza conflictiva del hombre.
Žižek, luego de invitar a Peterson a que leyera bien el Manifiesto –y a Marx en general– hizo un recorrido por el ascenso de China como un estado capitalista exitoso sin democracia –por lo tanto, dudosamente feliz– la crisis de los refugiados, la estética del nazismo y el fenómeno Donald Trump. En su opinión, la felicidad no es una cuestión individual, sino que depende de la estructura a la que los individuos pertenecen y la estructura capitalista tiende a no ser sustentable, por lo que la humanidad va camino hacia el apocalipsis y que “si hay una luz al final del túnel, es un tren que viene hacia nosotros”.
Ambos pensadores, con sus diferencias, coincidieron en lo esencial de la libertad, en el diagnóstico de los problemas y hasta en enemigos comunes, como el totalitarismo, pero difieren en las soluciones.
El evento, a sala llena, fue seguido por millones de personas vía streaming, que pagaron 15 dólares cada uno para acceder al debate. Es evidente que el tópico de la felicidad tuvo un aspecto marketinero y que al capitalismo habría que haber contrapuesto el socialismo, pero para algunos críticos el espacio fue válido para la exposición de ideas entre dos personalidades de las que el esloveno es un intelectual con una formación superior a la de Peterson.
El escritor Stephen Marche, apuntó en una crítica para The Guardian que “le resultó una gran sorpresa cuánto tenían en común el marxista de la vieja escuela y la política de identidad canadiense” y que para su gusto fue “un debate demasiado civilizado”. Marche criticó los comentarios de apertura de Peterson, los cuales “fueron una lectura vaga y no particularmente informada del Manifiesto Comunista”, asegurando que el canadiense parecía no haber preparado su intervención. Sobre Žižek, recalcó que tampoco abordó realmente el asunto que debía discutirse, “prefiriendo saborear sus enemistades”.
En definitiva, se discutió sin intención de “ganar” el debate, aunque el esloveno parece haber impuesto su mayor jerarquía, y de plantear en el marco de un capitalismo rampante sus contradicciones y la pertinencia de que las ideas –aún marxistas– todavía tienen un rol importante que cumplir en una sociedad que se resiste al pensamiento único, sea este de la autoría que sea.