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Abril 22, 2019, 5 16am

Alan García: Shockroom


Autor: Ángeles Salvador


Artículo 140° de la Constitución del Perú:  “La pena de muerte sólo puede aplicarse por el delito de traición a la patria en tiempos de guerra, y el de terrorismo, conforme a las leyes y tratados de los que el Perú es parte obligada”.
Alan García tenía tres salidas cuando el fiscal peruano del Lavajato con la policía tocó el timbre de su puerta el 17 de abril de 2019: atrincherarse sin soldados; juntar las manos al frente para ser esposado, respirar hondo y mirar a la nada para salir por el umbral de la puerta hacia la foto de la ignominia; o pegarse un tiro arrinconado en su dormitorio.
Vació la papelera definitivamente.
Alan García se pegó un tiro a los 69. Prefirió la muerte por propia mano al escarnio de la cárcel. Se imaginaba a sí mismo fotografiado en calzoncillos a punto de ser detenido. Se proclamaba inocente de toda acusación.
Había sido un emblema de la juventud al poder en los 80, propagandizado acá por el peronismo que lo vivaba: “Patria querida, dame un presidente como Alan García”, tirándole por elevación a Raúl Alfonsín. Había llegado al poder a los 35 años.  El primer gobierno fue un fracaso mayúsculo y Perú colapsó.
Vargas Llosa, Jaime Bayly, Gabriela Wiener, escritores profundamente ligados a la vida política peruana, escribieron sus necros sobre Alan. Jaime hasta le pidió perdón post mortem -le pidió perdón al público- por la columna acidísima y dañina que había escrito en 2010:  “Por último, invité a cenar a mi casa al presidente Alan García, accidente genético que gobierna al Perú. Cuando García hundió sus oceánicas posaderas en el sofá, sentí un crujido ominoso y temí que el mueble se partiría en cuatro. Alan me animó a ser candidato. Le dije que no tenía suficiente dinero y mi madre no se manifestaba. Le pregunté cuánto ganaba el presidente del Perú. No parecía saberlo ni preocuparle. Algo así como 3 mil dólares al mes, me dijo. Con esa plata no puedo mantener a mi familia por cinco años, le dije. Y no soy un ladrón ni tengo ganas de aprender el oficio, añadí. Alan soltó una risotada y sentenció la frase de la noche: “No seas cojudo, hombre, la plata llega sola”.
Gabriela Wiener, hija de uno de los más acérrimos denunciadores de Alan, escribió con las ideas bien puestas: “Su megalomanía lo llevó a cometer crímenes atroces y errores garrafales, se ha ido creyendo que tenía la decencia de pegarse un tiro antes que ir a la cárcel. Esta es la última contradicción del hombre que acuñó el término del que no la debe no la teme. Su final ha sido espectacular. Luego de sus vanos intentos por convertirse en un exiliado político, acabó siendo un exiliado de nuestras vidas, porque la temía porque la debía”.
Vargas Llosa en noviembre de 2018 pidió, cuando comenzaba la cuaresma de Alan y trataba de convertirse en exiliado político en Uruguay, advirtió: Sería como proporcionar una coartada de respetabilidad y victimismo a quien —si es verdad aquello de que es acusado— contribuyó de manera flagrante a desnaturalizar y degradar esa democracia de la que, con justicia, se ufana de haber mantenido en buena parte de su historia aquel país sudamericano.”
Escriben bien los peruanos.
Alan García formaba parte del álbum de presidentes corruptos del Perú. El último ex presidente, Pedro Pablo Kuczynski está preso, Ollanta Humala estuvo preso, Alejandro Toledo estaría preso, pero no pudo aún ser extraditado de su exilio obligado en los Estados Unidos.
Odebrecht atravesó la región con sobornos. Y el Lavajato, papel por papel, prueba por prueba, duda por duda, ya signó las biografías de Lula, de Pedro Pablo Kuczynski, y de una lista de deshonra transnacional. En la Argentina, Julio de Vido, fue tocado por la mancha venenosa de la megacorrupción de la constructora brasileña en la Argentina.
García era una especie de megalómano. Los esbirros de Fujimori lo habían sitiado a mano armada cuando el chino absolutizó su poder en 1993. Alan García se defendió con una Colt que guardaba como una reliquia. Volvió a usarla para descerrajarse el tiro del final
Era un megalómano con votos en su momento, dicen algunos. Para los pocos apristas que le permanecían cerca, fue un chivo expiatorio de una justicia tutelada por el Ejecutivo.
Como siempre la opinión pública, ese animal volátil, celebró ahora su suicidio con memes y otras banalidades macabras. Antes lo habían ungido  como a un héroe. Al principio cuando empezó a circular la noticia, la mayoría la creyó falsa. No le creían ni a Alan ni a los medios.
Pero era cierto. García estaba hundido.
Odebrecht le inoculó procesos y dinero. No tenía salida. El espectáculo de la cárcel, que quizás merecía, enardeció a las masas y subía la imagen del actual gobierno.
Nada dice tanto de un hombre como su funeral.  Su féretro iba rodeado de algunos en una antípoda de las multitudes que lo vivaban cuando tenía poder y juventud.
El suicida fue tapa de los diarios del mundo por un día o dos.
El cuerpo del ex presidente difunto llegó al camposanto privado con una nombre tan poco sacro como “Mapfre de Huachipa”. En la búsqueda de Google del cementerio el resultado sugiere con demasiada prudencia: “Cementerio Mapfre, planifica tu visita”. Garcia -Alan a secas le dicen los peruanos- con su balazo autogestionado llegó junto a sus seis hijos y su madre en silla de ruedas, que era apantallada constantemente, y a sus simpatizantes postreros. Su hija Luciana, frente al féretro, realizó la performativa y emocional ultima voluntad de su padre. Su ultimo mensaje fue un desafío: “Dejo mi cadáver como muestra de desprecio a mis adversarios”. Los hijos lo adoraban, y uno podía imaginar que era de esos padres pegotones, cansadores y risueños, que hacen chistes malos y cuentan siempre los mismos cuentos. Los hijos sonrieron al recordarlo.
Los adversarios no acusaron recibo. Hablan de cobardía, puesta en escena magnánima, fuga perfecta. Los suyos ya lo consideran mártir.
En el barrio de Miraflores donde vivió, no hubo luto ni llantos. La elegancia limeña no se inmutó y del puente a la Alameda no hubo procesiones ni canela en flor.
Caballo Loco, así le decían a Alan, había perpetrado la menor de sus locuras, la más racional, la más medida, la más grandilocuente, la última: su pena de muerte.