| Abril 14, 2019, 11 01am

Roberto Bavastro: "Las probabilidades de que Trump no logre reelegirse son bajísimas"



Autor: Esteban Lo Presti





Roberto Bavastro es politólogo (UBA) y M. Phil in Latin Amercan Studies (Oxford). Actualmente es profesor de Sistemas Políticos Comparados y de Política Latinoamericana en la Carrera de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires. Con él analizamos el comienzo de la carrera presidencial de 2020 en los Estados Unidos, el agrietamiento de la sociedad norteamericana, las posibilidades de Donald Trump de reiniciar su agenda política, el futuro de los partidos políticos en dicha nación y el surgimiento de nuevos liderazgos.
 
¿Es muy prematura el lanzamiento de la carrera por la candidatura presidencial demócrata en los EE.UU.? ¿Qué perspectivas reales hay de que surja un candidato competitivo que pueda desplazar del gobierno a Donald Trump?
Simpaticemos o no con el grotesco personaje, las probabilidades de que Trump no logre reelegirse son bajísimas. Si bien no es imposible que fracase en su intento reeleccionista, en la historia no abundan los ejemplos donde un presidente en ejercicio no logre reelegirse.
Recordando un poco la historia más reciente, Jimmy Carter fue derrotado en su intento reeleccionista y George Bush (padre) también falló en reelegirse como presidente luego de su primer mandato. Sin embargo, no hay que olvidar que Bush había sido dos veces vicepresidente de Ronald Reagan.
En lo que respecta a las primarias y la nominación presidencial, creo recordar ahora que, el único presidente en ejercicio que perdió su nominación como candidato (demócrata) en 1856 fue el presidente Franklin Pierce.
En el caso particular de Donald Trump tendríamos que considerar, además, que los Estados Unidos transita un ciclo de expansión económica con fortalecimiento del dólar y el desempleo en baja. Esto no sólo refuerza su propia base de sustentación en el “ámbito doméstico” sino que lo potencia como el principal candidato de cara a las primarias y las presidenciales del próximo año. Que el Comité Republicano haya adelantado un apoyo “sin fisuras” a Trump es una señal muy clara y nada habitual.
Esto no quiere decir que no existan otros sectores del Partido Republicano que desean ver el surgimiento de otro postulante que pueda desafiar, si es con éxito mucho mejor, a Trump y que represente un posicionamiento más moderado y más predecible para el propio partido. Para un sector de la élite del partido republicano que mira con mucha desconfianza, no sólo a Trump sino a los sectores republicanos más extremistas o fundamentalistas, puede ser vital poder posicionar otros postulantes que emerjan como contrafigura de Trump y como contrapeso de los “talibanes” republicanos. Algo así como un sentimiento (o necesidad) de autopreservación a la hora de mirar el futuro de los republicanos después que pase, con relección mediante o no, la “era Trump”. 
Volviendo a la pregunta sobre lo prematuro del lanzamiento de la carrera presidencial por parte de los demócratas y sobre las perspectivas de que surja un candidato competitivo, sin duda que a primera vista todos los alistamientos parecen precoces. Sin embargo, podríamos sospechar que estas “urgencias” tengan más que ver con las luchas y realineamientos hacia dentro de cada partido que con la competitividad entre demócratas y republicanos.
Como ya señalamos, también entre los republicanos se precipitan los acontecimientos. Esto mismo es un factor que acelera la propia puja dentro del partido demócrata que, aun aprovechando el resultado favorable en las elecciones de “medio término”, tendrá que remontar una cuesta bastante empinada de cara a las presidenciales. No digo con esto que los demócratas no puedan tener un candidato realmente competitivo, seguramente lo tendrán incluso más allá del nombre que termine obteniendo la nominación a presidente.
¿Por qué?
Por las características del bipartidismo norteamericano y, especialmente, las peculiaridades del sistema electoral de elección presidencial. Para el éxito de cualquier estrategia en la carrera hacia la Casa Blanca podríamos decir que hay, al menos, una condición necesaria y dos condiciones suficientes. La necesaria es la de poder “retener” los Estados que son tradicionalmente “bastiones” del partido. Las suficientes son: la de poder “arrebatar” tantos “bastiones electorales” al partido contrincante como sea posible y/o, sobre todo, ganar en los Estados “claves” que suelen ser decisivos por la cantidad de “votos electorales” (por ejemplo: California, Florida, Nueva York y Texas).
Joe Biden, el exvicepresidente de Obama, aún no se lanzó, siendo que podría ser un contrincante de peso. ¿Puede esto jugarle en contra, como pasó en su momento con Giuliani en el partido republicano?
Un postulante que no parece favorito al iniciar las primarias puede terminar el largo proceso de nominación exitosamente y convertido en toda una estrella o celebrity. Sólo cabe recordar en qué condiciones partieron, a su turno, cada uno de los dos últimos presidentes electos: Barack Obama y Donald Trump. Ninguno de los dos inició su carrera en las primarias como “el caballo del comisario”, más bien lo contrario. Determinar el timming del lanzamiento de una nominación y cómo eso puede afectar al candidato parece ser una empresa bastante incierta y siempre fortuita.
El caso de Joe Biden lo demuestra. Sin haber aún oficializado su lanzamiento ya ha tenido que sobrellevar su primera crisis. Los dichos de Lucy Flores obligaron, a todo su equipo de campaña, a activar el “control de daños”, generando ciertos ruidos y dudas dentro del partido demócrata pero demostrando también la versatilidad del (casi) candidato para manejar la situación. Su mayor fortaleza es que, hoy por hoy, aparece como el contrincante demócrata más fuerte para vencer a Trump. Más fuerte en términos electorales pero también en prestigio, experiencia y suficientemente curtido para afrontar una campaña muy hostil. Todo indica que tanto el proceso de primarias como la campaña presidencial serán durísimos, desgastantes y llenos de arteros “golpes bajos””. Así que esta clase de personalidades, como la de Biden, es un plus para la competitividad demócrata, más allá de las vulnerabilidades que presenta su candidatura. Muchas de sus vulnerabilidades pueden ser vistas como la contracara de sus fortalezas. Su edad versus su experiencia. Su pertenencia al establishment versus su popularidad e imagen de respeto. Algunos episodios de su pasado político versus su probada sagacidad para la lucha política. Haber sido un eficaz y leal compañero como vicepresidente de B. Obama, lo que a la vez le puede allanar el camino hacia la nominación demócrata pero también lo hace un blanco fácil para la pirotecnia de Trump. 
De cualquier forma, aún ante la ansiedad de muchos dentro del partido demócrata por ver oficializada la nominación de Biden, hay que considerar que se observa una verdadera “inflación” de postulaciones demócratas. Cuando parece que todos juegan con tanto apuro, dentro y fuera del partido, tal vez sea prudente no precipitarse para no desgastarse prematuramente. Aprovechando sus fortalezas, sobre todo la de ser percibido como el único que podría derrotar hoy a Trump, no veo la ventaja de precipitar su nominación. Aunque ciertamente se especula que suceda en el transcurso de este mismo mes.
¿Cuáles son los motivos que hicieron que Trump, pese a sus bravuconadas y errores políticos, se mantenga aún firme en el timón del gobierno norteamericano?
En primer lugar, recordaría lo que ya mencioné con anterioridad: el ciclo expansivo de una economía que busca reforzar su crecimiento “hacia adentro”, con empleo creciente y en una etapa de fortalecimiento de su moneda. Podríamos decir, más allá de la máxima clintoniana de “es la economía, estúpido”, que son razones necesarias aunque tal vez no suficiente para el éxito electoral.
Segundo, a pesar de su “diletantismo político” y del impacto de 35 días de shutdown, Trump ha logrado sostener una imagen positiva suficiente para ser el candidato republicano casi sin disputas internas. La Administración Trump aún mantiene niveles de aprobación levemente superiores al 40%. Es cierto que los sectores más moderados o liberales de los republicanos observan con preocupación no sólo el accionar de su presidente sino también el futuro de su partido una vez retirado Trump. Pero también es indudable que la creciente polarización de la política norteamericana (ya observada y sufrida durante las dos presidencias de Obama) es también, como señalan Levitsky y Ziblatt en su último libro, producto del grado de control partidario ganado por las élites más conservadoras y extremistas dentro del Partido Republicano.
Los republicanos más extremistas, aún aquellos a los que les disgusta el personaje Trump o desconfían de él, parecen encontrar en su liderazgo el “catalizador” casi perfecto para forzar la implementación de una agenda política realmente “retrógrada”. “Veo un museo de grandes novedades”, diría la Bersuit. Así, planteada desde una “épica restauradora” de la pasada golden era americana, parece más que improbable que las élites republicanas más conservadores tengan en sus planes asumir el costo de buscarle un competidor propio para enfrentar el liderazgo electoral de Trump.
En este sentido, hay que remarcar que no parece haber una reversión de las expectativas sobre su gobierno ni una pérdida importante en el nivel de apoyo de sus votantes, especialmente entre los sectores medios y medios bajos que se volcaron fuertemente hacia Trump en las presidenciales pasadas. Sin embargo, como consecuencia del reciente shutdown, se comenzó a observar las primeras señales de deterioro en la imagen y apoyo inclusive entre los votantes republicanos. Trump, que ha registrado este impacto, está intentando por todos los medios posibles, incluso por la vía judicial, retomar la iniciativa política volviendo a la carga con sus principales promesas de campaña como la “construcción del muro” y el “desmantelamiento del Obamacare”.  
Por último, no hay que desestimar que, cada vez más en la política moderna, los oficialismos son los que más alta probabilidad de éxito tiene a la hora de sucederse en el poder. Y además, deberíamos volver a recordar aquí, que la historia nos demuestra que el presidente en ejercicio que tiene habilitada su reelección difícilmente pierda su nominación o decline su postulación.
¿Qué posibilidades tienen los demócratas de recuperar la Cámara de Senadores en 2020?
Las posibilidades siempre existen para el Partido Demócrata que tiene una importante tradición en el control de la Cámara de Senadores. Sin embargo, las probabilidades ciertas para que los demócratas puedan recuperar el senado están más ligadas a la fortaleza y performance de sus candidatos en cada Estado y, fundamentalmente, a la cantidad de bancas senatoriales que cada partido tiene que renovar en cada turno electoral.
Estos dos factores, la personalización de los candidatos y la renovación de escaños, suelen ser “determinantes” mucho más decisivos que los niveles de apoyo partidario a nivel nacional. En la última elección de “medio término” el Partido Demócrata volvió a ganar la mayoría en la Cámara de Representantes; sin embargo, perdió dos bancas senatoriales a manos de su rival.
Evaluar hoy las probabilidades de los demócratas para recuperar el control de la Cámara de Senadores parece un poco lejano todavía. Sin embargo, sí podemos observar que son los republicanos los que mayor cantidad de bancas en juego van a poner en la próxima renovación del senado. Este hecho podría potenciar las chances demócratas.
Pese a iniciar esta etapa de su gobierno con una cámara de representantes demócrata y algunas fisuras en la cámara de senadores republicana, Trump sólo vetó una ley desde que es presidente (a diferencia de sus antecesores que lo hicieron en varias ocasiones). ¿Esto se da por generación de consensos o por falta de trabajo legislativo?
Diría que ni una cosa ni la otra. Es bastante arduo pensar en la hipótesis de la “generación de consensos”, básicamente por dos razones. Primero, porque en la política norteamericana viene in crescendo un proceso de polarización cuyo climax parece ser la llegada de Trump a la Casa Blanca. Comparto la mirada de los que sostienen, como Levitsky, que el fenómeno Trump no es la causa del “agrietamiento” de la sociedad estadounidense, sino más bien su manifestación (hasta hoy) más acabada.
Recordemos que no sólo las dos presidencias de Barack Obama sino también sus campañas presidenciales estuvieron enmarcadas por un creciente antagonismo que incentivó, a su vez, a las élites de cada partido a asumir posiciones cada vez más extremas. La polarización es, necesariamente, uno de los factores claves para comprender las dificultades, marchas y contramarchas, que determinó tanto el timming como el alcance efectivo de su agenda de gobierno. 
La segunda razón tiene que ver directamente con la personalidad y el estilo de liderazgo de presidencial. Donald Trump es, entre otras cosas, más que un empresario un vendedor y, sobre todo, una celebrity. Su mayor característica tal vez sea la de ser un “hacedor” que busca aprovechar su oportunidad para imponer sus propias condiciones más que para negociar. Y también, por eso, en el mundo de la política es un outsider que logró llegar a la Casa Blanca (después de varios intentos) no para socializarse con los “usos y costumbres de Washington” sino más bien con la vocación de pulverizar esas reglas y los privilegios que conllevan. En otras palabras, no llegó para fabricar consensos sino más bien con la pretensión de imponer nuevas reglas, las propias.
El nivel de polarización, si bien no es nuevo, y el estilo de liderazgo del presidente hace bastante improbable indagar sobre argumentos consensuales a la hora de evaluar la relación ejecutivo-legislativo y gobierno-oposición tanto como gobierno-partido (en el gobierno).
Respecto de la hipótesis de la falta de trabajo legislativo. Es un argumento crítico (por cierto falaz) más propio de nuestras legislaturas latinoamericanas que del congreso estadounidense.
En el diseño presidencial norteamericano, los Padres Fundadores, pensaron en un sistema de gobierno no sólo equilibrado institucionalmente sino donde cada rama del gobierno necesita, en alguna instancia o medida, de la cooperación de la otra para la toma de decisiones. A diferencia de nuestras clásicas legislaturas en América latina que son caracterizadas como “legislaturas reactivas” (Cox & Morgenstern), el Congreso de los Estados Unidos es, más que nada, una “legislatura proactiva”. Y lo es no sólo por su centralidad institucional sino porque, entre otras cosas, esto también expresa que los presidentes norteamericanos no tienen iniciativa legislativa propia. Y, en este mismo sentido es bueno recordar aquí que tiene solamente la capacidad legislativa (o lo que los especialistas llaman el “poder legislativo de los presidentes”) del “veto total”. Lo que significa que el Ejecutivo tiene que aceptar o desechar las decisiones del Legislativo in toto, tómalo o déjalo.
Para este caso, el escenario más probable compatible con “la falta de trabajo legislativo” debería ser el de “gobierno dividido” en conjunción con una fuerte conflictividad entre el ejecutivo y el legislativo que lleve a primar las conductas no cooperativas. El “gobierno dividido” es un escenario donde el partido opositor al del presidente controla una o ambas cámaras legislativas. En estos casos, y bajo una lógica de abierta confrontación (no cooperación) entre el ejecutivo y el legislativo, obtendríamos como resultado una situación de deadlock o “parálisis institucional”.
El shutdown del gobierno por 35 días, producto de la no aprobación del presupuesto del Ejecutivo por parte del Congreso, es un buen ejemplo de las situaciones de deadlock. Esto marcó un momento especialmente controversial no sólo para la relación ejecutivo-legislativo sino también para la relación del presidente con su propio partido. En definitiva, el shutdown es necesariamente el producto de la actividad legislativa aunque sea por vía el desacuerdo. 
Que Trump haya utilizado, hasta ahora, solamente una vez el veto presidencial y que, al mismo tiempo, se queje del “obstruccionismo” del Congreso hacia su agenda de gobierno, se explicarse mejor observando la relación presidente-partido en el gobierno que ninguna otra. Al menos, para los dos primeros años de la Administración Trump durante la cual el Partido Republicano controló ambas cámaras legislativas, fueron algunos miembros del partido republicano los que defeccionaron, imponiendo sus propios límites a las preferencias del presidente. Aunque a disgusto, y vociferando contra sus contrincantes demócratas por las redes sociales, Trump tuvo que dilatar muchas de sus propuestas. En esta segunda parte de su Administración, y con el control demócrata de la Cámara de Representantes, no podemos descartar que la conflictividad vaya in crescendo y las probabilidades de utilización del veto aumentan.
¿Cómo harán los demócratas para conciliar diferencias cada vez más profundas entre los sectores de izquierda y los más tradicionales del partido?
Realmente no sé si lograrán conciliar algo o no. Y, considerando que lo primero que deben afrontar es el proceso de primarias, tampoco tengo muy claro si debieran conciliar sus diferencias y disputas internas en estas instancias. Considerando esta etapa, para el partido demócrata, lo más importante es movilizar toda su maquinaria electoral para activar a sus votantes, sobre todo a los segmentos más jóvenes que son su target diferencial frente a los republicanos y, en especial, frente a la figura de Trump.
Hay una inflación de precandidatos para las primarias demócratas y esto no es necesariamente una fortaleza para el partido. Sin embrago, es de esperar que la cantidad de candidatos descienda fuertemente a la hora de las primarias y a medida de que avance la propia contienda por la nominación presidencial. De cualquier manera, Biden, Bernie Sanders y Kirsten Gillibrand, entre otros y otras, serán de la partida pero habrá que ver cuántos candidatos más deciden correr en las primarias y cuántos de ellos lo harán desde el “otro extremo generacional” de las huestes demócratas.
La brecha generacional es muy fuerte y visible entre los demócratas aunque, es muy importante remarcar que, no necesariamente esto coincide con el corte o clivaje ideológico dentro del partido. Figuras como Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) viene teniendo un protagonismo creciente no sólo entre los demócratas sino también en los medios y, sobre todo, en las redes. Su joven figura ligada a una agenda que busca transformar la discusión política e instalar, o mejor dicho en algunos casos reinstalar, algunos temas como issues de campaña y de la agenda política. Ella es la exponente más visible de la gran brecha generacional que cruza, hoy por hoy, a las élites del partido demócrata. Y a través del “Nuevo Acuerdo Verde” expresa las posiciones más liberales y extremas frente al veterano establishment demócrata. Sin embargo, en cuanto al posicionamiento ideológico, sin dudas AOC está muy cerca de precandidatos como B. Sanders, aunque generacionalmente exista casi un abismo.
En otras palabras, no sé si el problema de los demócratas sea exactamente el poder conciliar sus diferencias y disputas. Más bien, considero que el gran desafío que enfrenta el Partido Demócrata es doble. El primero es generacional (seniority) y tiene que ver con la necesaria renovación de sus élites partidarias. El segundo es de estrategia electoral y se concentra en cómo resolver la ecuación sobre su “propuesta y perfil electoral” de cara a la elección presidencial frente a Trump. Y creo que el desafío es doble porque ambas cosas van de mano en el porvenir del partido demócrata.
El desafío más mediato de los demócratas será afrontar una renovación generacional dando menos “peso” a la senority dentro del partido y, sobre todo, dentro del Congreso. En este punto, el contraste y la desventaja con los republicanos es bastante marcada. Lo que resulte del proceso de nominación y de la contienda electoral en la elección presidencial muy probablemente tenga un impacto importante, dando lugar o no a una aceleración en el proceso de recambio.  
El desafío más inmediato del partido será poder conjugar con éxito (y sin que resulte en una primaria demasiado desgastante y conflictiva dentro del partido) la nominación de un candidato (o una candidata) presidencial (y la elección de un/una vice) que logre ser visualizado como un contrincante de fuste (experimentado, curtido y confiable) para enfrentar a Trump pero que, al mismo tiempo, sea capaz de “conectar” con los sectores más jóvenes del electorado.  
El gran dilema para el partido demócrata será ver si son capaces de confrontar con ambos desafío a la vez de manera exitosa.
Varias mujeres se presentan como precandidatas en la interna demócrata. ¿Crees que alguna podrá posicionarse como candidata al final de la carrera? ¿Qué hará Nancy Pelossi?
Considero que las cuestiones de género y el #MeToo han tenido, en los Estados Unidos, un gran impacto en las redes y en los medios más que en lo político. Al menos, por ahora, no parece que sea un issue central o clave para la agenda política de la próxima campaña. Esto a pesar de todos los esfuerzos de tantos sectores de la vida social y política e, incluso, a pesar de todo lo que intento llevar adelante con su prédica el expresidente Barack Obama como su mujer Michelle Obama. Hasta te diría más, estas cuestiones, lamentablemente, fueron un excelente “caballito de batalla” en la pasada campaña presidencial y en la propia retórica de Trump.
No sé realmente si una mujer llegará con éxito o no, nuevamente, a la nominación demócrata, pero estimo que es poco probable que suceda luego de la pasada experiencia de Hillary Clinton. Es cierto que se podrá argumentar que Hillary, finalmente y a pesar de todo, obtuvo más votos que Trump aunque eso no le haya permitido ganar la presidencia. Pero no es menos cierto que fue casi el blanco perfecto para los ataques de su contrincante, aunque dichas agresiones no sólo hayan tenido que ver con su condición de mujer.
Evidentemente, y lamentablemente, existen considerables sectores del electorado estadounidense donde los temas de género se visualizan más como una debilidad, una vulnerabilidad del candidato, que como un issue vital o clave, una fortaleza, de su propuesta electoral. Me guste o no, en esta próxima contienda electoral, que el partido demócrata nomine a una mujer como candidata a presidente sería una desventaja importante de cara a maximizar sus chances de triunfo.   
Respecto a Nancy Pelossi sólo podría agregar tres consideraciones. La primera, que va a seguir siendo la principal espada demócrata, dentro y fuera de la Cámara de Representantes, para enfrentar una muy conflictiva relación con el presidente en ejercicio. Y que será un rol fundamental para los demócratas, y para cualquiera que resulte nominado por el partido, ya que podrá hacer como un verdadero “pararrayos” frente a las diatribas y la furia de Trump. Es probable también que Ocasio-Cortez cumpla un rol similar en tándem con Pelosy y sería una muy buena estrategia para los demócratas si logran la acción coordinada de ambas. La segunda, es que también puede jugar un papel central en la conducción de la imprescindible renovación generacional demócrata, desmontando el peso que la senority aún tiene dentro del partido. Y la tercera, y más importante, es que es mujer.